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16 de Outubro de 2018 Toro Hardy

Trump y la decadencia estadounidense

Fonte: Xinhua

La noción prevaleciente durante la Administración Bush con relación al poder de Estados Unidos, había sido conceptualizada ya en 1990 por el prohombre neoconservador Charles Krauthammer. En su famoso artículo “El Momento Unipolar”, éste hablaba acerca de la capacidad para diseñar un mundo a voluntad de la superpotencia única, imponiendo reglas de validez universal que respondiesen a los valores, visiones e intereses de aquella. Según sus palabras: “La verdadera estructura geopolítica de la post Guerra Fría... es la de un sólo polo de poder mundial que consiste en Estados Unidos en el ápice del Occidente industrializado” (Citado por Wolfgang Ischinger, “A European moment”, The Guardian, 20 de marzo, 2007).

Al asumir como propia esa tesis, la Administración Bush no supo entender que la capacidad para definir un mundo en sus propios términos existía ya desde tiempo atrás. Una estructura hegemónica diseñada a imagen y semejanza de los intereses norteamericanos había comenzado a cobrar forma a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial y se había ido articulando en las décadas subsiguientes. Bajo los gobiernos  de Roosevelt y Truman  cobraría vida una amplia red de organizaciones multilaterales y de alianzas, susceptible de dar sustento a algo parecido a un sistema de gobernabilidad global.

El impulso de Roosevelt permitiría dar forma a la Organización de las Naciones Unidas y a los acuerdos de Bretton Woods, con la aparición del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Internacional de Comercio. Bajo Truman aparecería el GATT como sucesor de la Organización Internacional de Comercio, de corta vida, así como todo un sistema de alianzas y organizaciones que vincularía a los Estados Unidos con Europa Occidental, Japón y América Latina. Este entretejido se consolidaría, ya en tiempos de Kennedy, con el fortalecimiento de la Comunidad Atlántica y con la conversión del mecanismo de cooperación económica europea en la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico.

Se estructuró así un sofisticado sistema multilateral  al amparo de la primacía de Washington. Del otro lado, desde luego, se alzaba el bloque comunista con sus propios mecanismos de alianza y organizaciones de integración económica. Aunque de alcance más limitado, este último imponía límites y retos al poder de los Estados Unidos, al tiempo que ambos compartían su influencia al interior de la Organización de las Naciones Unidas.  Sin embargo, la existencia de esta dualidad resultó de mucha utilidad para afianzar el control norteamericano sobre su gigantesca esfera de influencia.

Los años setenta trajeron consigo una profunda crisis al marco de referencia anterior. El conflicto y fracaso de Vietnam sacudieron fuertemente el prestigio y la credibilidad internacionales de los Estados Unidos, mientras que la flotación del dólar, bajo la presidencia de Nixon, puso en entredicho toda la estructura de Bretton Woods. Sin embargo, la ausencia de alternativas al liderazgo norteamericano, en tiempos de la Guerra Fría, terminó subsanando lo primero, mientras que la crisis mundial de la deuda permitió relanzar bajo nuevos parámetros a los organismos de Bretton Woods.

Tras el colapso del comunismo el mundo entero tuvo que buscar  acomodo bajo este sistema de gobernabilidad. Un sistema que ahora pasaba a ser global y sólo admitía una cabeza. Simultáneamente la ideología neoliberal, propia del Consenso de Washington, se transformó en la esencia de lo que Ignacio Ramonet bautizó como el “pensamiento único”. La tesis de la homogeneización planetaria bajo los parámetros del orden liberal pasó a hacerse realidad.

Con la llegada de Clinton a la presidencia el sistema  pudo refinarse aún más, gracias a la comprensión que se tuvo con respecto a la importancia del llamado “poder suave”. Según Hubert Védrine éste consiste en la capacidad “para inspirar los sueños y deseos de otros”, mientras que Joseph  S. Nye lo define como un poder que “coopta a la gente en lugar de coercionarla” (The Paradox of American Power, Oxford, Oxford University Press, 2002, p. 9). Bajo Clinton, Estados Unidos supo sacar pleno provecho a una globalización que se expresaba a través de los usos, símbolos y costumbres norteamericanos.

En definitiva, el nuevo milenio comenzó bajo un marco de  gobernabilidad global y de consistencia ideológica sin paralelos en la historia, en el cual Estados Unidos ejercía un control discreto pero incontestado. Washington podía, por ejemplo, forzar la apertura de los mercados del mundo a sus mercancías, sus inversiones y sus servicios actuando de manera indirecta. Las políticas del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial, bajo su control, bastaban para ello. Sin doblegar frontalmente voluntades, Estados Unidos podía obtener sus objetivos instrumentando a su antojo los mecanismos del poder colectivo.

La Administración Bush llegó al gobierno con un bagaje propio de ideas, prefiriendo replantear su relación con el resto del mundo en términos distintos. Ello implicó el desconocimiento y la desestructuración de un sistema diseñado a imagen y semejanza de los intereses norteamericanos. Un sistema que había tardado varias décadas en construirse y refinarse. Inmersos en concepciones arcáicas con respecto a la naturaleza del poder, proclamaron la improcedencia del multilateralismo cooperativo por cercenar la libertad de acción a la que su primacía le daba derecho; se lanzaron por la ruta del unilateralismo militante; plantearon de manera directa y brutal las prerrogativas de su interés nacional; dejaron claro que su poder los eximía del cumplimiento de reglas y normas internacionales.

El suyo pasaba a ser un mundo de “satélites” y no de aliados, de coaliciones ad hocy no de instituciones multilaterales, de distinciones tajantes entre los “con nosotros y los contra nosotros”, de mecanismos de castigo a la disidencia y no de estímulos a la cooperación y de la acción preventiva prevaleciendo arrogantemente sobre el derecho y la legitimidad internacionales. Todo ello, sin embargo, bajo una envoltura profundamente mesiánica que planteaba la redención de amplias parcelas del mundo por intermedio de los valores de la democracia y la libertad.
 

Por esta vía, los diversos instrumentos, mecanismos y basamentos conceptuales que daban sustento a la hegemonía norteamericana fueron desarticulados o desactivados. Desde el Consejo de Seguridad de la ONU, fuertemente desestructurado en virtud de la preferencia norteamericana en torcer brazos, proferir amenazas y actuar al margen de sus canales, hasta la Alianza Atlántica que entró en cortocircuito funcional en virtud del distanciamiento entre Estados Unidos y la mayor parte de sus socios europeos. Desde los organismos financieros internacionales, que fueron dejados a la deriva como resultado del unilateralismo y la falta de atención de Washington, hasta la Ronda Doha de la OMC, cuyos objetivos fueron circunvalados por intermedio de la tendencia norteamericana a hacer proliferar sus tratados de libre comercio bilaterales. Desde el Proceso de Paz entre Israel y Palestina dejado sin bases ante el apoyo incondicional y descarado a Israel, hasta la relación con los gobiernos amigos del Medio Oriente, profundamente afectada como resultado de la cruzada democratizadora. Desde la fractura de los equilibrios de poder en el Medio Oriente hasta la erosión de la buena voluntad existente en América Latina, no quedó una sola área en la agenda de la política exterior norteamericana, que no se viese afectada por la imposición de las “medicinas simplistas” y  por la arrogancia superlativa de Washington.

Al final se llegó a lo que el ex Ministro de Relaciones Exteriores británico Douglas Hurd, definió en los siguientes términos: “Los dos grandes poderes en el mundo de hoy son los Estados Unidos de América y el anti americanismo” (“Is there an International Community?”, Cumberland Lodge, 13 de junio, 2006). Es decir, una comunidad internacional cuyo mayor denominador común estaba conformado por su animadversión a las políticas de Washington.

Todo lo anterior nos lleva a la distinción básica entre hegemonía e imperio. Tanto la una como el otro entrañan la noción de control. Sin embargo, la hegemonía se encuentra  directamente vinculada a la aceptación obtenida por parte de la comunidad internacional, mientras que en el imperio el poder se basta a sí mismo. La hegemonía exitosa, de acuerdo a la definición clásica de Gramsci, es aquella que se sustenta en el consentimiento. Para él, la esencia de la hegemonía derivaba de la capacidad para definir la agenda política y determinar el marco de referencia del debate, lo cual por definición implicaba del reconocimiento de los otros.
 

De acuerdo a Andrew Gramble. “Esta perspectiva de hegemonía se asocia con Gramsci. El ejercicio del poder entraña el uso tanto de la coerción como del consentimiento, pero las formas de control político más estables son aquellas donde sobresale el consentimiento. El énfasis está menos en los factores estructurales que establecen la posibilidad de la hegemonía como en aquellos factores en donde el poder es aceptado como legítimo a través de la persuasión ideológica y cultural. El énfasis es puesto en la creación y sostenimiento de una concepción del orden internacional, a través de una pléyade de agencias y organizaciones y mediante la incorporación de intereses diversos integrados en un proyecto político de amplio espectro. El aspecto ideológico de la hegemonía es lo más significativo” (Ver David Forgacs,  Antonio Gramsci Reader, London Lawrence & Wishart, 2001).
 

El imperio no requiere de consentimiento ni de legitimidad y se basta con la fuerza. Ni el imperio ruso, ni el francés, ni el austro-húngaro, por sólo citar algunos, requirieron del beneplácito de los pueblos sometidos a su dominio. Ello no impide, desde luego, que casi todos los imperios busquen un basamento conceptual que brinde justificación o sustento a ese dominio. Refiriéndose a esa necesidad de justificación Niall Ferguson señala: “Tal como refería el Senador J. William Fulbright  en 1968 ‘Los británicos lo llamaban la carga del hombre blanco. Los franceses lo denominaban su misión civilizadora. Los estadounidenses del siglo diecinueve lo llamaban el destino manifiesto’. La ‘promoción de la libertad’ o la ‘estrategia de apertura’representan simplemente la última encarnación de esa tendencia” (Colossus: The Rise and Fall of the American Empire, London, Allen Lane, 2004, p. 23).
No obstante, justificación conceptual no es lo mismo que aquiescencia por parte de los otros. La diferencia entre imperio y hegemonía es clara. La capacidad para definir la agenda internacional bajo un marco de aceptación generalizada, de la que disfrutó Estados Unidos antes de Bush, daba forma a un contexto hegemónico. La impopularidad y la resistencia a sus políticas por parte de un sector mayoritario de la comunidad internacional, a las que condujo la receta Krauthammer, obviamente contradecían dicho contexto. De ser potencia hegemónica Estados Unidos pasó a ser potencia imperial. Sólo que de haber sido todopoderosa potencia hegemónica, Estados Unidos pasó a ser una potencia imperial débil: desbordada ante dos conflictos militares periféricos e incapacitada para lograr la materialización de sus deseos en casi todos los frentes internacionales.

Obama intentó dar un viraje de 360 grados en relación a la prepotencia encarnada por la Adminstración Bush. En las cumbres del G-20 y de la OTAN, así como en el tratamiento de la mayoría de los grandes temas internacionales, Estados Unidos volvió de manera manifiesta al multilateralismo cooperativo. El mensaje y el estilo de la Casa Blanca bajo Obama representaron un caro intento por rescata el viejo cauce hegemónico. Sin embargo, el éxito o fracaso de este intento estaban indudablemente vinculados a la continuidad de tales políticas. En tal sentido, la Administración Obama podía representar el reencuentro con un proceso temporalmente interrumpido o un simple paréntesis en la marcha hacia el fin de la hegmonía estadounidense.

Con Trump en la Casa Blanca, se hizo evidente que se trataba de lo segundo. Así como Krauthammer acuñó el término “El Momento Unipolar”, diversos autores han intentado colocar un apelativo a la presidencia de Trump. Richard Hass ha hecho referencia a la “doctrina de la abdicación” para definir el proceso de egoísmo nacional militante y de desinterés frente a los intereses globales (“America and the Great Abdication”, The Atlantic Magazine, December 28, 2017). Daniel Quinn Mills y Steven Rosefielde hancatalogado como “nacionalismo democrático” a esta concepción trumpiana, según la cual la gran familia estadounidense no puede sacrificar sus intereses ante el altar del cosmopolitismo (The Trump Phenomenon and the Future of US Foreign Policy(New Jersey, World Scientific, 2016). Robert Kagan se refiere al “nuevo crecer de la selva” para referirse a las implicaciones resultantes del desentendimiento estadounidense frente a los intereses globales (The Jungle Growths Back: America and Our Imperiled World(New York, Knopf Publishing Group, 2018).

Más allá de los distintos apelativos e interpretaciones, el fenómeno es uno sólo y se evidencia de manera clara: el retiro de Estados Unidos de la Asociación Tras-Pacífica; la imposición de tarifas sobre el acero y el aluminio a sus principales socios comerciales; la renuncia al Acuerdo Climático de París; la renegociación ventajista del NAFTA; la imposición de tarifas a la totalidad de las importaciones provenientes de China; la amenaza de retirar a Estados Unidos de la OTAN; la referencia a Alemania como un “cautivo de Rusia”; el calificativo de “delincuentes” para los socios de la OTAN; las declaraciones pro-BREXIT; el calificativo a la Unión Europea como “enemigoeconómico” y la amenaza de imposición de tarifas a ésta;la amenaza de retiro de la Organización Mundial de Comercio y la desarticulación de su mecanismo de resolución de conflictos; el darle la espalda a los socios del G7, propiciando la fractura de esta agrupación. Y así sucesivamente. De manera no sorpresiva el nuevo denominador común de la escena internacional es el rechazo a Estados Unidos. De Trudeau a Merkel, de Macron a Tusk, la reacción es la misma: Washington ha dejado de ser un socio confiable.

A diferencia del período Bush, la presidencia Trump no alberga designios imperiales. Sin embargo, el rechazo a su liderazgo es aún más marcado que el que se evidenció en tiempos del primero. La hegemonía estadounidense, fuertemente fracturada con Bush, ha quedado definitivamente enterrada con Trump. Ni imperio, ni hegemonía. Simplemente decadencia.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais