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El Faro Digital 19 de Novembro de 2013 Alvarado Roales

Primaveras árabes (I): el lago egipcio

Como afirmó uno de los grandes referentes teóricos de las revoluciones y el cambio social, el estadounidense Charles Tilly, la democracia es un lago. Tiene propiedades distintivas y una lógica propia, pero se forma de diferentes modos, cada uno de los cuales retiene trazos de una historia singular. Igual que un lago. Al sur del Mediterráneo la explosión de la denominada primavera árabe evidenció un extraordinario deseo de libertad política y justicia social, además de un total rechazo del autoritarismo, la corrupción y el nepotismo. Estos elementos conformaron el corpus de la revolución que, de forma inclusiva entonces, fundaba un nuevo pacto social ciudadano susceptible de edificar los cimientos de un sistema auténticamente democrático. La rapidez con la que los déspotas fueron desposeídos de su cetro de mando degeneró en euforia, un estado de ánimo de perniciosos efectos, que cegó a los actores directamente implicados en los movimientos a pie de calle, además de a analistas, observadores, estadistas y dirigentes de todo el planeta. Se desatendió el proceso, arduo y complejo, como en cualquier momento transicional, dirigiendo toda la atención al resultado anhelado y relativizando cualquier variable susceptible de empañar la idílica estampa, el pretendido hecho democrático.

Atemperado el entusiasmo, los principios revolucionarios se vieron confrontados a la práctica. Entran en liza actores políticos organizados, con convicciones e intereses bien diferenciados, que obvian que cualquier momento fundacional exige un mínimo entendimiento, concesiones capaces de consolidar un consenso elemental que permita a todo el mundo vivir. Pero el lago egipcio bebía en una antigua y marcada polarización ideológica aliñada por una ética de la convicción rigorista y excluyente, sin apenas margen para aquiescencias durables, impregnado todo ello de un devastador maquiavelismo instintivo. El Egipto postrevolucionario es excluyente por naturaleza. Y los actores políticos no vieron más allá de sus narices, de una momentánea relación de fuerzas favorable, aquí y ahora, dejando la diversidad política, social y cultural ad kalendas graecas. Los Hermanos Musulmanes tuvieron la oportunidad histórica de inserir al país de los faraones en la senda de la edificación institucional democrática y la consolidación del pluralismo. Enrocados en sus sectarias convicciones, creyéndose finos estrategas, más inteligentes que los demás, con una lectura a todas luces errónea de la victoria de Mohamed Morsi en la segunda vuelta de las presidenciales sobre un candidato, Ahmad Chafiq, identificado con el antiguo régimen.

Creyeron doblegar al poder militar, quitándose del medio al mariscal Tantaoui y nombrando al frente de la institución castrense al general Al Sissi, reputado por su conservadurismo y piadosa práctica religiosa. Creyeron representar a cada uno de los egipcios, habida cuenta que los demás (liberales, nacionalistas, laicos, izquierdistas y salafistas) les cedieron su voto para pasar página del antiguo régimen. Y como la relación de fuerzas les era favorable, la islámica hermandad pensó que se lo podía permitir todo. No sólo la implementación de su agenda ideológica, sino la exclusión para con todos aquellos que no comulgan con su credo, con su particular visión del mundo, con su máxima “el Islam es la solución”. De forma autoritaria, en unos pocos meses los Hermanos Musulmanes creyeron posible hacer lo que los islamistas turcos buscan llevar a cabo desde hace una década, a saber, el control de todas todas las estructuras del estado para utilizarlas contra sus opositores, al servicio de un proyecto ideológico que una mayoría de la población rechaza. Los Hermanos Musulmanes se han valido de la  aritmética democrática para acceder al poder y luego, una vez instalados, minar la separación de poderes y arremeter contra las minorías, la libertad de expresión, los derechos de las mujeres...


Los Hermanos Musulmanes perdieron el sentido de la vívida realidad, olvidándose de que ser musulmán, incluso practicante, no significa necesariamente ser islamista, ¡y mucho menos simpatizante de la hermandad! Es así como la organización de Mohamed Badie, guía supremo de la cofradía y, por ende, auténtico presidente de Egipto, por encima del propio Morsi, logró poner a todo el mundo en su contra. El unanimismo de la calle contra el poder islamista dotó de legitimidad al golpe militar. Pero toda legitimidad termina por agotarse. Incluso si la cofradía islámica tiene responsabilidad considerable en lo ocurrido, la falta de respeto por la vida humana del Ejército denota que éste padece el mismo mal que pretende combatir. Haciendo gala del mismo maquiavelismo instintivo que sus adversarios, los anti-Morsi se equivocan si creen que se puede acabar con el islamismo a través de la sola represión. Una cosa es constatar que los Hermanos Musulmanes no representan a todos los egipcios, pero otra muy distinta es significar que no representan absolutamente a nada ni a nadie. En espera de ver la evolución de la situación sobre el terreno, la única solución pasa por romper el círculo vicioso de exclusión y contra-exclusión, para que los diferentes afluentes converjan por fin en el lago egipcio de la democracia.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais