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7 de Maio de 2018 Toro Hardy

Populismo: Europa y Estados Unidos

En estos últimos años el populismo se ha expandido con increíble fuerza por los predios del mundo desarrollado. Europa y Estados Unidos se han visto sometidos al impulso aparentemente indetenible de éste, tanto en sus versiones de izquierda como de extrema derecha. Existe, sin embargo, una importante distinción entre el populismo europeo y el estadounidense.

La proliferación de partidos, propia de la escena europea, resulta cónsona con la naturaleza parlamentaria de la mayoría de sus sistemas  políticos. Ello no sólo permite que pequeños partidos puedan subsistir largo tiempo en la periferia política, sino también la aparición frecuente de nuevos partidos. Tal estado de cosas posibilitó que el populismo subsistiera sin problemas en la periferia política, hasta que las circunstancias lo impulsaron al centro de la escena. De la misma manera, ha permito que partidos populistas de reciente creación hayan podido posicionarse rápidamente en el epicentro político.


El rígido sistema bipartidista y la existencia de un Colegio Electoral, hacen imposible que algo similar ocurra en Estados Unidos. Ni siquiera Ross Perot, el más exitoso contendiente reciente a la Casa Blanca fuera de los dos partidos tradicionales, tuvo la menor posibilidad de conquistar ésta. Tanto en 1992 como en 1996, este lo intentó contando con gran respaldo popular. En 1992 obtuvo 18,9% de la votación popular y, sin embargo, no logró ni un sólo voto del Colegio Electoral (cuyos votos son los que eligen al Presidente por vía indirecta). Otro tanto ocurrió en 1996, cuando alcanzó el 8% del voto popular y nuevamente ni un solo voto electoral. En otras palabras, es imposible alcanzar la presidencia al margen de los dos grandes partidos, lo cual hace inviable que un partido populista tenga opciones de triunfo.

De tal manera, la única posibilidad que se le plantea al populismo en la escena política estadounidense, es la de conquistar por dentro a alguno de los dos partidos dominantes. El primer movimiento populista que intentó hacer eso fue el llamado Tea Party, en relación al partido Republicano. Aunque evidenció una impresionante fortaleza interna, ésta resulto insuficiente para llegar a controlar el partido. Las elecciones presidenciales de 2016, de su lado, se caracterizaron por candidatos populistas en ambos bandos que buscaron hacerlo.

En junio de 2016, el columnista del New York Times David Brooks escribió un esclarecedor artículo en ese diario. Allí señalaba como Donald Trump había logrado cambiar las claves del debate político estadounidense de los últimos ochenta años. Hasta entonces, refería, este se había basado en la dicotomía más Estado vs. menos Estado. Mientras los Demócratas propulsaban lo primero, los Republicanos representaban lo segundo. Trump transformó los términos de este debate por otro distinto, caracterizado por una nueva dicotomía: apertura vs. cerrazón. En otras palabras, permeabilidad al mundo y a la sociedad globalizada o, alternativamente, un vuelco sobre sí mismo con disminución de los compromisos internacionales, mayor proteccionismo comercial y fuertes controles inmigratorios. Es decir, la típica agenda populista de extrema derecha.

Del otro lado de la barrera, también Sanders mantenía un mensaje populista pero en su versión de izquierda. Es decir, cerrarse ante la globalización y propulsar el proteccionismo, pero adelantando políticas sociales y no viendo a la inmigración como enemiga. En lo que si coincidían ambos, más allá de la cerrazón comercial, era en identificarse con los intereses del “pueblo” por contraposición a los del “establishment”. De acuerdo a Sanders: “Tenemos que derribar con fuerza la arrogancia y la codicia de la clase dominante” (Our Revolution: A Future to Believe In, London, 2017).

Ambos candidatos difundieron con gran éxito planteamientos que, hasta entonces, se habían encontrado en la periferia de la política estadounidense. Bernie Sanders, aunque derrotado en las primarias, dió una extraordinaria manfestación de fortaleza. Más aún, logró que una defensora por excelencia de la globalización, Hillary Clinton, debiese plegarse a sus planteamientos proteccionistas. Más aún, todo parece indicar que para sacar a Trump de la Casa Banca en 2020, los Demócratas se verá obligados a lanzar un ataque populista por su flanco izquierdo.

De acuerdo a Edward Luce: “Muchos se reconfortan pensando que la victoria de Trump fue un simple accidente, producto de la última bocanada de aire de una mayoría blanca moribunda, ayudada por Putin. Ojalá tuviesen razón. Pero mucho me temo que no es así” (The Retreat of Western Liberalism, London, 2017). The Economist pone la situación de manera más clara: “El populismo está en la fase ascendente de la ola” (“Left behind”, October 21st-27th, 2017).

Así las cosas, mientras en Europa el populismo está conquistando el poder desde afuera, en Estados Unidos lo está logrando desde adentro.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais