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IGADI 3 de Marzo de 2014 Toro Hardy

Obama y América Latina: el último capítulo de una larga saga

La historia de la relación entre Estados Unidos y América Latina está compuesta por varios capítulos claramente definidos.

El primero es el de la definición del espacio de influencia. Ello se materializa en 1822 con la promulgación de la Doctrina Monroe. De acuerdo a la misma, las naciones hispanoamericanas que emergían a la independencia constituían territorio vedado a los apetitos imperiales europeos y, por extensión, espacio natural de influencia estadounidense.

 El segundo es el del Destino Manifiesto. La guerra de 1847 contra México persigue anexar territorios de ese país, consideradoscomo indispensables para la realización del destino nacional de Estados Unidos.Las conquistas de guerra, y la subsiguiente venta forzosa por parte de México, implicaron un significativo despojo territorial que dieron forma a los siguientes estados de la Unión: California, Nuevo México, Arizona,  Colorado y Nevada.

El tercero es el del Imperio. Este toma cuerpo a partir de 1898 con la guerra contra España y la adquisición de sus territorios coloniales: Filipinas, Cuba y Puerto Rico. El escenario caribeño resultará particularmente activo dentro de este marco. En 1903 Washington propicia la secesión de Panamá de Colombia para incorporarla como Protectorado de facto y, en el curso de las siguientes tres décadas, invadirá treinta y cuatro veces a los países de la Cuenca del Caribe. Lo anterior incluirá la ocupación de México, Honduras, Guatemala, Costa Rica, Haití, Cuba, Nicaragua, Panamá y República Dominicana. Los espacios no ocupados militarmente, como fue el caso de Venezuela, serán mantenidos bajo control por vía del llamado Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe.

El cuarto capítulo corresponde a la Política de la “Buena Vecindad”. Esta se inicia en 1933 con la llegada al poder de FranklinD. Roosevelt. Durante este período Estados Unidos tomará medidas de la mayor significación. Retira las tropas de ocupación que mantenía en diversos países de la Cuenca del Caribe (con la manifiesta excepción de Puerto Rico, anexado desde 1898). Deroga una serie de tratados e instrumentos jurídicos que brindaban a Washington privilegios desmesurados sobre los países de la subregión (entre ellos la Enmienda Platt a la Constitución cubana, la cual le otorgaba el derecho de intervenir a voluntad en esa nación).  Promulga la doctrina de “no intervención absoluta” en los asuntos internos de los estados de la región. No se opone al surgimiento de diversas democracias progresistas. Se muestra dispuesto a aceptar un grado importante de independencia económica regional, lo cual incluye la nacionalización de la industria petrolera mexicana. Mantiene confrontaciones con varias corporaciones norteamericanas, en virtud de los abusos cometidos por éstas en la región.

El quinto capítulo es el de la Guerra Fría. Terminada la Segunda Guerra Mundial y conformado un mundo bipolar, América Latina se transforma en escenario primigenio  para la imposición de las políticas estadounidenses. Nuevamente se define una relación de tipo imperial, que en esta ocasión abarcará a la región entera. Será un período en el que América Latina experimentará numerosos golpes de Estado o guerras civiles de baja intensidad, propiciados por Washington. Dentro de esta fase tendrá lugar el paréntesis Carter, quien demostró una excepcional comprensión de las sensibilidades latinoamericanas.

Bajo Carter los regímenes violadores de los derechos humanos en América Latina, que tanto respaldo habían recibido de Washington, se encontrarán en el banquillo de los acusados. Al mismo tiempo se propicia activamente la puesta en práctica de políticas sociales y de reforma agraria, particularmente en América Central.La confrontación ideológica y política con Cuba verá bajar significativamente su intensidad, promoviéndose una relación constructiva.Enfrentando la oposición del 87 por ciento de la opinión pública norteamericana, Carter  firma en 1977 los tratados Torrijos-Carter que plantean la devolución programada del Canal de Panamá.

El sexto capítulo es el del Consenso de Washington. Ganada la Guerra Fría Estados Unidos se relaja y la búsqueda de control imperial sobre el “patio trasero”  es sustituida por la proyección de la hegemonía económica. Es la época del “poder suave” en el que la que la región se transforma en laboratorio ideal para la puesta en práctica de las nuevas políticas económicas definidas en Washington.

Tras la llegada del segundo Bush al poder, y luego del 11 de septiembre, se entra en el séptimo capítulo. La hegemonía económica se ve sustituida por un retorno a los impulsos imperiales. Es el llamado “imperialismo democrático” de los neoconservadores, dentro del cual se produce el intento de golpe de Estado al Presidente Chávez en 2002 y el abierto hostigamiento a los regímenes progresistas democráticamente electos de la región.

Aunque sólo fuese por la singularidad y los excesos del período del segundo Bush, Obama abría un nuevo capítulo. No obstante su llegada a la Casa Blanca parecía representar mucho más que el fin de la era Bush. La suya planteaba la esperanza de unapresidencia llamada a transitar por la sendas de Franklin D. Roosevelt y Jimmy Carter, los dos mejores momentos de la relación Washington-América Latina. LaV Cumbre de las Américas, celebrada en Puerto España en el 2009,pareció apuntar en esa dirección. Allí se proyectó la impresión de que era posible que Washington desarrollase un diálogo constructivo con todos los países del hemisferio, independientemente de las diferencias ideológicas, así como una aproximación pragmática a los problemas de la región. Decepcionantemente no resultó así.

La manifiesta falta de interés hacia la región se vio complementada con la carga inercial heredada del período precedente con respecto a las diferencias ideológicas. Ello impidió una aproximación pragmática y signó con tensiones las relaciones con los países que adelantan políticas de izquierda. Las críticas a la última Cumbre de la CELAC, por el hecho de haber sido celebrada en Cuba, evidencian que tan atada al pasado sigue estando la Administración Obama. Más allá de México, su socio en el TCLAN, y de aquellos países de la Cuenca del Pacífico que pueden resultarle de utilidad en su iniciativa Trans-Pacífica, América Latina ha contado muy poco para la Administración Obama.Esto último incluye al gigante Brasil.

La decepción Obama ha sido grande. Tan sólo aquellos países de la región que visualizan un espacio en la Sociedad Trans-Pacífica propuesta por aquel, pueden resultar aún optimistas. Sin embargo, habrá que ver en qué medida dichos países logran conciliar sus importantes relaciones comerciales con China con una iniciativa comercial cuyo objetivo final no es otro que el de la contención a China. Más aún, en qué medida podrán evitar darse de narices con un proyecto de Tratado que no es visto con buenos ojos ni siquiera por el propio partido del Presidente Obama.

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