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9 de Xullo de 2018 Toro Hardy

México y EEUU: Entre la regionalización y la localización

Un reto estrutural para AMLO

La nueva robótica y la impresión 3D, caracterizados por los bajos costos productivos, están propiciando el retorno a Estados Unidos de las plantas de mano de obra intensiva que sus empresas mantienen en el exterior. Tal tendencia, busca establecer pequeñas plantas cerca de los lugares de consumo final, así como cadenas de suministro mucho más próximas. Si esta tendencia se consolidase, México se encontraría en problemas. Este último país ha imbricado fuertemente su economía a la estadounidense, sobre la base de una producción subsidiaria de bajo costo.

La mejor alternativa para México sería que el retorno a casa, propiciado por la alta tecnología, se produjese dentro de un contexto regional y no nacional. Es decir, que las plantas de empresas estadounidenses que regresan de Asia incluyesen también a México como destino. Ello, desde luego, le implicaría una reconversión de su proceso productivo, adaptándose a la automatización manufacturera. Algunos tratadistas del tema consideran que la regionalización de la producción puede resultar más eficiente que su localización en la periferia del consumidor final. Esto permitiría preservar ciertas ventajas de la producción de escala, manteniendo no obstante cercanía con el mercado de consumo. El debate estaría así planteado entre la regionalización que implicaría plantas mayores y la localización, que implicaría una inmensa proliferación de pequeñas plantas en la vecindad de las ciudades.

México evidencia ventajas y desventajas en relación al debate anterior. Sus ventajas derivan de encontrarse relativamente cerca y relativamente listo. Lo primero por su vecindad a Estados Unidos. Lo segundo pues está lo suficientemente imbricado a la economía estadounidense, como para hacer que su proceso de reconversión y adaptación a las nuevas exigencias resulte factible. Sin embargo, México confronta a la vez desventajas evidentes. Ellas serían el proteccionismo propiciado por Trump, la reciente reducción de impuestos corporativos en Estados Unidos y el hecho de que muchas las ciudades y zonas deprimidas en Estados Unidos están apostando a la localización, como fórmula para revivir a sus comunidades.

En una conferencia en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, el hasta hace poco Presidente Ejecutivo de General Electric, Jeff Immelt, señaló que su empresa perseguía regresar el grueso de su producción a Estados Unidos para protegerse del proteccionismo. Si una empresa con una capitalización de mercado de 300 millardos de dólares se preocupa por el proteccionismo, que puede esperarse del resto.

La Ley de Reducción de Impuestos de diciembre de 2017, ha generado inmensos beneficios para las empresas que manufacturan en Estados Unidos. Si el proteccionismo representa el garrote, la reducción impositiva representa la zanahoria. Por si la combinación anterior no resultase suficientemente, la localización ha sido vinculada a la estrategia de revivir a través de ella a las zonas deprimidas de Estados Unidos. Si bien la automatización no constituye la mejor manera de crear empleos en áreas económicamente rezagadas, es al menos una vía imperfecta para inyectar nueva energía a las mismas.

Sopesando las ventajas y desventajas que tiene México, las desventajas lucen mucho mayores. Sobreponerse a la combinación de proteccionismo, reducción de impuestos y reanimación de comunidades económicamente deprimidas, no es tarea fácil. Más aún, si bien la idea de la eficiencia derivada de la regionalización es importante, nada impide que ésta pudiese desarrollarse al interior mismo de las fronteras estadounidenses. Estados Unidos se divide en siete regiones bien definidas: Oeste, Suroeste, Noroeste, Medio Oeste, Sureste, Noreste y Medio Atlántico. Estas perfectamente podrían cumplir el papel de racionalización productiva que algunos buscan, obviando a México.

Si la producción manufacturera de las empresas estadounidenses regresase a casa, y eso incluyese también el abandono de las plantas fabriles en México, este país se encontraría en aprietos. Más allá de su subsidiaridad económica a Estados Unidos, México carece de muchas opciones. A pesar de integrar varias organizaciones multilaterales que lo vinculan a la Cuenca del Pacífico, la relación económica de México con los países del Este asiático es más competitiva que complementaria. Ello en la medida en que su economía es, en esencia, de mano de obra intensiva, al igual que el de la mayoría de las economías asiáticas. A la vez se vería afectado por la automatización productiva en Europa, que se adentra por un camino similar al de Estados Unidos. América Latina o Canadá, de su lado, resultarían insuficientes como mercados. Sin embargo, aún si tuviese éxito en mantenerse como una economía subsidiaria a la estadounidense, dentro de un esquema de regionalización, tendría que hacerlo al costo del inmenso desempleo que generaría su automatización productiva.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais