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Revista Zeta 12 de Setembro de 2014 Mansilla Blanco

Los frentes de Obama

A escasos dos meses de las elecciones legislativas para renovar el Congreso y un tercio del Senado estadounidense, al presidente Barack Obama se le han multiplicado los frentes de política internacional cuando, en perspectiva, su intención era precisamente sepultar diversos conflictos (Irak) y sentar las bases de la Asociación Transpacífica como medida de contención a China. La crisis entre Ucrania y Rusia y la súbita ofensiva yihadista del Estado Islámico en pleno corazón de Oriente Medio son factores que pueden definir las variables de los comicios legislativos para Obama y el Partido Demócrata.

 
               A poco de comenzar la mitad de su segundo período presidencial y en vísperas de las estratégicas elecciones legislativas de noviembre próximo, al presidente Barack Obama se le ha complicado el escenario internacional.
 
Tanto él como su Partido Demócrata esperaban focalizar sus expectativas de cara a recuperar la mayoria en la Cámara de Representantes, controlada desde las pasadas elecciones de 2012 por el Partido Republicano, y de conservar la mayoría demócrata en el Senado. Pero las circunstancias derivadas de la política exterior han dado un vuelco a estas prioridades.
 
               Pero la política exterior, una materia en otras ocasiones era aprovechada por el presidente de turno para afianzar su popularidad previo a unas elecciones, se le está revirtiendo a Obama. La prolongada crisis ucraniana desde diciembre pasado ha tensado las relaciones entre EEUU y Rusia, lo cual ha obligado a la Casa Blanca a recuperar la esencia de la Alianza Atlántica con el fin de disuadir e incluso contener a Moscú, eventual ingreso de Kiev en la OTAN mediante.
 
               No obstante, el frente más candente parece estar en Oriente Medio, en particular con la ofensiva del Califato instaurado por el Estado Islámico entre Siria e Irak. Esta situación parece polarizar las opciones de un Obama, una vez el 10 de diciembre definió públicamente las bases de una estrategia decisiva para contener esta crisis.
 
La yihad del Este
 
               Obama sabe que sus prioridades en política exterior pasan ahora por dos frentes que suponen dos procesos de contención. El primero es la palpable aspiración rusa a apostar fuerte por su espacio contiguo, evitando perder esferas de influencia principalmente en Ucrania, escenario estratégico de la nueva geopolítica entre Occidente y Rusia.
 
               A pesar de la tregua acordada la semana pasada entre el presidente ucraniano Petr Poroshenko y su homólogo ruso Vladimir Putin, los resortes del conflicto auguran una crisis para largo. Kiev se ha visto prácticamente en la obligación de reconocer tácticamente a los rebeldes prorrusos del Este ucraniano como actores políticos inevitables, un hecho que a todas luces constituye un inobjetable triunfo geopolítico para Putin.
 
               Por su parte, los rebeldes prorrusos han interpretado su lucha contra Kiev casi en términos simbólicos de “guerra nacional”, un tratamiento no muy lejos de lo que quiere enfocar el Estado Islámico en su yihad en Oriente Medio.
 
               Atrapado en la crisis ucraniana, a Washington le quedan opciones plagadas de incertidumbres. La más factible es propiciar el ingreso de facto de Ucrania en la OTAN, como medida de presión contra Putin, más allá de la ampliación de las sanciones económicas y burocráticas que el Kremlin ha respondido de forma igualmente eficiente, provocando fuertes complicaciones para las exportaciones europeas, muy vinculadas al mercado ruso.
 
               Por ello, la audacia de Putin a reaccionar rápido en la crisis de Ucrania en los últimos meses, con medidas igualmente punitivas como sus sanciones a los productos occidentales, entre otros, le ha convencido de que con una actitud firme y dura puede obtener resultados eficientes, incluso a costa de tensionar unas relaciones por lo demás tan inevitables y estratégicas como necesarias para Rusia y Occidente.
 
               Del mismo modo, esta crisis le ha permitido a Putin afianzar su poder y el de sus oligarcas en sectores clave como el militar-industrial y el energético. Una señal para Occidente sobre las fortalezas de la nueva nomenklatura del poder en el Kremlin.
 
En el caso de Oriente Medio, Obama se ha visto obligado a intentar descifrar una nueva estrategia, parcialmente alcanzada en la cumbre de la OTAN de la semana pasada en Gales, donde logró concretar una coalición de diez países, entre los que se encuentran actores de peso como Gran Bretaña, Alemania, Francia y Turquía, para luchar contra los yihadistas del Estado Islámico. Esta perspectiva se afianzó con la reunión de cancilleres de la Liga Árabe a comienzos de esta semana, que respaldo la nueva “doctrina Obama” en Oriente Medio.
 
Pero tanto como la resolución de estas crisis, a Obama le toca ganar la más fuerte de las batallas, la de la opinión pública de su país, y más en un contexto preelectoral. El avance del yihadismo del EI y las imágenes de decapitación de los periodistas estadounidenses James Foley y Steve Sotloff por parte de milicianos yihadistas del EI puede entorpecer claramente las perspectivas de Obama y los demócratas de cara a las legislativas de noviembre.
 
 Así como para los republicanos, una buena parte de la opinión pública estadounidense puede interpretar en estas imágenes un síntome de debilidad y del declive estadounidense en el escenario internacional, apuntando directamente a Obama de no atender con firmeza crisis como las de Siria e Irak.
 
Muchas voces críticas en Washington arrementen ahora contra Obama por no haber enfocado una mayor atención en la crisis siria desde 2011, en particular a la hora de apoyar a los rebeldes sirios, a fin de intentar extirpar el posterior protagonismo que fueron adquiriendo los yihadistas del EI.
 
Del mismo modo, otros critican que la retirada militar estadounidense decretada por Obama en 2012, y que se ampliará a finales de este año con la de Afganistán, supone una variable que igualmente definiría el caos actual, particularmente ante la debilidad del Estado iraquí para hacer frente a esta crisis.
 
En este sentido, las medidas tomadas por Obama parecieran más bien “paños calientes” que no solucionan eficazmente la crisis. Los ataques aéreos con drones a posiciones del EI, en particular frente a la represa de Haditha y en la toma de Mosul, corresponden a la tentativa de Obama de no intervenir de manera directa sino de erosionar las posiciones yihadistas sin comprometerse en una nueva aventura militar.
 
Nuevos amigos en el camino
 
Por otro lado, el súbito nombramiento de un nuevo primer ministro, Haidar al Abadi, en Bagdad que sustituya al defenestrado Nourri al Maliki denota la pérdida de confianza de Washington en las instituciones iraquíes, razón por la cual Obama ha intentado buscar otras opciones.
 
Este nuevo gabinente iraquí a evitado nombrar representantes en las carteras clave de Defensa y Ministerio del Interior. Esto sólo supondría un avance de la estrategia que el 10 de septiembre presentó Obama en Washington para derrotar al EI,  en el marco del 13º aniversario del 11-S, y la cual constará de tres fases para los próximos tres años.
 
En las dos primeras fases, Washington se enfocará en erosionar y acabar con el EI mediante ataques aéreos y de milicias kurdas, chiítas y sunnitas afines. Pero la tercera y última fase parece ser la más compleja, porque estipula acabar con los bastiones del EI en Siria, una campaña que puede resultar prolongada y cuya principal responsabilidad ya no quedará en manos de Obama sino del próximo presidente estadounidense que gane las elecciones en 2016.
 
Según diversas fuentes divergentemente contrastadas, presuntamente representantes estadounidenses e iraníes se reunieron en el Kurdistán iraquí para acordar acciones conjuntas contra el EI.
 
Este escenario daría a entender dos factores. El primero, que Obama avanza en la posibilidad de propiciar un entendimiento con Teherán que está dando sus frutos en el terreno nuclear, a tenor del avance de las negociaciones de Irán con el G5+1. Y la otra, que utilizar al Kurdistán iraquí como escenario de estas presuntas reuniones entre funcionarios estadounidenses e iraníes supone un espaldarazo de Washington a la eventual creación de un Kurdistán independiente, variable que contaría con la aprobación iraní.
 
Con todo, ambas variables no están exentas de riesgos. Obama parece apostar más por Irán principalmente como medida de disuasión y de presión hacia aliados tradicionales como Arabia Saudita y Qatar, fuertemente involucrados en el financiamiento y apoyo logístico al EI durante la guerra siria.
 
Del mismo modo, fortalecer la opción iraní igualmente serviría para potenciar la hegemonía política chiíta dentro de Irak, particularmente por encima de los sunnitas, recreando el secular conflicto político y religioso entre ambas comunidades. De hecho,  muchos sunnitas iraquíes se han unido al EI a tenor de esta situación.
 
También está el hecho de armar a los kurdos iraquíes, que puede tener un efecto contraproducente en el caso de que las milicias del PKK en el Kurdistán turco puedan aprovechar la situación para renovar su lucha independentista contra Turquía.
 
Washington ha anunciado una mayor asistencia militar al Líbano que puede ampliarse a Jordania, con la finalidad de no verse inmiscuidos en la eventual ampliación de la yihad del EI, el cual complicaría seriamente el tablero geopolítico y los riesgos de seguridad en Oriente Medio.
 
Si bien la crisis ucraniana supone un pulso constante con Moscú que, a todas luces, parece dirimirse más en los terrenos de la negociación y la persuasión a pesar de las sanciones (algunas de ellas desestimadas a última hora), estas opciones desaparecen en la crisis con el EI. Obama está metido en dos frentes exteriores que muy probablemente tendrán directas implicaciones en las legislativas de noviembre, aunque el otro frente, la crisis económica, se juega tanto dentro como fuera de EEUU.   

 

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