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El Faro de Ceuta (España) 9 de Xullo de 2013 Alvarado Roales

La onceava plaga de Egipto

Tras el Golpe de Estado contra Morsi aumentan los temores de una eventual guerra civil en Egipto.

Mohamed Morsi se ha mostrado como un político populista, sectario e ineficaz, incapaz de afrontar los retos que enfrenta su país. Se abre ahora un periodo de incertidumbre e inestabilidad, de grandes riegos. En el mejor de los casos se formará un gobierno de unidad nacional que se encargará de poner en marcha un comité para la redacción de una nueva carta magna y convocar elecciones. Los más agoreros evocan un escenario a la argelina, con una escalada violenta que podría degenerar en guerra civil, en un nuevo campo de batalla de la yihad global.

¿Acaso un golpe de Estado puede ser democrático? Mucho se ha dicho al respecto durante los últimos días, con opiniones y análisis para todos los gustos. La deposición Mohamed Morsi es vista por unos como un ataque frontal contra la democracia, un hurto a la voluntad del pueblo expresada en las urnas. Para otros se trata de “un mal necesario” a la luz de la deriva adoptada por el gobierno islamista, contraria a los principios de la “revolución” que acabó con el reinado de Hosni Moubarak. Los argumentos del debate son múltiples. A cada uno corresponde el sacar sus propias conclusiones. Lo cierto es que la campaña de movilización auspiciada por la oposición a los Hermanos Musulmanes alcanzó su punto más álgido en la multitudinaria manifestación del 30 de junio, impeliendo al ejército del general Abdel Fattah Al Sissi a intervenir para derrocar al presidente. Morsi ha sido destituido un año después de su elección abriendo un nuevo periodo de incertidumbre e inestabilidad, no exento de grandes riesgos. 

Mohamed Morsi se ha mostrado como un político populista, sectario y, sobre todo, ineficaz, no apto para afrontar los retos que enfrenta Egipto e inhábil para paliar la delicada situación económica y social. Cierto que las dificultades eran grandes, que la situación de partida no era envidiable y que el tiempo se le ha echado encima. Pero nada ni nadie impedían a Morsi intentarlo. Al menos eso. La situación no ha cesado de degradarse y los precios de aumentar. Los egipcios viven hoy mucho peor que bajo Moubarak. La crispación provocada por la política de los Hermanos Musulmanes, el repliegue comunitarista y la polarización infligida a la población, que han redundado en la degradación de la paz civil y de la seguridad, han tenido efectos perniciosos sobre le turismo, el pulmón económico del país, el clima de negocios y las inversiones. Si al menos los egipcios hubieran visto algún gesto, alguna iniciativa para la mejora de la situación, quizás se hubieran mostrado más pacientes con el presidente.

El otro gran descuido de Morsi ha sido el considerar que representaba a la totalidad del país, sin tomar en consideración la existencia de fuerzas de oposición e importantes minorías. La elección de Morsi fue posible también gracias al apoyo de los votantes de la oposición, que querían pasar definitivamente página del anterior régimen. Demasiado dado a los baños de masas, invocando de forma constante y repetitiva su "legitimidad de las urnas", sólo la gran familia islamista ha tenido cabida en las oraciones de Morsi. Y para colmo, en un contexto ya de por sí tenso y agitado, los Hermanos Musulmanes no han dejado de situar a los suyos en puestos estratégicos de la administración, reproduciendo los mismos esquemas de poder del sistema que se pretendía enterrar. Tampoco han faltado episodios de provocación, como el nombramiento en el puesto de gobernador de Luxor de Adel Khayat, un veterano de la Gamaa Islamiya, organización radical que en 1997 operó un atentado que mató a 58 turistas en esta misma ciudad.

El comportamiento autista de Morsi ha sido harto patente en la elaboración de la nueva constitución, que se ha hecho sin tener en cuenta a la magistratura. La promulgación de decretos para reforzar el poder y capacidades presidenciales han ido en esta misma línea. Los indicios de lo errado de la conducta del presidente eran evidentes. Imposible no percibir la crispación política derivada de la acción del gobierno islamista. Así las cosas, en último término ha sido la propia arrogancia del derrocado Morsi la que lo condujo a su  estrepitosa caída. ¿Y ahora? ¿Qué puede ocurrir? En el mejor de los casos, si ejército y Hermanos Musulmanes lo permiten, se conformará un gobierno de unidad nacional conducido por Mohamed El Baradei, que se encargará de poner en marcha un comité para la redacción de una nueva carta magna y convocar elecciones. 

Frente a este escenario ideal los más agoreros evocan el espectro argelino, a saber, el riesgo de una escalada violenta que podría degenerar en guerra civil. Un bando estaría liderado por el ejército del general Al Sissi, fiel heredero de la tradición de los Nequib, Nasser, El Sadate, Moubarak y Tantaoui. El otro estaría compuesto por unas huestes islamistas radicalizadas secundadas por extremistas llegados de todo el planeta. El país árabe más poblado, el gran referente de esta parte del mundo como nuevo campo de batalla de la yihad global en la que todos estaríamos concernidos. La onceava plaga de Egipto.

 

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