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News Enginyers Xina‏ 31 de Outubro de 2015 Ríos

La mar de problemas

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La incursión de un barco de guerra estadounidense en las proximidades de las islas Nansha/Spratly, en el Mar de China meridional, fue interpretada en Beijing como una “descarada provocación” a su soberanía territorial. La acción se llevó a cabo con el Comité Central del PCCh reunido en la capital china y en vísperas de una visita de Obama a la región (Filipinas y Malasia). Washington, que impulsa una estrategia de reequilibrio en la zona para contener las ambiciones chinas, asegura no tomar partido en las disputas que la enfrentan a los países de la zona y que solo aspira a garantizar la libertad de navegación. La acción evidencia por sí sola cuan infructuosa fue la visita de Estado de Xi Jinping a EEUU en septiembre último. El embajador Max Baucus fue convocado a Waijiabou, sede del ministerio de exteriores, para hacerle saber el disgusto de las autoridades chinas, pero esto poco podrá cambiar las cosas.

En estas aguas, China viene desarrollando en los últimos años una estrategia de consolidación de lo que considera sus derechos de soberanía mediante la transformación de arrecifes y el afloramiento de islas artificiales de uso militar potencial. Son de gran importancia estratégica no solo por los recursos que alberga (petróleo y gas) sino por su emplazamiento ya que, entre otros, por dicha zona transita un tercio del comercio petrolero mundial.

Hasta ahora, se habían registrado enfrentamientos leves entre buques chinos y de países vecinos que también reclaman sus derechos en las citadas aguas, especialmente de Filipinas y Vietnam. China insiste en que sus acciones tienen fines civiles y no pretende militarizar la zona, pero la desconfianza subsiste. La irrupción de la marina de guerra estadounidense añade leña al fuego de una competición por la posición en el Pacífico, contando para ello con algunos aliados importantes.

El contexto se completa con la reanudación del diálogo al máximo nivel entre China y Japón –firme aliado de EEUU-, tras el empeoramiento registrado en 2012, cuando Tokio decidió “comprar” parte de las islas Diaoyu/Senkaku, en el mar de China oriental, disputadas por ambos países. Tras la firma de un TLC entre Beijing y Seúl, China y Japón parecen primar el entendimiento económico reanudando las negociaciones para la firma de un TLC trilateral. Las conversaciones se habían paralizado desde entonces.

Asimismo, cabe tener presente el anuncio del acuerdo respecto al TPP, una plataforma para la integración económica que lidera EEUU excluyendo a China –no así a Vietnam- y que se contrapone al RCEP que lidera China y excluye a EEUU.

Y en las mismas aguas conviene tener presente a Taiwan. Según un informe reciente de su ministerio de Defensa, en 2020 Beijing habría completado su capacidad para llevar a cabo un ataque militar a la isla. En 2016, los soberanistas del PDP volverán al poder probablemente con una mayoría muy holgada, lo que puede enturbiar las relaciones a través del Estrecho. En los últimos años, con el KMT al frente, el acercamiento entre Beijing y Taipei se desarrolló muy activamente. El “movimiento girasol”, en 2014, agrió las expectativas de un diálogo político capaz de conducir a una reunificación más o menos rápida.

Parar los pies a China

La incursión estadounidense implica un claro desafío a las pretensiones chinas de reafirmar su posición en la región. La demostración de su poderío naval incluye un mensaje de apoyo a sus aliados. Lejos de ser un incidente aislado nos indica, probablemente, el inicio de una fase más incisiva de su política de reequilibrio regional para consolidar sus intereses en la zona, alentando dinámicas de bloque tanto en el orden económico como de seguridad.

Por el momento, EEUU no planteó a China el cese de la construcción de las islas y no parece que China, llegado el caso, vaya a tenerlo en cuenta. Su ambicioso proyecto tiene el potencial para cambiar la situación geopolítica en el área, circunstancia que motiva la acción de Washington. Aun así, le resultará complicado frenar la proyección del poder de Beijing hacia el sur. En ese empeño podrían converger también los intereses de India y Japón. China hará cuanto pueda para evitar la consolidación de un frente entre sus contrarios.

A la vista de la nueva situación, la postura tradicional china, basada en el aparcamiento de las disputas por la soberanía concentrándose en la explotación compartida de los recursos, se complementa con la propuesta de organizar maniobras navales conjuntas con los socios de ASEAN, con quienes viene negociando un Código de Conducta que no acaba de cuajar.

La demanda de arbitraje planteada en enero de 2013 por Filipinas al tribunal sobre el derecho del mar ha sido desautorizada por Beijing, desconociendo cualquier efecto vinculante de sus resoluciones. Será en el marco bilateral o multilateral regional, sin injerencias externas, que deberán encontrarse soluciones. El hecho de que China señale sus reivindicaciones en la zona como un “interés central” sugiere poca flexibilidad en las cuestiones de fondo, lo que añade escepticismo a la posibilidad de un arreglo.

La consecuencia inmediata y difícilmente evitable de este escenario es el aumento de los presupuestos militares y el desarrollo de los lazos de cooperación en defensa y seguridad entre Tokio, Nueva Delhi, Hanói y Manila. Todos ellos podrían ver con buenos ojos la estrategia estadounidense si China se conduce absteniéndose de la sabiduría mínima para enfriar los diferendos territoriales. La primacía de un enfoque táctico, por otra parte, puede empañar el éxito de los ambiciosos proyectos económicos que lidera (corredores, ruta marítima de la seda, banco asiático de inversión en infraestructuras, etc.) y que servirían para  evitar el agravamiento de las tensiones.

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