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27 de Agosto de 2018 Toro Hardy

Estados Unidos y el reloj de la historia

Estados Unidos evidencia una pasmosa polarización económica, con empleos que crecen a ambos extremos de la escala social, pero que se evaporan en el medio. Los especuladores de Wall Street y los ejecutivos corporativos de Nueva York, los emprendedores de Silicon Valley o los creativos de la industria del entretenimiento en Los Ángeles, van viento en popa.  Tampoco a electricistas, plomeros o enfermeros les falta trabajo. Es la amplia clase media situada en el medio, e identificada con la industria fabril, la que se está viniendo a pique.

Esta polarización de empleos se identifica a su vez con una polarización regional. Mientras las ciudades costeras están boyantes, el país tierra adentro atraviesa por una espiral de deterioro. Nueva York, Boston, San Francisco o Los Ángeles, prosperan. Sin embargo, Pittsburg, Detroit, Cleveland, o ciudades más pequeñas como Albany (Georgia), Janesville (Wisconsin) o Dubuque (Iowa), han entrado en fase de deterioro creciente.

Tal como ha señalado el académico de Berkeley, Enrico Moretti, los cambios estructurales en la economía favorecen a los que disponen de mayor formación y nivel educativo, es decir, a aquellos situados en las industrias de conocimiento intensivo. Industrias éstas que se localizan en las grandes ciudades costeras y que se convierten en imanes de atracción para los más calificados. Ello genera un circulo virtuoso que refuerza el carácter privilegiado de estos centros urbanos (The New Geography of Jobs, New York, 2012). Desde luego en tanto urbes en fase expansiva, estos núcleos costeros demandan también mayores servicios en la escala baja de la polarización social: albañiles, plomeros, electricistas, etc.

Entre tanto, el empleo languidece en el país tierra adentro. Particularmente en la llamada franja del herrumbre del Medio Oeste, donde se situó el emporio manufacturero estadounidense. La brecha social entre las ciudades costeras y las áreas más deprimidas de esta franja del herrumbre crece a pasos agigantados. De acuerdo a un estudio de Harvard, la expectativa de vida en ciudades como Nueva York, San Francisco o Boston es de 15 años más que en estas zonas deprimidas. El tabaquismo, el alcoholismo, los opioides o el suicidio, que han asumido carácter epidémico en estratos sociales agobiados por el desempleo, la desesperanza y la falta de oportunidades, son responsables de esta brecha.

Revivir al país tierra adentro se ha convertido, por tanto, en prioridad de la agenda política estadounidense. Trump se ha propuesto hacerlo de la manera más absurda posible: dando marcha atrás al reloj. Al declarar a la globalización como culpable de los males sociales de su país, y pretender revertirla con aranceles y guerras comerciales, no sólo equivoca el diagnóstico sino que empeora la enfermedad. Por un lado, los problemas causados por la globalización no sólo representan el pasado, sino que son ya irreversibles. El problema hoy no son los empleos que se pierden ante las economías emergentes, sino los que se pierden ante las economías virtuales. Es decir, ante la tecnología digital y la automatización.

Por otro lado, gracias a la globalización, las economías emergentes prosperaron lo suficiente como para transformarse en consumidores importantes de lo que Estados Unidos exporta. Más aún, al propiciar guerras comerciales se afecta por vía de represalias a quienes disponen de mayor capacidad exportadora en ese país. Ello impacta de manera muy particular a su sector agrícola, que es por cierto el que mayor vitalidad evidencia en el golpeado Medio Oeste estadounidense.

Mucho más valida como propuesta, es la que va tomando cuerpo ante el inevitable regreso de empresas estadounidenses que encuentran ya más barato producir en casa. Gracias a la automatización y a la tecnología digital, el costo total de producción por hora en el mundo desarrollado se sitúa en alrededor de 5 euros, frente a los 9 representado por la mano de obra intensiva en China (Finbarr Livesey, From Global to Local, New York, 2018). Bajo esta óptica, las empresas que regresan deberían instalarse en las ciudades y localidades deprimidas de tierra adentro.

Bien podría argumentarse, desde luego, que este paso desde las economías emergentes a las economías virtuales, no brinda muchos beneficios en términos de reactivación de empleos. Las nuevas fábricas automatizadas poco harían, en efecto, para revivir el empleo fabril perdido en Albany, Janesville o Dubuque. Sin embargo, si estarían en capacidad de inyectar nueva energía a estas localidades de muchas maneras alternativas. Es la lógica de los círculos virtuosos que hoy evidencian las ciudades costeras. De hecho, gran parte del país tierra adentro en decadencia hospeda a algunas de las principales universidades estadounidenses, las cuales podrían buscar replicar el papel de Stanford como promotora de enjambres productivos asociados a la tecnología.

Como sea, siempre es preferible acompañar al reloj de la historia que pretender darle marcha atrás.

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais