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IGADI 18 de Xullo de 2016 Toro Hardy

Estados Unidos y Corea del Norte: la hora de la diplomacia imaginativa

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Max Fisher firmaba un análisis muy importante aparecido en el International New York Times el 14 de este mes. Según el mismo el programa nuclear iniciado por el padre del actual líder norcoreano nunca persiguió como prioridad objetivos propiamente militares. Se trataba, por el contrario, de un instrumento de negociación destinado a obtener concesiones políticas y económicas por parte de Estados Unidos y  de su contraparte del Sur. No obstante, de acuerdo a Fisher, el consenso que estaría emergiendo entre los especialistas en Corea del Norte es que ahora las cosas si van en serio. Pyongyang busca transformarse en una potencia nuclear con capacidad para amedrentar a Estados Unidos.

La consistencia de propósito de Pyongyang queda demostrada por su disposición a no sólo aceptar los altos costos que derivan de las sanciones internacionales, sino a asumir la embarazosa evidencia de sus reiterados fracasos en las pruebas realizadas. Para un régimen tan sensible a la proyección de una imagen de fortaleza esto último dice mucho. Más aún, el estar dispuesto a alienar a China, el único aliado y benefactor que le resta, muestra de que dentro de su correlación costo-beneficio, la amistad con Pekín no es la consideración prioritaria.

La premisa anterior llevaría implícita una segunda. Y también en torno a ésta pareciera estarse llegando a un consenso entre los expertos: el liderazgo norcoreano cree enfrentar una amenaza existencial que requiere de medidas extremas que garanticen su supervivencia. En otras palabras, estaría convencido de la inevitabilidad de una guerra con Estados Unidos.

Durante un tiempo la Administración Obama pareció no darle demasiada importancia a la belicosidad norcoreana. Por un lado la subordinó al programa nuclear iraní y a las negociaciones que rodearon a aquel. Por otro lado mantuvo frente a Pyongyang una política de “paciencia estratégica”. Esta última ha sido definida por Jonathan Eyal en los siguientes términos: “Dicho concepto se basaba en la creencia de que Estados Unidos podía darse el lujo de esperar a que Corea del Norte se desnuclearizara, lo cual vendría dado porque el país no aguantaría un creciente aislamiento internacional o porque el régimen haría implosión” (“Paranoia in Pyongyang drives nuclear quest”, Straits Times, February 15, 2016).  

Es evidente, no obstante, que dicha postura cambió. De un lado Washington fue el principal propulsor de las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a Corea del Norte el pasado 2 de marzo. Las más fuertes en dos décadas. Del otro, Estados Unidos acordó con Corea del Sur el despliegue, en territorio de este último, de un sistema defensivo destinado a servir de paraguas protector frente a los misiles lanzados por el vecino del Norte. Este último conocido como Thaad, por sus siglas en inglés, no sólo protegería a los surcoreanos sino también a Japón, a las instalaciones militares estadounidenses en el Pacífico y al propio territorio continental de Estados Unidos.  

El despliegue del Thaad no resultaría desde luego una panacea. Por una parte no protegería contra los misiles atómicos lanzados desde submarinos, opción para la cual Corea del Norte se prepara por vía de reiteradas pruebas. Por otra, ello de nada serviría frente a la eventualidad de que dicho país vendiese su tecnología nuclear y misilística a terceros países (cosa que ya ocurrió en el pasado en relación a Pakistán). Más aún, la instalación de dicho sistema defensivo tendría efectos colaterales de alta sensibilidad. China y Rusia han venido advirtiendo acerca del serio desajuste que ello traería sobre los equilibrios nucleares estratégicos existentes. Esto en la medida en que la presencia del Thaad en territorio surcoreano afectaría la capacidad ofensiva de sus propios sistemas de misiles estratégicos. Tal situación no sólo desataría una nueva carrera armamentista nuclear, sino que añadiría mayores decibeles de tensión a la candente rivalidad que enfrenta a Washington y a Pekín en relación al Mar de Sur de China. Más aún acercaría a Pyongyang, Moscú y Pekín, brindándoles un claro denominador común.

Habida cuenta de lo anterior cabría preguntarse si una diplomacia más imaginativa no estaría en capacidad de lograr mejores resultados. Máxime cuando la paranoia norcoreana, base de todo este embrollo, ha sido estimulada por décadas por Washington. En efecto, después de más de sesenta años del fin de su guerra con ese país, Estados Unidos se niega todavía a firmar un tratado de paz que formalice el fin de las hostilidades o a negociar directamente con éste. Más aún, no hay que olvidar que el estallido de la primera bomba atómica norcoreana fue resultado de que la Administración Bush colocó a ese país dentro del llamado “Eje del Mal”, definiendo una estrategia implícita de cambio de régimen para el mismo. Pyongyang ha seguido al pie de la letra lo dicho por la ex Secretaria de Estado Madeleine Albraight: “El mensaje proveniente de Irak es que si usted dispone de armas nucleares no es invadido”.

 

Tempo exterior: Revista de análise e estudos internacionais