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Rebelión 26 de Novembro de 2012 Ríos

El XVIII Congreso del PCCh: desde dentro

El epicentro del XVIII Congreso del Partido Comunista de China (PCCh) celebrado en Beijing entre los días 8 y 14 de noviembre, ha girado sobre dos cuestiones esenciales. En primer lugar, la gestión de la sucesión en el liderazgo. En segundo lugar, la reivindicación de una reforma y apertura que precisa definir los trazos y contornos de su diseño final.

En realidad, en este 2012 se ha cerrado un ciclo iniciado en 1921, cuando se fundó el PCCh. Por primera vez, la elección de los máximos dirigentes del partido debía abordarse sin la presencia ni la autoridad de ninguno de los grandes líderes históricos. Debía hacerse, además, en un contexto de progresiva dispersión del poder en buena medida como consecuencia de los cambios experimentados por China en los últimos más de treinta años. El temor a la división se complementó con la oportunidad de precisar y matizar las reglas de aquella institucionalidad que pudiera servir de guía para ocasiones futuras.

¿Cómo elegir el equipo dirigente? El ritual formal es conocido y apela a la observación de los pertinentes estatutos. El Congreso elige al Comité Central y la Comisión Central de Disciplina. El Comité Central elige al Buró Político y al Comité Permanente. Pero, ¿cómo gestionar las propuestas de candidatos? Los antecedentes de este Congreso han sido especialmente convulsos, tanto en razón de las escaramuzas previas como de las expectativas y rumores, fundados o no, que nutrieron todo el proceso anterior. El regreso a la estación de Beidahe, tras su clausura como balneario partidario en los primeros años del mandato de Hu Jintao, evidenció la complejidad del proceso. ¿Qué papel debían jugar el secretario general precedente, el vigente y el próximo en la conformación de la nueva dirección? ¿Qué papel deberían jugar los supervivientes de anteriores Comités Permanentes del Buró Político? ¿Cuál debe ser el selecto “colegio electoral” proponente y cuál el calendario de la transición?

A la vista de los resultados, cabe significar un nuevo empuje a esa singular institucionalidad a la que Hu Jintao ha dedicado importantes esfuerzos en sus años de mandato. En efecto, las claves citadas en forma de interrogante han desempeñado un papel sustancial. Por otra parte, si el consenso ha servido para exaltar las convergencias frente a las divergencias, también procede destacar la perenne impronta en la cultura política china del viejo aserto: “el emperador reina hasta que muere”. El papel de Jiang Zemin no ha sido menor. Si la biología sigue su curso natural, es probable que Hu Jintao desempeñe un papel más destacado en la designación del sucesor de Xi Jinping (quien pudiera haber sido inicialmente señalado ya). La otra posibilidad radica en que Hu Jintao simbolice la ruptura con aquella cultura, retirándose incluso del segundo plano de forma efectiva para dejar expedito el camino a su sucesor, tal como pudiera ilustrar la automaticidad en la asunción de funciones al frente de la Comisión Militar Central. También en el hecho de obviar el reconocimiento como “núcleo” de su generación, cerrando otro ciclo político-semántico que tendría su culmen en Jiang Zemin. ¿Cuánto hay de debilidad de Hu y cuánto de apuesta por una institucionalidad que debilite el papel de las personas a favor de reglas y procedimientos? ¿Balance ajustado y fino o lectura en clave de derrota personal? Más de lo primero que de lo segundo.

La transformación institucionalizada del liderazgo vendría a ser una muestra palpable de los resultados de la reforma política. La abolición del sistema de ocupación permanente de los cuadros a todos los niveles, un trauma que habitualmente ha complicado y desnaturalizado las previsiones estatutarias comunes en los partidos comunistas, podía permitir suplantar la subjetividad por la organicidad. Ya en los 70 se tomó la decisión de la jubilación obligatoria de los funcionarios más importantes, aunque su papel entre bambalinas reflejaba el mantenimiento de una influencia considerable.

La reivindicación de la reforma y apertura, la gaige-kaifang iniciada en 1978, había resultado necesaria ante los brotes de neomaoísmo y la tentativa de volver a los movimientos de masas del pasado con el propósito de terciar en el debate político y sucesorio. Ese fantasma evoca circunstancias en extremo peligrosas en la política china. Cabe prestar atención a tres aspectos. Primero, el énfasis en la trascendencia de la reforma en el proceso de modernización de China, muy superior al desempeñado por el maoísmo. Segundo, la definición de la guía teórica e ideológica básica, que une a los baluartes clásicos del marxismo-leninismo y el pensamiento Mao Zedong, el socialismo con peculiaridades chinas de Deng Xiaoping, la triple representatividad de Jiang Zemin y, novedad, la concepción científica del desarrollo de Hu Jintao. Tercero, la reafirmación de las líneas maestras del proceso que se intensificarán en los próximos años, tanto en lo económico y político como en otros ámbitos, sin hacer concesiones a tanteos exploratorios del pasado ni a exigencias externas.

La teoría del desarrollo científico fue presentada por Hu Jintao en este congreso como el mayor logro del PCCh en la última década. Propuesta en una reunión del Comité Central en 2003, al inicio de su mandato (2002), e incorporado a los estatutos del PCCh en el XVII congreso (2007), recibe ahora un reconocimiento pleno que le asegura una posición de privilegio al lado de las máximas figuras del PCCh.

El desarrollo científico sintetiza una propuesta teórica que apuesta por equilibrar el crecimiento con la sensibilidad ambiental y la superación de las desigualdades (la sociedad armoniosa). El abandono de la retórica confuciana queda subsumido así en una formulación más acorde con el vocabulario político usual en el PCCh.

En su conjunto, cabe imaginar que este congreso ha servido, sobre todo, para establecer mecanismos formales que aseguren el reemplazo regular y organizado de la cúpula del poder así como el largo proceso de selección y preparación del candidato a la máxima jefatura. El consenso y el compromiso, valores primordiales, no ajenos a las particularidades de la civilización china, se reafirman ahora como una voluntad inseparable de su exceso demográfico. Un simple 1% de oposición al PCCh sería mayor en términos numéricos que la población de Portugal. No hay porcentajes ínfimos en esta China de más de 1.300 millones de habitantes.

Xi Jinping, el nuevo secretario general del PCCh, llamó a entender el “fondo histórico” del actual momento político para calibrar los desafíos sin precedentes que aguardan, enfatizando una vez más que la clave estriba en el papel del PCCh y su apego y fidelidad a un proyecto original que aspira a cerrar otro ciclo, el de la decadencia agravada en el siglo XIX.

La curiosidad despertada se reflejó en el número de medios acreditados: un 40 por ciento más que en el congreso de 2007, elevándose a 2.732.

Presunciones oficiales

Fuentes oficiales han destacado que en este congreso, por primera vez, se ha evaluado a los candidatos preliminares con un margen medio del 13,4 por ciento en 40 unidades electorales de 31 provincias, regiones autónomas y municipalidades del país. El número de candidatos sobrepasó en más de un 15% a los delegados, frente al no menos del 15% y más de un 10% observados en el XVII y XVI congreso del PCCh, respectivamente.

Entre los 2.270 delegados elegidos, cabe significar algunos cambios: el número de funcionarios supone el 69,5%, inferior en 2,1 puntos al anterior; el de representantes del nivel básico equivale al 30,5% y un aumento del 2,1% respecto al anterior; el número de trabajadores asciende a 169 frente a 51 del congreso anterior; la edad media es de 52 años y los menores de 35 años representan el 5%, con un crecimiento de 1,9%; la mayor parte de los delegados se unieron al PCCh tras 1978 y quienes se afiliaron al PCCh después de noviembre de 1976 suponen el 72,2%, con un aumento de 20,5 puntos porcentuales. En total, con invitados, 2.325 participantes.

La elección del Comité Central (CC) y de la Comisión Disciplinaria (CCCD) se desarrolla en el marco de elecciones competitivas, procedimiento introducido en 1987 (XIII Congreso). Un 8% de los nominados a titulares y suplentes fueron eliminados.

Casi el 50% de los miembros del CC,  205 titulares y 171 suplentes, son nuevos.

La corrupción y otras lacras

La lucha contra la corrupción, el proyectil almibarado del que Mao hablaba, ha estado muy presente en el cónclave. En el congreso se informó de la elaboración de un plan contra la corrupción para el periodo 2013-2017. Hu Jintao reclamó una estricta autodisciplina y el reforzamiento de la educación y la supervisión de familiares y personal a cargo. Los cuadros dirigentes deben eludir los privilegios y ser ejemplo de moralización administrativa, enfatizó. Sin una declaración pública de la riqueza individual de los funcionarios no habrá condiciones para una gobernanza transparente. Si nos atenemos a la sinceridad de las palabras, cabe esperar iniciativas de cierto alcance en los próximos meses que refuercen los controles y la prevención en esta materia.

El PCCh afronta una creciente conciencia pública para participar y expresarse. Muchos ciudadanos, apelando al discurso oficial, encuentran en la lucha contra la corrupción un mecanismo de incidencia política que compromete de forma activa el liderazgo del PCCh. Como se dijo en el congreso, cada ciudadano conectado a Internet (más de 538 millones) dispone de un megáfono.

Reforma política

También el signo de la reforma política revalidó su carácter e impronta en este congreso. El PCCh vino a decir que siempre colocó la reforma de la estructura  política en una posición prioritaria dentro de la reforma general del país, axioma difícil de admitir. Por otra parte, se enfatizó que esta debe abordarse a partir de la realidad propia, prometiendo más democracia, mejor aplicación de la ley, y más sustanciales, efectivos y amplios derechos democráticos de la sociedad. La democracia dentro del partido ha sido, no obstante, el matiz más sobresaliente, confirmándola como primera urgencia y antídoto frente al temor de una esclerosis o deturpación de sus estructuras.

La reforma del régimen político fue definida por Hu Jintao como “un imperativo” que debe impulsarse sin cesar. La democracia popular debe ser más amplia, más plena y más compleja, aseveró. También que “nunca trasplantará mecánicamente un sistema político de Occidente”. Para ello, invocó la unidad de la dirección del PCCh a la hora de explorar el “enriquecimiento de las formas de democracia” y el papel de la ley en la gestión social. Ambos elementos facilitarán el aumento de su capacidad de gobernación y la resistencia a la corrupción, ejes que pueden permitirle consolidar su posición como partido gobernante. El partido debe actuar en el marco de la Constitución y las leyes, no al margen de ellas.

Los mayores peligros que enfrentaría el PCCh consisten en falta de ímpetu, incompetencia, desconexión con la sociedad, corrupción y “otras conductas reprobables”. Todo ello debe ser mantenido a raya para asegurar la vitalidad de un proyecto definido como “marxista, innovador y orientado al servicio”, en palabras de Hu.

El núcleo de la reforma política que administra el PCCh consiste en ayudarle a mantener su estatus dirigente y mejorar el imperio de la ley y la democracia popular. El multipartidismo no es el objetivo. El aumento de las sesiones públicas de evaluación de la labor de los dirigentes, en curso desde hace años en el medio rural, se complementa con una toma de decisiones que se pretende más abierta promoviendo las consultas. Esta democracia deliberativa o consultiva sería una innovación china y debe servir para reforzar la confianza en la idoneidad del sistema vigente, ampliando el alcance de la participación política. En su informe, Hu Jintao utilizó por primera vez en un documento de esta importancia el concepto de democracia consultiva, en experimentación en algunos lugares desde finales del siglo pasado (el modelo Wenling, ciudad de Zhejiang), ideado como antídoto para tomar el pulso y reducir las tensiones sociales. No obstante, las metas, objetivos estratégicos y directrices no han sido del todo claras.

El procedimiento de consultas ha vivido en el congreso su propia experiencia, abriendo tres portales para que pudieran formularse propuestas, con un total de 190.000 recibidas y reflejo de las mayores preocupaciones sociales: corrupción, disparidad de la riqueza, alzas de precios, distribución de ingresos, calidad de vida, dominio industrial de las empresas estatales, educación, seguridad social, servicios públicos…

Cabe deducir que la reforma se conducirá de manera tan activa como prudente, asegurando la preservación de la estabilidad. El wei wen se complementa con el buz he teng, una expresión traducida como “no hacer algo una y otra vez”, usada por Hu en el 30 aniversario de la gaige-kaifang y que reiteró en este congreso.

Por otra parte, el top-level design, concepto que apareció por primera vez en octubre de 2010 en la propuesta del CC para el XII Plan quinquenal, debe aumentar su precisión en los años venideros.

Los éxitos

En los diez años de Hu Jintao, la economía china creció a un 10,7% de media anual (el resto del mundo, al 3,9%). China superó la crisis de 2008 y sacó de apuros a medio mundo afirmándose como la mayor potencia comercial. La economía del gigante asiático pasó del sexto puesto al segundo en el ranking mundial. El PIB per cápita, que equivalía a 1.135 dólares anuales hace 10 años, ascendió a 5.432 dólares. Los 1.300 millones de chinos se incluyeron en el sistema de seguridad social. La actual China muestra igualmente una importante consolidación de la sociedad urbana, nacionalista y a la vez descontenta por la persistencia y aumento de las diferencias y los abusos de poder.

La China que recibió Hu Jintao en 2002 era un país socialmente desequilibrado por el signo de las reformas de su antecesor. La agenda se ha compensado, aunque muchos problemas estructurales subsisten de forma evidente y clara.

Pasar de una economía impulsada por la inversión a otra impulsada por el consumo con  el auxilio de una urbanización al alza, constituye uno de los ejes vertebradores del futuro inmediato de China. Se espera que cerca de 100 millones de trabajadores rurales se conviertan en residentes urbanos en los próximos diez años, originando un aumento considerable del consumo. En 2002, la tasa de urbanización era del 39,1%, en comparación con el 51 por ciento de 2011. La reforma del hukou podría dar un impulso a este proceso. La tasa de crecimiento de la próxima década oscilará entre el 7-8%, cifra mínima para lograr duplicar el PIB de 2010 en 2020.

La urgencia de dicho giro se ha visto reforzada por los datos ofrecidos por el ministro chino de comercio, Chen Deming, quien declaró que la situación comercial es “sombría”, tanto por la débil demanda global, como por el aumento de los costes internos y el proteccionismo comercial. En los 10 primeros meses de 2012, el crecimiento del comercio exterior fue del 6,3%, inferior al objetivo del 10%.
La tasa de inversión en China es del 50%, muy elevada en comparación con otros países. No obstante, por primera vez en 10 años, la contribución del consumo al crecimiento de PIB superó a la inversión. En este sentido, 2012 marcó un punto de inflexión en la búsqueda de un mejor equilibrio en su desarrollo, tendencia que deberá afianzarse en los próximos años.

En el orden financiero, la Comisión Reguladora de Valores de China negó que vaya a permitir a las compañías extranjeras cotizar en el mercado bursátil chino en el futuro cercano, desmintiendo la existencia de planes en tal sentido.

En el orden social, se reiteró el objetivo de alcanzar una sociedad acomodada en 2020, aumentando significativamente los ingresos de los residentes urbanos y rurales (duplicación en 2020 del nivel de 2010). En 2011, China se ubicó en la posición 77 de 213 economías con un ingreso nacional per cápita de 4.940 dólares, de acuerdo con el Banco Mundial. El promedio mundial ascendía el año pasado a 9.491 dólares.

Por otra parte, aunque el mercado laboral se enfrenta a la presión derivada de la desaceleración, la tasa de desempleo urbano se situó, según fuentes oficiales, en el 4,1 a finales de septiembre, inferior a la meta oficial del 4,6% para 2012.

Cabe significar, por último, que el compromiso ambiental se ha incluido en los estatutos del PCCh, reflejando una preocupación creciente por revertir los daños ecológicos.

Nacionalidades minoritarias

La preocupación por las tensiones existentes en Tíbet y Xinjiang ha planeado sobre el congreso. Seis tibetanos se inmolaron en las horas previas a su inicio. La vigilancia policial fue ampliamente reforzada en el entorno de los monasterios, mientras las manifestaciones irrumpían en la provincia de Qinghai. Desde marzo de 2011, suman ya 70 inmolaciones, la mayoría fuera del Tíbet administrativo, en las zonas próximas e integrantes del Tíbet histórico.

En vísperas del congreso,  Navi Pillay, máxima responsable de derechos humanos de la ONU, urgió a China a afrontar la frustración tibetana, motivando una declaración desautorizándola y las habituaciones acusaciones al comportamiento del Dalai Lama, de gira por Mongolia y Japón, entre protestas de Beijing.
Nur Bekri, gobernador de Xinjiang, reconocía que la lucha será larga, complicada e intensa, para derrotar a las “tres fuerzas malignas” (separatismo, extremismo y terrorismo). Dicha declaración de fe se completaba con el anuncio de nuevas políticas financieras preferenciales para Xinjiang. Erre que erre, pues.

Defensa

Hu Jintao apeló en su informe a hacer de China una “potencia marítima”. El aumento de las tensiones en su periferia, tanto en el Mar de China oriental como meridional, vaticina un esfuerzo adicional en esta materia que no sugiere, por el contrario, cambios cualitativos que supongan una ruptura con la tradicional política de apaciguamiento. No obstante, muchos en China esperan de Xi Jinping una gesticulación más prominente frente a la “irreverencia” de los pequeños estados vecinos que osan contrariar las “irrefutables” credenciales del gigante.

Política exterior

El desarrollo de China depende de un ambiente internacional pacífico y la política exterior seguirá haciendo virtud de este axioma. No obstante, se advierte un tono de clara preocupación. EEUU no está cómodo con el crecimiento de China, se dice. Esto explica en buena medida la estrategia de regresar a Asia-Pacífico. Las políticas de contención y compromiso desarrolladas por Washington se basan en su percepción de que China constituye una amenaza.

Si EEUU no cambia sus modos de pensar tradicionalmente hegemónicos, habrá más y más conflictos en la medida en que China no tiene intención de descuidar el desarrollo y protección de sus intereses. Al contrario.

Conclusión

El nuevo CPBP quedó integrado por Xi Jinping, Li Keqiang, Zhang Dejiang, Yu Zhengsheng, Liu Yunshan, Wang Qishan y Zhang Gaoli. En el Buró Político les acompañan Ma Kai, Wang Huning, Liu Yandong (mujer), Liu Qibao, Xu Qiliang, Sun Chunlan (mujer), Sun Zhengcai, Li Jianguo, Li Yuanchao, Wang Yang, Zhang Chunxian, Fan Changlong, Meng Jianzhu, Zhao Leji, Hu Chunhua, Li Zhanshu, Guo Jinlong y Han Zheng.

En los días siguientes, Zhao Leji fue nombrado para sustituir a Li Yuanchao al frente de organización. Meng Jiazhu, a Zhou Yongkang en la comisión de asuntos políticos y jurídicos, y Liu Qibao, en propaganda sustituyendo a Liu Yunshan. En el plano territorial: Sun Zhengcai (Chongqing), Han Zheng (Shanghai) y Sun Chunlan (Tianjin), completan los primeros cambios.

En todos ellos sobresale, en primer lugar, la lealtad al PCCh, una virtud que podría traducirse en la indisposición para acometer en los próximos años iniciativas arriesgadas. En segundo lugar, cabe observar que si las reglas de jubilación, entre los 68 y 70 años, se mantienen, no es lo suficientemente joven como para servir durante dos mandatos. Aparte de Xi Jinping y Li Keqiang, que son, con mucho, el dúo más joven - su edad promedio es de 58 años, contra 65 para los otros cinco-, deberán salir de la escena en 2017. Entonces, la pareja Xi - Li Keqiang tendrá que continuar su viaje con un equipo totalmente nuevo.

Wang Qishan, nombrado jefe de la Comisión Disciplinaria y a cargo de la lucha contra la corrupción, y Zhang Gaoli, pertenecen al movimiento de los reformadores económicos. También leales a Jiang Zemin, abogan por la reforma financiera y simpatizan con el desarrollo de las fuerzas del mercado, guardando un sepulcral silencio sobre las reformas políticas. En el caso de Wang Qishan, probablemente, la asignación de la Comisión Disciplinaria (lo que le presupone una proximidad significativa a Xi Jinping) le hará perder influencia en la gestión y orientación de la economía. Zhang Gaoli, expresión para muchos de una carrera basada sobre todo en un desempeño meritorio, es criticado por algunos que le acusan de haber endeudado Tianjin al multiplicar proyectos de infraestructuras totalmente innecesarias. En cuanto a Zhang Dejiang quien reemplazó a Bo Xilai en Chongqing, y se formó en los años 80 en economía en Corea del Norte, en la Kim Il Sung University, es un gran defensor de las grandes empresas públicas, monopolios y de la planificación, receloso con el mercado y su absolutización. Durante su tiempo al frente de la provincia de Guangdong, se mostró claramente hostil a la apertura política, hasta el punto de que su mandato en la provincia sureña estuvo marcado por constantes enfrentamientos con los periodistas más independientes en el sur de China. Yu Zhengsheng comparte fidelidades con Deng Xiaoping y, en menor medida, con Jiang Zemin.

El signo más evidente de la contención de una hipotética reforma política ambiciosa es la ausencia de sus dos más fuertes partidarios, Wang Yang y Li Yuanchao. Ambos fueron excluidos del Comité Permanente. Si Wang Yang parecía haber perdido posibilidades a medida que el afán por una opción consensuada ganaba terreno, una alternativa construida sobre la base de la exclusión de los extremos (ni Chongqing ni Guangdong, aunque Wang Yang siga en el Buró Político), la no inclusión de Li Yuanchao, como el anterior afín a Hu Jintao, podría interpretarse como una derrota de éste. Cabe señalar que Li venía ocupando una posición privilegiada al frente del departamento de organización desde donde controlaba todos los datos y movimientos de personal dentro de la burocracia. Li Yuanchao era el custodio de las investigaciones secretas de los miembros del Partido y de las evaluaciones confidenciales sobre su lealtad al sistema. Por lo tanto, teóricamente capaz de hacer o deshacer carreras. Por todas estas razones, su promoción al Comité Permanente parecía asegurada, pero faltó la unanimidad.

Por último, entre los recién llegados, Liu Yunshan es un próximo a Hu Jintao. Se trata de un apparatchik, especialista en propaganda y el único miembro del nuevo Comité Permanente que no tiene experiencia en la dirección política de una provincia. Sus convicciones son inseparables de la labor que ha venido desarrollado en los últimos años al frente de los mecanismos de control de la información. Su filiación, por lo tanto, es netamente conservadora aunque en un contexto continuista.

De Li Keqiang, viceprimer ministro y miembro del Comité Permanente desde 2007, cabe señalar su formación en derecho y economía. La promoción política se la debe a la Liga de la Juventud, de la que fue secretario general en los años noventa. Li, afín a Hu Jintao y como él con poco carisma personal, es un reformador convencido, muy especialmente en el ámbito económico. No está claro cómo Li Keqiang podrá iniciar las reformas del plan sugerido en el ya citado informe del Banco Mundial sobre China, publicado en febrero de 2012, suscrito tanto por su presidente Robert Zoellick como por el director del Centro de Investigación del Consejo de Asuntos de Estado, Li Wei.

Por lo que se refiere a Xi Jinping, príncipe rojo (como Wang Qishan, Zhang Dejiang o Yu Zhengsheng), tiene formación en derecho e ingeniería química. Su padre, Xi Zhongxun, miembro del Buró Político y viceprimer ministro, fue valedor de las “zonas económicas especiales” que en los años ochenta se convirtieron en los oasis capitalistas en la China post-Mao. Fue represaliado en las primeras campañas de Mao contra los grupos “anti-Partido” y también durante la Revolución Cultural. En 1989 condenó la represión de Tiananmen, algo que su hijo se abstuvo de hacer. A Xi Jinping se le relaciona con el clan de Jiang Zemin y de Zeng Qinghong, pero matizando una equidistancia con la que pretende afirmar su autonomía.

Además de asumir la secretaría general del PCCh, Hu Jintao cedió ipso facto la presidencia de la Comisión Militar Central (CMC). Es este un órgano clave en la cima del poder y cuya renovación anticipó el signo que connotaría el propio Comité Permanente. En efecto, la marginación de figuras como Liu Yuan (hijo del ex presidente Liu Shaoqi y afín a los neomaoístas, aunque próximo a Xi Jinping) o de Zhang Qingsheng, número 2 del Estado Mayor, partidario de la separación de Ejército y Partido, invocaba esa eliminación de los extremos y la apuesta por el fortalecimiento de las posiciones intermedias con aliados de las diferentes facciones capaces de tender puentes y reducir disensiones.

Algunos interpretaron la cesión del mando de la CMC a Xi Jinping como una muestra de la debilidad política de Hu Jintao. No obstante, en dicha decisión pudo haber influido la propia experiencia personal de Hu y su empeño por afirmar una normalidad institucional que otros líderes han subordinado a su desmedido afán de presencia pública. Recuérdese que Hu debió vencer las resistencias de Jiang Zemin cuando en 2003 reclamó la presidencia de la CMC para combatir eficazmente la epidemia del SARS. La falta de medios adecuados en el sistema público de salud, obligaba a recurrir a los recursos del ejército, decisión que estaba fuera de sus capacidades como presidente del Estado y secretario general del PCCh. Jiang Zemin cedió la presidencia de la CMC a Hu Jintao en 2004. Por otra parte, el ascendente de Xi Jinping en el ejército, donde fungió como secretario personal del ministro de defensa Geng Biao (1979-1982), le facilita un anclaje sin estridencias.

En su conjunto, el perfil político que nos ofrece este nuevo Comité Permanente del Buró Político del PCCh, que dirigirá los destinos de China en los próximos cinco años, podría definirse como claramente nacionalista, equilibrado en lo económico pero dispuesto a avanzar por la senda del reformismo haciendo gala de un pragmatismo absoluto, mientras que en lo político se conducirá con extrema cautela.
En su primera comparecencia pública como líder al frente del PCCh, Xi Jinping hizo ostentación de un nuevo estilo de comunicación. Más expresivo y seguro de sí mismo, ofreció otro semblante a la audiencia, vaticinando con sus ademanes cambios que le confieren a priori una mayor cercanía a la ciudadanía. Pero la sociedad china aguarda de los nuevos dirigentes más que gestos y relativo buen talante.

En dicha presentación ante los medios, la palabra más repetida por el nuevo secretario general fue “renmin”, el pueblo. Esa invocación pudiera ser reflejo de una cierta conciencia acerca de las aspiraciones que hoy manifiestan buena parte de la sociedad china, tan irritada con el inagotable fenómeno de la corrupción y el abusivo y alarmante enriquecimiento de las capas más elevadas de la nueva aristocracia como ansiosa por acceder a los beneficios derivados de décadas de crecimiento que apenas han alcanzado al común de unos ciudadanos que aprecian como el mayor cambio en sus vidas el aumento de los precios de los bienes más elementales. Las mejoras introducidas durante el mandato de Hu Jintao han servido, sobre todo, para señalar y resaltar las carencias. Ahora se necesita un gran esfuerzo económico para llenar de contenido las promesas de construir una sociedad acomodada. Unos deben enriquecerse primero, decía Deng, para después hacerlo todos los demás, asegurando una prosperidad común. Pero las desigualdades son tan exponenciales que muchos añoran el igualitarismo.

En buena medida, la estabilidad interna en los años venideros pende de ese hilo. La multiplicación de los conflictos sociales advierte de los límites de la paciencia que en China es mucha pero cuando se acaba el estallido no acostumbra a dejar títere con cabeza.

La China que hereda Xi Jinping es una de las economías más ricas del mundo pero con unos niveles de injusticia también de los mayores del planeta. Su antecesor, Hu Jintao, le dio traslado desde el primer momento de todos los poderes efectivos del sistema político chino, a la espera de que en marzo asuma la presidencia del Estado. Todo indica que esa tríada de poder que se afirmó tras los sucesos de 1989, se mantendrá inalterable. Ello pudiera vaticinar una consolidación institucional que aguarda nuevos desarrollos, entre los cuales debiera figurar la transparencia como rubro a mejorar de forma ostensible, aunque descartando virajes rupturistas.

El legado que recibe Xi Jinping de Hu Jintao alude a una agenda más equilibrada pero con enormes desafíos. Asume el mando de una China más fuerte en muchos sentidos, pero igualmente con carencias estructurales notorias. La obsesión del crecimiento seguirá primando en un contexto exterior ciertamente adverso pero con la exigencia añadida de operar cambios estructurales internos que pueden generar tensiones entre los diferentes grupos de poder adheridos como sanguijuelas al sistema económico, de donde detraen esos lucros que exacerban las desigualdades hasta niveles difícilmente soportables.

El cambio en el modelo de desarrollo tiene aun poco recorrido real. Se ha formulado el objetivo, se han establecido las primeras bases de dicha transformación, pero una reforma tan ambiciosa exigirá un fuerte empeño. En China aseguran que Xi Jinping cuenta con esa fortaleza necesaria, pero el tiempo lo dirá, especialmente a la hora de imprimir una mayor eficiencia en aspectos como la innovación tecnológica o la protección ambiental, ambos clave para alcanzar esa calidad llamada a enriquecer los obsoletos dígitos de crecimiento a toda costa, sin pararse a considerar los efectos colaterales.

El consenso que ha determinado la composición del liderazgo es un arma de doble filo. Facilita la unidad y hasta puede que la integración, alejando escenarios, tan temidos, de división interna, pero también puede retardar la implementación de reformas necesarias y que se vienen dilatando desde hace tiempo. La capacidad de adaptación, tan visible en la mutación camaleónica que ha vivido el PCCh en los últimos más de treinta años, pudiera ahora quedar en entredicho si en efecto no alcanza a reconocer los cambios que se vienen produciendo en los segmentos más avanzados de la sociedad china. Poco a poco se va conformando una clase media que anhela mayores libertades, que reconoce cuanto de positivo hay en la reforma, pero muestran una creciente impaciencia por el avance de una apertura que se resiste. Ese bloqueo solo tendría la excusa de garantizar la pervivencia de un mandarinato burocrático cuyos privilegios podrían estar en riesgo si la transparencia o el control público le derriban los altos muros que ahora les protegen. La demora en la aceptación de ese cambio en la cultura política es un riesgo añadido para la estabilidad.

El proyecto vuelve a centrarse, pues, en sus tradicionales señas de identidad, pudiendo aguardarse más reformismo económico, con impulsos a la economía privada que no erosionarán tampoco el significado papel de la economía pública, pero no así alteraciones sustanciales del orden político, con una vigencia que se arrastra desde 1949 y cuya obsolescencia parece ausente en el vocabulario de los nuevos líderes. La reforma en este ámbito será tan cautelosa y timorata como hasta ahora. En marzo próximo, Zhang Dejiang se convertirá en digno sucesor de Wu Bangguo, y con seguridad heredará también su estela conservadora. Solo las exigencias cívicas podrían obligarle a acelerar el ritmo.

Esperemos también para los años venideros una China mucho más presente en el ámbito internacional, con una diplomacia mucho más compleja e incisiva, basada no solo en la primacía de lo económico. Por el contrario, ganará en diversidad, en proyección y en ambición, consciente de que precisa instrumentar un dispositivo idóneo para superar el cerco estratégico que pudiera estar conformándose en su entorno más inmediato. Confiemos en que dicha actitud no desmienta el tantas veces invocado pacifismo de su emergencia.

Los desafíos principales de la nueva cúpula china se integran en tres rubros: reformas políticas (corrupción, Internet o la superación de la brecha social), modelo económico (desarrollo del mercado interior, con garantías para la clase media ascendente y definición del papel del sector público), y el papel de China en el mundo, habida cuenta que según la OCDE, en 2016 podría confirmarse como la primera potencia económica del planeta.

NOTA:
El presente texto se basa en el seguimiento de las informaciones publicadas en los principales medios chinos durante la celebración del XVIII Congreso del PCCh.
 

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