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Magazine Español (Venezuela) 19 de Outubro de 2015 Mansilla Blanco

El póker de Putin

Bombarderos rusos contra posicións do Estado Islámico en Siria

La audaz e inesperada iniciativa del presidente ruso Vladimir Putin de intervenir militarmente en Siria para apoyar al régimen de Bashar al Asad, particularmente contra la amenaza de desintegración estatal y territorial siria, plasmada en la consolidación del Estado Islámico, así como por la persistencia de un atomizado conglomerado de actores y milicias que desangran aún más el complicado rompecabezas sectario y confesional sirio, sólo tiene una explicación de carácter geopolítico. Esta explicación está más bien dirigida a evidenciar un pulso hacia Occidente en la pretensión de confeccionar un sistema global de post-postguerra fría, que parece haberse inaugurado tras el conflicto de Ucrania entre 2013-2014 y la posterior anexión rusa de la península de Crimea. En pocas palabras, un golpe en la mesa hacia EEUU, Europa y la OTAN para reafirmar la potencialidad rusa, y la necesidad de contar con ella para cualquier iniciativa global.

Como ocurriera en Crimea, Putin se sacó un as de la manga al adelantarse a cualquier tipo de iniciativa internacional, enviando expertos militares a Damasco para auxiliar al atribulado régimen de al Asad cuando precisamente Occidente hacía gala de una trágica inacción, expectante ante el desangramiento sirio. A sabiendas de que Damasco también tiene el apoyo de Irán, con notable   presencia en Siria, principalmente dentro de la comunidad chiíta, y de China, contrapeso estratégico junto a Rusia ante cualquier condena global vía Consejo de Seguridad de la ONU, el régimen sirio ha ganado posiciones al Estado Islámico y algo más importante: aminorar vía Moscú la presión internacional, con EEUU y Europa a la cabeza.

Se pueden enumerar varias razones geopolíticas de la audaz movida de tablero de Putin que cambia las reglas del juego geopolítico no sólo en Siria sino en Oriente Medio. Pero más que una partida de ajedrez, el presidente ruso parece más bien jugar una de póker, donde los riesgos, la incertidumbre y la suerte suelen ser más determinantes que el fino cálculo estratégico.

Por ahora, Putin ha ganado una importante partida: moderadamente legitimar su iniciativa vía ONU, a través de su defensa de la integridad estatal siria tras la reciente Asamblea General de Naciones Unidas, y persuadir a Washington de contar con Moscú en algún tipo de resolución del dramático avispero sirio, que desangra al país desde 2011 y que ha provocado la peor crisis de refugiados hacia Europa tras la II Guerra Mundial.

Precisamente, la crisis de refugiados sirios podría haber igualmente persuadido a Putin a tomar acción directa en la guerra siria. En este sentido, las consecuencias de la masiva llegada de refugiados ha provocado algunos efectos colaterales en clave geopolítica, en particular el igualmente inesperado (y obligado) reacercamiento de la Unión Europea y la OTAN hacia Turquía, país que soporta la mayor cantidad de refugiados sirios (más de dos millones desde 2011), inmersa actualmente en una preocupante espiral de posible inestabilidad política, ahora ampliada por el peor atentado terrorista sufrido por este país, el ocurrido en Ankara la semana pasada, con casi 100 civiles muertos.

Así, la reciente visita de la canciller alemana Ángela Merkel a Ankara supone un espaldarazo en clave política para el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, que se juega su hegemonía en las elecciones generales turcas del próximo 1º de noviembre, y cuya posición exterior en los últimos años venía abriendo canales de cooperación con Rusia, China e Irán. Para la OTAN, Turquía es un socio estratégico clave en una zona elevadamente inestable, y la pretensión europea de que Ankara se convierta en una especie de “policía” para repeler la oleada de refugiados, está provocando un reacercamiento turco-europeo de las paralizadas y maltrechas negociaciones de admisión turca en la Unión Europea.

Estas variables influyen en el incansable movimiento de piezas geopolítica a raíz de la crisis siria. Con ello, lo único relativamente cierto es que Putin ha clavado una lanza importante para los intereses rusos no sólo en Siria sino en una franja que va desde el Mar Negro y Mediterráneo hasta Oriente Medio. Una lanza estratégica como anteriormente lo hiciera en Crimea y el Este ucraniano en perspectiva del hinterland ruso en la periferia ex soviética. Precisamente un teatro bélico, el del Este de Ucrania, ya prácticamente enfriado y que ha llevado a una continuidad diplomática, tal y como se vio a comienzos de octubre durante la reunión del grupo de contacto sobre la crisis ucraniana en Viena. Puede que a Siria le espere un escenario diplomático similar, a tenor de los recientes acuerdos entre Moscú y Washington para abrir un espacio aéreo de ataque contra posiciones del Estado Islámico.

Pero tampoco es innegable que, desde la perspectiva geopolítica, Putin ha transitado por un riesgoso sendero en Siria. La posibilidad de reactivación del terrorismo yihadista vía Estado Islámico, así como de eventuales células en el Cáucaso y Sur de Rusia, podría colocar a Rusia como un nuevo epicentro del terrorismo yihadista. También está por ver si la diletante reproducción del clima de guerra fría que actualmente se vive entre Rusia y Occidente pueda eventualmente tener una reproducción en el escenario sirio. Preguntas e incertidumbres que se acrecientan tras la indudable audacia del póker jugado por Putin anteriormente en Crimea y ahora en Siria.

 

 

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