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Atalayar 14 de Novembro de 2013 Alvarado Roales

El fin de la fábula islamista

Al derrocamiento de Mohamed Morsi sucedió un enconado debate sobre la deriva política en Egipto. La deposición del presidente de los Hermanos Musulmanes es vista por unos como un ataque a la democracia, un hurto a la voluntad popular expresada en las urnas. Para otros se trata de un mal necesario a la luz de la deriva sectaria y excluyente adoptada por el islamismo, contraria a los principios de la "revolución". Más allá de la polémica se ha abierto un periodo de incertidumbre e inestabilidad. Una etapa de fractura social y violencia. Las evoluciones son seguidas de cerca por Occidente y de forma particular por el mundo árabe, que tiene en Egipto una suerte de faro, de guía. De ahí que muchos se pregunten si el final de Morsi ha supuesto un golpe fatal para el islam político y su proyecto de sociedad conforme a la religión. De ahí que lo acaecido sea fuente de renovadas esperanzas sobre el devenir de las "primaveras árabes".

La hermandad fundada por Hasan Al Banna en 1928, cuatro años después de la supresión del califato por Mustafa Kemal en Turquía, constituye el movimiento más antiguo y representativo del islamismo sunita. Los Hermanos Musulmanes son los responsables de portar el proyecto islámico al ámbito de lo político y su ulterior expansión allende las fronteras egipcias. A imagen de los cinco pilares del islam, cinco son sus mandamientos, tal y como reza su credo: "Alá es nuestro objetivo, el Profeta nuestro modelo, el Corán nuestra ley, la yihad nuestra vida y el martirio nuestra aspiración". A esta corriente se adscriben los partidos de gobierno en Túnez (Ennahda) y Marruecos (Partido para la Justicia y el Desarrollo), pero también el Hamas palestino o el argelino Movimiento de la Sociedad para la Paz (ex Hamas), por no citar más que algunos ejemplos. 

 

Al compás de las "primaveras árabes" estas formaciones han visto aumentar sus apoyos y, Catar mediante, han acrecentado sus recursos y capacidad de maniobra, llegando a imponerse como ineludibles fuerzas en sus respectivos países. Por historia y vívida realidad la hermandad egipcia encarna el proyecto islamista, mucho más que ninguna otra organización. Y es por ello precisamente que el islam político ha perdido una batalla crucial en las calles de El Cairo. Los cargos de la acusación popular son múltiples: ausencia de proyecto político, incompetencia económica y social, nepotismo partisano, autoritarismo sectario, retórica de violencia, exclusión... La desaprobación de amplias capas de la población abrió la puerta al golpe de gracia perpetrado por las huestes del general Abdel Fattah Al Sissi al barbudo presidente.

No se reprocha a Morsi su intento de aplicar la sharía sino su comunitarismo partisano y los tintes dictatoriales de su gestión. Es así como los salafistas del partido Al Nour integraron las protestas contra el ya ex presidente. La aspiración de los Hermanos Musulmanes a un gobierno honesto, no corrupto, equitativo y respetuoso de las tradiciones islámicas ha muerto con Morsi. Se ha desvanecido el imaginario del ejercicio del buen poder inspirado en la vida de Mahoma. "El islam es la solución", eslogan de la hermandad, ha perdido credibilidad. Detentar la confianza del cuerpo electoral no legitima la multiplicación de ataques contra la diversidad y el derecho de cada uno a seguir su conciencia. La confusión entre religión y ejercicio de poder es incompatible con la libertad política. El programa contestatario y de oposición de los Hermanos Musulmanes no ha superado el test gubernamental.

Las secuelas de este fracaso son de esperar. En Túnez, donde la vía seguida por el islamismo no es muy diferente de la de los Hermanos Musulmanes egipcios, es patente la usura del poder en Ennahda. No sirven ya las narrativas de oposición. No vale justificar los fracasos propios en un imaginario complot occidental. No sirve invocar un pretendido modelo de desarrollo musulmán, diferente del de las naciones avanzadas. No cabe fundar el futuro sobre un pasado ejemplar idealizado. Como tampoco presentarse como la reserva de la moral  o buenos valores sobre la tierra. Las "primaveras árabes" no acabaron con el autoritarismo y el subdesarrollo. De la lucha contra un poder absoluto se pasó a la legitimación religiosa del absolutismo. La fábula islamista se hunde. Quizás de comienzo ahora la auténtica revolución.

 

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