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17 de Xuño de 2019 Toro Hardy

Brexit y el nunca resuelto problema de identidad británico

Hace tres años por estas fechas, el ex Primer Ministro David Camerón convocó a un referendum para decidir la permanencia o no de su país en la Unión Europea. Se trataba de un referendum que nadie había pedido y que, de perderse, podía generar altísimos costos a su país. En tanto tal fue una medida supremamente irresponsable, cuyo único objetivo era el de evitar una erosión del sector más dederecha de su partido, en beneficio del partido UKIP. Lejos de resultar un riesgo calculado en el que la razón prevalecería, tal como suponía Cameron, dicho referendum toco las fibras profundas del DNA británico. Al final, triunfo el Brexit, los costos económicos previsibles se plantean inmensos y el propio riesgo de fractura del Reino Unido resulta alto. Su heredera en el poder, Teresa May, intentó conciliar la salida de la Unión con una aminoración de los costos económicos. Es decir, el llamado "soft Brexit". Sometida a fuego cruzado entre los extremos, ésta se rindió finalmente y presentó su renuncia. Su sucesor, actualmente en proceso de ser elegido, será a no dudarlo alguno de los propupulsores del Brexit sin compromiso. Más allá de las tribulaciones económicas y políticas a las que pueda verse sometido el Reino Unido como resultado de esta decisión, la misma viene a constituirse en un capítulo más de la inmensa ambivalencia que los ingleses han tenido siempre frente a sus vecinos del continente. Ello requiere un poco de contexto histórico.

En 1558 los franceses reconquistaron la última posesión inglesa en territorio francés: Calais. Era la presa remanente de una largo período de ocupaciones inglesas en ese país y su caída cerraba un capitulo. A partir de ese momento, y salvo por una participación limitada en tres conflictos europeos en el siglo XVIII, los británicos volcaron su atención hacia los amplios espacios marítimos. Con el tiempo esto les permitiría transformarse en la mayor potencia imperial que ha conocido la humanidad. El darle la espalda a Europa tuvo sin embargo sus costos. La política hegemónica de Napoleón, a comienzos del siglo XIX, hizo que Gran Bretaña despertara violentamente de su sopor insular para verse sometida a un bloqueo continental que abarcaba desde Rusia hasta España.

Ello les hizo comprender que un continente controlado por una potencia hostil les representaba una amenaza mortal. Tras la derrota napoleónica el aislamiento precedente fue sustituido por el llamado “compromiso continental”. El mismo se asentaba en la idea de que no era posible desentenderse de los asuntos europeos. Su participación en dichos asuntos quedaba circunscrita, no obstante, a casos extremos en los que el equilibrio europeo se viese amenazado. En virtud de tal política se negaron a participar en el denominado “Sistema de Congresos”, que perseguía una vuelta al viejo status quo.

Poco a poco, sin embargo, los límites que se habían fijado se relajaron y Gran Bretaña comenzó así a involucrarse en los dimes y diretes que sacudían al continente. El resultado de este deslizarse en los asuntos europeos fue la pérdida de un millón de hombres en los campos de batalla franceses y turcos durante la Primera Guerra Mundial. Finalizado este terrible conflicto el Reino Unido constató incrédulamente los extremos a los que había conducido su involucramiento continental. Era una repetición de la incredulidad con la que un siglo antes habían contemplado las consecuencias de su aislacionismo. Y si el resultado de aquel los había hecho volver a Europa, el resultado de su involucramiento continental los conducía ahora de regreso hacia un nuevo aislacionismo.

El país volvía así a sumirse en el sopor insular, volcándose de nuevo hacia los horizontes imperiales. Ello venía acompañado por un énfasis en sus propios problemas económicos. Al hacerlo, desoyeron los llamados de Churchill, quien alertaba frente a los riesgos de una Alemania que se hacía cada vez más poderosa y agresiva. El año 1939 vino nuevamente a despertar con violencia a un país que creyó poder mantenerse al margen de los problemas continentales. Esto los condujo a un conflicto que hubiese podido evitarse de no ser por su inacción frente a las manifestaciones iniciales del expansionismo nazi. Repitiendo la experiencia de la era napoleónica Gran Bretaña debió enfrentarse de nuevo a todo un continente hostil, soportando durante dos años el peso de una guerra solitaria.

El fin de la Segunda Guerra Mundial implicó la renovación de su política continental. La misma, sin embargo, encontró un contrapeso en su nueva relación privilegiada con Washington, la cual se convertía en una versión reconfigurada de su vieja vocación marítima. Esta ambivalencia de prioridades entre Europa continental y Estados Unidos hizo que De Gaulle viese con profunda desconfianza a los británicos y se opusiese a su entrada a la Comunidad Europea.

Aunque Reino Unido no fue uno de los seis fundadores de la Comunidad Europea en 1957, logró incorporarse a la misma en 1973. Fue así uno de los signatarios de Tratado de Maastricht que dió nacimiento a la Unión Europea en 1993. Nunca, sin embargo, se incorporó a la zona del Euro o al Acuerdo Schengen, buscando salvaguardar su especificidad en materias monetaria y de acceso a su territorio. Pero a pesar de esta distancia frente a sus socios más comprometidos con la Unión Europea, todo parecía indicar que su futuro se hallaba unido a ésta.

Nuevamente, sin embargo, la ambivalencia británica frente al continente llega a otro de sus puntos álgidos. La búsqueda de opciones a la Unión Europea por vía de la familia anglosajona representada por Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelandia, representa una vuelta a lo que otrora fueran los espacios marítimos e imperiales. En definitiva, se trata de un nunca resuelto problema de identidad.

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