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25 de Xuño de 2018 Toro Hardy

América Latina: Navegando la Cuarta Revolución Industrial

Novo salto adiante?

Cuarta Revolución Industrial es el nombre que se la ha dado al salto tecnológico que habrá de impactar al empleo en los sectores más diversos. América Latina debería enfatizar los aspectos poco ortodoxos de su idiosincrasia, al lidiar con esta realidad que todo lo envolverá. La región dispone de recursos muy particulares en materia de improvisación, adaptabilidad ante situaciones cambiantes y pensamiento lateral. Son recursos que pueden resultar invalorables para hacer frente a dicha revolución. América Latina se encuentra en la periferia del mundo occidental.

Sus valores propiamente occidentales, es decir aquellos que nos legó la colonización y que se identifican con la herencia ibérica y cristiana, deben coexistir con el legado indígena y africano. Si bien la primera resultó siempre dominantes, ha debido convivir en medio de un equilibrio en permanente tensión con nuestras otras dos herencias culturales. Esta identidad, plural y compleja, es precisamente la que nos permite movernos con igual facilidad dentro o fuera de los límites del mundo occidental.

Esta condición de occidentales de la periferia, nos dota de manera particular para el pensamiento lateral. Es decir, de la capacidad para ver las cosas en forma no obvia. No en balde el realismo mágico es un signo distintivo de la región. La creatividad, la imaginación y la improvisación nos vienen dadas de manera natural. El método, la sistematicidad y la disciplina resultan, en cambio, mucho más cuesta arriba. No en balde, la región sobresale en la novelística, el cine y la industria del entretenimiento en general.

En su libro clásico La Estructura de las Revoluciones Científicas, Thomas Kuhn acuñó el término paradigma. Este alude a un sistema de creencias que provee una visión unificada e integrada del mundo circundante. Una vez aceptados, los paradigmas resultan altamente resistentes al cambio. Las novedades no sólo emergen con dificultad, sino que deben enfrentarse al entramado de expectativas creadas por las visiones prevalecientes. La flexibilidad mental de los latinoamericanos resulta particularmente propicia para moverse en medio de cambios de paradigmas. Los latinoamericanos, en efecto, poseemos un talento muy particular para la adaptación cuando nos vemos confrontados a situaciones traumáticas y a entornos altamente fluidos.

Tales rasgos deben ser trasladados a la educación, un área fundamental para enfrentar el impacto de la Cuarta Revolución Industrial. De acuerdo a Margie Warrel, el 40% de lo que los alumnos universitarios estudian hoy en día, resultará obsoleto en una década (“Learn, Unlearn and Relearn”, Forbes, February 3, 2014). Alternativamente, según señala Cathy Davison, el 65% de los niños que entraron al sistema educativo en 2011, les tocará trabajar cuando se gradúen en carreras que aún no han sido creadas (Now You See It, London, 2012).

Si bien la educación continua pareciera la respuesta natural a esta situación, hay más de por medio de lo que parece evidente. En efecto, estar en capacidad de desaprender lo que ha sido aprendido resultará fundamental. En la medida en que la resistencia a cambiar los viejos paradigmas se convertirá en la mayor dificultad para navegar en medio de un ambiente altamente fluido, sólo podrán evolucionar aquellos que estén en condiciones de abandonar lo que hasta el día anterior se asumía como válido. Margie Warrel, ya citada, nos recuerda que el 70% del trabajo involucrado en pintar una pared, consiste en remover la pintura vieja.

Un sistema educativo de vanguardia, como lo es el de Finlandia, está cambiando su sistema de enseñanza. La creatividad y el pensamiento crítico están pasando a ocupar la prioridad, a expensas de la acumulación de conocimientos. Los conocimientos resultan de valor secundario, en efecto, en momentos en que un iPhone contiene más información de la que se puede manejar en una vida entera. La imaginación y la creatividad, en cambio, resultarán determinantes. Son ellas las que permitirán aprender, desaprender y volver a aprender en rápida sucesión.

Tales características, en sintonía con la idiosincrasia latinoamericana, responden a las necesidades que habrá de imponer un entorno en cambio continuo. Es por ello que en lugar de adoptar y adaptarnos a sistemas educativos convencionales, sustentados en el método, la disciplina y la acumulación de conocimientos -tal como el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes de la OCDE- deberíamos abrazar nuestra especificidad cultural.

Simón Rodríguez, quien en tiempos de la independencia se preocupó como nadie más por el tipo de educación que debían recibir las poblaciones recientemente liberadas, insistió siempre en la necesidad de ser originales. Es decir, en adaptar la enseñanza a la propia idiosincrasia, en lugar de importar modelos ajenos a nuestras realidades. Hoy, más que nunca, sus planteamientos cobran plena vigencia. Sólo la originalidad podrá posicionarnos adecuadamente, ante el mundo en permanente transformación que se avecina.

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