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Actualidad del integrismo
Xosé Fernando Pérez Oia, igadi.org, 13/03/2006
 
 

Con motivo de la desafortunada viñeta danesa de las caricaturas de Mahoma se ha producido una catarata de tomas de posición en las que muchas personas, que no habían realizado el menor esfuerzo para su consecución cuando este derecho estaba conculcado, se desviven en loas hacia la libertad de expresión y reproches hacia la extremista o manipulada reacción popular de los explotados pueblos de mayoría islámica. En un tan brillante como enrevesado artículo, con flecos de monista y globalizado antinacionalismo, un reciente texto de Sanchez Ferlosio nos recordaba la distinción que Ortega y Gasset hacía entre ideas y creencias, entre opinión y fe, que según mi reverenciado catecismo de Astete consistía en creer en lo que no habíamos jamás visto. Leyendo a Ferlosio recordaba un viejo texto de Bertrand Russell, en el que, con mordaz y británica ironía, se nos hacía ver que cuanto menor era la evidencia empírica que sustentaba una determinada creencia o fe con mayor entusiasmo y fanatismo se la defendía.

Es evidente que la crítica, muchas veces hipócrita, a los reiterados sangrientos excesos de los que hemos sido testigos sirven, entre otras cosas, para desviar nuestra atención de las ideologías que hace poco tiempo informaban la filosofía política de muchos exministros, hoy importantes miembros de una fanática, asilvestrada oposición al Gobierno de su Majestad de las Españas. Nos referimos naturalmente al integrismo nacional-católico derivado de las nefastas enseñanzas de luminarias canonizadas como las del mediocre y poderoso Monseñor Balaguer. En los comentarios que siguen no recurro ni al luminoso libro de Carandell ni a los dos de Ynfante reveladores todos de los entresijos y del peligro de esta sectaria secta cuya simonía y afán de poder son notorios para el que quiera enterarse del tema. Me circunscribiré solamente a las lamentables máximas del Fundador y canonizado Marques de Peralta San Josémaría. Veamos:

En la máxima del libro “Camino” número 395 se puede leer: “No transijo porque estoy persuadido de la verdad de mi ideal. En cambio Vd. Es muy transigente… ¿le parece que dos y dos sean tres y medio? –No, ¿ni por amistad cede en tan poca cosa? Es que por primera vez se ha persuadido de tener la verdad y se ha pasado a mi partido” (fin de cita). En la máxima 394 se dice que la transigencia en materias de ideal de honor o de fe es señal cierta de no tener la verdad. (Cita que acorto en pro de mis lectores). San Josémaría no define que materias son de honor ideal o fe, pero por el tenor de toda la obrita sabemos que corresponden a la ideología nacional católica más pedestre y rancia. Cualquier profesor de filosofía se avergonzaría de las afirmaciones de la “lógica hojalatera” de Escriba (Que no Escrivá, interesante cambio que logra rechacemos asociaciones con ciertas frases sobre escribas y fariseos). No nos extenderemos aquí sobre las elaboraciones múltiples sobre el concepto de verdad que van desde Aristóteles a Wittgenstein o Tarski, de Leibnitz a Austin o Stich etc. Cualquier modesta enciclopedia las ennumera y discute, pero lo que cualquier usuario del lenguaje y del sentido común sabe, por lo menos desde E. Kant (cuya doctrina era, según el texto que tuve que estudiar en el bachillerato: “ridícula, absurda y perniciosa”) es que existe una diferencia abismal entre aserciones de tipo formal o tautológico en las que se busca una relación de coherencia (no contradictória) entre términos, cuya verdad radica en la correcta definición de las categorías empleadas, y nunca el acto de adherir a una creencia sin la menor base experimental o empírica. Creer de tres mas dos son cinco o que los ángulos de un euclidiano triangulo miden dos rectos evoca un orden de pensamiento totalmente diverso a afirmar que existe una cierta Entidad eterna que entregó a Moisés un escrito decálogo. La fe del carbonero ignorante, (no todos los carboneros son ignaros) está muy extendida entre ciertos elementos políticos que prefieren elaborar su concepto de lo sucedido en nuestra terrible Guerra Civil leyendo libros no históricos, de vulgar y falaz propaganda, como los de Pío Moa a los de, por ejemplo Beevor (Aznar), a otros que publican ignorantes textos sobre sociobiología sin conocer a J. S. Gould (Rajoy), o son jóvenes y apuestos “legionarios” de un no canonizado caudillo Degollado, relevado en oscuras circunstancias, de su sectario mando, por los Jerarcas del Vaticano. La supina ignorancia, que en muchos casos se refuerza de hipocresía de los miembros y simpatizantes de La Obra les confiere varias ventajas, ya que al estar en posesión de la verdad tendrán una gran seguridad en sí mismos para hacerse obedecer, dentro de una rígida estructura jerárquica. Fomentaremos, se nos dice, la intransigencia ya que la nuestra actitud es prueba de sustentar la verdad y el “espíritu de cuerpo” que podremos “empuñar” (atención a la palabra) ya que nuestros enemigos desearían que, como individuales “instrumentos” que somos, nos tornásemos en un “instrumento delicuescente” (máxima 381). Nuestra santa intolerancia e intransigencia deben asumir formas, en apariencia aceptables, para que sean: “maza se acero poderosa envuelta en funda acolchada” (max. 397). Abundan los ejemplos de esa estrategia belicosa. La funda acolchada señala con cierta léxica razón que convendría reservar la palabra matrimonio para las uniones heterosexuales, la invisible maza de poderoso acero la constituye el fin, momentáneamente no expresado, de que se debiese que considerar y llamar concubinato a cualquier unión que carezca de carácter sacramental, según lo que la secta cree. Naturalmente con su notable mendacidad la mayoría de las personas de las que hablamos juraron, sin acogerse a la fórmula del “imperativo legal”, la Constitución aunque el “aconfesionalismo y la neutralidad” son “viejos mitos” (max. 353). La teocracia nos acecha, si asaltara democráticamente el poder de Estado tendríamos que desear lo que decía una tía mía: ¡Dios nos coja confesados! Podríamos prolongar mucho esta enumeración pero no podemos dejar de mencionar las terribles máximas 387 y 399 referentes a la “santa coacción” que confiere su conocimiento de la Verdad a los caudillos salvadores. A los que no están de acuerdo con ellos se les compara con un menor o un enfermo sicótico que intenta suicidarse ya que las consecuencias de permitirles a dichos individuos ejercer su enfermiza libertad de opinión, les apartaría de la verdadera “Vida” que ellos conocen, poseen y definen.

Como no creyente en un principio exógeno trascendental, al que podemos llamar Dios, me complace subrayar que no todos los religiosos, (yo me atrevería a suponer que los más auténticos) son los que suscriben tal modo de pensar. Para muchos de entre ellos, que van del Maestro Eckhart, a Molinos, de Al Arabí a otros los sufíes, hasta muchos Teólogos de la Liberación etc. A muchos de ellos les parecería profundamente blasfemo la asunción jurídica de un poder teocrático interprete eterno de una verdad revelada “ad eternum”, de un poder juridizador, casuístico, rígido, ordenador jerarquizado de una sociedad predeterminada, inamovible e injusta humanamente hablando. Ante ellos me inclino con simpatía y profundo respeto. Otros, (los Acebes, Aznares, Rajoys, hortofrutícolas Trillos, Astarloas, Bushes teodialogantes etc.) nos conducen, por su autoritarismo, dogmatismo y opresión de la mayor parte de la humanidad, hacia un abismo en el que podrá acompañar a nuestra extinción la destrucción de nuestro medio natural.


Xosé Fernando Pérez Oia é filósofo e economista, e colaborador do Igadi.

 
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