| Presenza-Opinión |
||||||||
| Un día en Kaesong Jaume Giné Daví (igadi.org, 12/11/2008) |
||||||||
|
Constituye en cambio mucho más interesante la experiencia hacer el tour de un día que Hyundai Asan organiza, desde diciembre de 2007, a Kaesong. Esta ciudad situada a 60 kilómetros de Seúl y sólo a diez al norte de la zona desmilitarizada conserva algunos importantes vestigios históricos de cuando fue capital del reino de Koryo (918-1392). Cada día casi 500 surcoreanos la visitan previo pago de 200$ USA. A diferencia de la visita al monte Kungang este tour sí permite, con dificultades y a una cierta distancia, ver cómo viven realmente los norcoreanos. Cabe recordar que junto al paralelo 38 y antes de coger la carretera hacia Kaesong, el visitante cruza otro recinto cerrado y militarmente controlado donde esta sito el complejo industrial de Kaesong, una zona económica especial donde ya se han instalado 72 empresas surcoreanas que dan trabajo a más de 30.000 obreros norcoreanos. En mi anterior visita a Corea del Norte, la capital Pyongyang me pareció un gran escaparate, un decorado de teatro en el que, tras los grandes edificios oficiales y el aparato de propaganda del régimen estalinista, se maquillaba al visitante la situación real del país. Kaesong, la tercera ciudad de Corea del Norte, muestra en cambio la más cruda realidad. No existe ninguna posibilidad de contacto personal y directo entre los turistas de “autobús” y los norcoreanos de “a pie”. Sin embargo, una imagen en Kaesong vale más que mil palabras. El visitante deberá guardar estas imágenes en su retina ya que no se permite la entrada con un teléfono móvil, una radio o una cámara, a menos que ésta sea digital. Se pueden tomar fotos de los monumentos históricos y los parajes naturales pero, en ningún caso, de la vida cotidiana de los habitantes en la ciudad o en el campo. Todo lo que no está explícitamente permitido esta prohibido. El control es absoluto. Los turistas son trasladados en una columna de 13 autobuses, con sus matrículas surcoreanas tapadas y escoltados por jeeps de la policía militar. Asimismo, policías armados se sitúan a lo largo de las rutas y en las aldeas que los autobuses cruzan durante el viaje. En cada autobús dos guías norcoreanos se suman a los dos surcoreanos y en las diversas paradas un estricto cordón policial evita la posibilidad de todo contacto directo con los norcoreanos. En Kaesong, los turistas y la población local se observan mutuamente desde la forzada distancia con curiosidad compartida. Los controles no pueden esconder a nuestros ojos la realidad de un país destrozado y la pobreza extrema de la vida cotidiana. Impresiona la amplia avenida principal de Kaesong, presidida por una imponente estatua del presidente Kim Il-sung, sin coches, en la que sólo unos pocos disfrutan del lujo de tener una bicicleta. Ver a los norcoreanos caminando por las vías del ferrocarril es el fiel reflejo de un país carente de las mínimas infraestructuras sociales. Al abandonar el país, los policías fronterizos del norte inspeccionan cada una de las fotos o cintas de mi cámara digital para borrar la simple imagen de un norcoreano en bicicleta. Antes de que anochezca cruzamos de vuelta la zona desmilitarizada más militarizada del mundo. Atrás, anclado en el pasado, queda en el norte un país a oscuras. En sólo unos minutos damos un salto de 60 años y volvemos al presente. Entramos en el sur para dirigimos a Seúl, la capital radiante de luz. Han sido unas pocas horas las vividas tras el muro. Sin embargo, para los surcoreanos constituye un tremendo choque el haber visto, con emoción contenida y en silencio, el enorme abismo que les separa de sus compatriotas del norte.
|
||||||||
|
Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional www.igadi.org ÚLTIMA REVISIÓN: 12/11/2008 |
||||||||
|
||||||||