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Interpretaciones sobre nuestra guerra y la memoria histórica
Glosas de discrepancia con el profesor Bustelo

José Fernando Pérez Oya, igadi.org, 29/12/2006
 
 

Ha sido particularmente descorazonador para mí, firmante de varios documentos criticando la timorata actitud de nuestro gobierno, la lectura del artículo, ambiguo, confuso y frecuentemente contradictorio, publicado por el profesor Francisco Bustelo en las páginas de opinión del diario “El País” del 18 de noviembre. Somos muchos los ciudadanos que deseamos una acción social de amplio apoyo a lo que ha se ha llamado “memoria histórica” que rebase los estrechos límites que plantea un tímido gobierno, algunos de cuyos temores parece compartir mi amigo, personal ya que no político, Francisco Bustelo.

Ofrezco a mis lectores algunas apostillas críticas sobre ciertas afirmaciones que me parecen considerablemente impugnables que contiene el artículo, disculpándome por hacerlo de un modo algo desordenado.

1º. Mientras sigamos viviendo en una sociedad de clases, más o menos antagónicas, seguirán existiendo visiones discrepantes sobre los grandes acontecimientos sociales del pasado. La supuesta interpretación que se adopte de los acontecimientos servirá para proyectar, en el presente, imágenes condenatorias, o favorecer visiones favorables o justificadoras del pasado. Las opiniones sobre el pasado asumen en cada caso prejuicios intereses de clase o valores que asientan valores, intereses o proyectos de un futuro visto desde un presente. Bustelo, que sin duda, conoce bien la amplia bibliografía sobre nuestra Guerra Civil, que va desde Thomas, Jackson, Broue, Beevor, o seudo-historiadores como Pío Moa es plenamente consciente de ello. No puede, por lo tanto ni hoy ni un lejano futuro, existir una “interpretación aceptada por todos sobre las causas y el tenor del conflicto”. “Spain is diferent” decía un slogan publicitario y turístico de nuestra época desarrollista. En efecto todas las formaciones sociales, entidades nacionales y países siguen recorridos históricos diversos. Francia, Alemania o Japón son también diferentes. No parece justo que se nos instruya en una universidad sobre una realidad tan fundamental. Todo es diferente a todo en su totalidad histórica y todo es similar o es susceptible de que encontremos puntos de semejanza en cuanto trata de obtenerse un resultado interpretativo aceptable como efecto del juego de un conjunto de vectores, (antagónicos o sinérgicos) que aducimos para interpretarlo. Ni “nuestro” carlismo se asemeja a la acción de los “cartistas” británicos, ni los valores y aspiraciones y acciones sociales del anarquismo, los varios partidos de inspiración comunista, la visón liberal-burguesa de lo deseable socialmente hablando, o la ideología ocultadora de claros privilegios y obvios intereses de clase asumidos por una rebelión autoritaria nacional-católica, militarista y de decadente colonialismo, tienen mucho en común. Basta recordar solamente la “Guerra Civil” estadounidense, sobre la que no existe hoy una explicación histórica unánimemente aceptada, para verificar que allí como en muchos otros países se ha vivido sumido en “siglos de antagonismo”. Es justo, no obstante, señalar como Bustelo hace, que por un complejísimo conjunto de circunstancias la persistencia, recurrencia, incompatibilidad, y diferencias básicas entre los intereses e ideologías diversos factores sociales operantes no nos ha sido posible alanzar ciertas metas de desarrollo económico capitalista , de liberal progreso, o de mínimo equilibrio social homeostático entre grupos antagónicos.

2º. Me limito, en este punto, a una sucinta mención de los acontecimientos y valoraciones relacionados con el clima social, jurídico y valorativo relacionado con la “memoria histórica” que Bustelo parece conocer bien ya que nos dice que “no hubo entonces justicia, o muy poca con las victimas de la dictadura”. En efecto, más bien no muy poca si no nula. Bustelo parece, un poco teológicamente temer no ya la resurrección de la carne, (en la que me imagino ambos no creemos) si no “en la resurrección de los demonios” o de una existente ya e ideosincrática “guerra de las esquelas”. En este contexto deseo señalar varios puntos que Bustelo omite:

a) El primer aspecto es cuantitativo y creo que estamos en condición de “conocer y hacer inteligible el pasado” para no repetirlo. Bustelo conoce mejor que yo, pues ello se enmarca en su profesión, que desde que se ha podido hacer una mínima y seria investigación histórica, es evidente que el número de victimas en el conflicto bélico y consecuentes a la persistente, implacable y brutal represión del bando vencedor ha sido muy superior al realizado por los miembros del llamémosle, sector republicano. Desde el trabajo de los historiadores de la Guerra Civil hasta los de Santos Juliá , Rafael Tenorio, Serrano, y otro muchos el aspecto cuantitativo parece probado, evidente, y abrumador.

b) El segundo aspecto, que no se puede desvincular del anterior, es el cualitativo. Por un lado se trataba de imponer a los rebeldes o sospechosos de rebelión un castigo que en ocasiones pudo haber sido barbáro, cruel y no ajustado a una legalidad republicana. Por el lado de los vencedores la represión estaba sujeta a una estricta jerarquía muy estructurada y su filosofía básica no era el castigo si no el exterminio del enemigo. En un caso existieron tribunales populares o revolucionarios insuficientemente integrados con un débil aparato de gobierno; en el contrario pocos fueron los asesinatos en los que algunos milicianos nacionalistas actuaran en contra del orden y gobernanza del “Estado Imperial”; si no que más bien gozaban de una total connivencia con el estructurado poder militar y clerical.

Permitamos que nos invada una sonrisa al recordar la deriva hacia posiciones próximas a las de la clásica derecha ultramontana que se observa en el PSOE y utiliza expresiones como “guerra de las esquelas”. Han existido largas décadas en las que hemos estado sometidos a un constante martilleo mediático de las expresiones “hordas marxistas” o de “los masónico-ateos”. Las inscripciones en la fachada de iglesias, los monumentos a los caídos y muchas otras cosas han devaluado el alcance, sentido, y poder de esas expresiones hasta lo irrisorio. Por el contrario no ha podido mencionarse a las “huestes fascistas” que existieron y se perpetuaron, y cuya existencia hoy parece que quieren silenciar los que se aproximan a ciertas formas de silencio capitulacionista. No beberían temer una dialéctica victoria de las victimas más numerosas y de sus esquelas los que saben que tan solo se pretende una recuperación moral del pasado, descartando una acción judicial sobre los que hasta ayer se exhibían como arrogantes verdugos.

3º. No deseo pecar de blandura dialéctica o de ambigüedad de modo que me limito, brevemente a señalar otras discrepancias:

a) Es insostenible la extrapolación economicista , capitalista y vulgar entre nivel de renta “per capita” y gobernabilidad democrática de una sociedad que Bustelo realiza con una forma lineal. El Sr. López Rodó insistía en que las reformas democráticas exigían un determinado nivel de renta para lograr una gobernabilidad que él llamaba “ordenación”.

b) Es más que discutible, en cualquier discusión que se precie de científica, la utilización de metáforas o símiles como el “trueno” del Sr. Albornoz. Los economistas tuvimos que sufrir en nuestras espirituales carnes (o quizás deberíamos decir muelas) la repetida imagen televisada del nefasto y recientemente desaparecido Friedman, cuando “explicaba” demagógicamente al incauto e ignaro “buen pueblo” que la inflación era un fenómeno equiparable al de la borrachera, o como decían ciertos expertos decimonónicos la “borrachez”. El complejo problema de la inflación quedaba reducido, con una dialéctica parecida a la didáctica estética del realismo socialista, a una especie de curiosa adición etílica.

c) No parece justa la indiscriminada descalificación moral y mental de unos políticos españoles tan ilusos que creían que: “todo el monte era orégano”. Muchos eran conscientes de los peligros que ante ellos se cernían. La capacidad de equivocarse, prevaricar y mentir que hoy observamos en muchos políticos de nuestro entorno nos lleva a matizar esta opinión.


Observaciones finales

Hace ya mucho tiempo que Marx afirmaba reiteradamente que no es la conciencia de los hombres la que determina su ser, si no más bien e inversamente que su ser social era el que determinaba su conciencia. Coincido plenamente con Bustelo en subrayar que el ambiente político internacional de los años treinta estaba dominado por un lado por una revolucionaria y compartida esperanza hacia un posible cambio de sistema, y por otro lado por un miedo pánico hacia la perdida de privilegios de clase o relacionadas con los de un gastado nacionalismo imperialista. Esto se reflejó en España. Hoy asistimos a una acelerada restauración de ciertas formas bélicas de imperialismo, de políticas de corte keynesiano-militarista destinadas a superar las contradicciones internas al sistema o de establecer regimenes internacionales hegemónicos multi o unilaterales, o de configurar la posibilidad internacional de un súper-imperialismo de inspiración kautskiana. Los problemas de desigualdad, de injusticia, de violencia real o propiciada mediática mente, los ecológicos, los identitarios, y otros muchos son cada vez más graves y urgentes. La desmovilización social que ha propiciado la bancarrota des ineficaz e injusto sistema del “socialismo real” no ha podido aun reabsorberse. El problema del ser y la conciencia de una realidad insostenible se inscribe en un trágico circulo ya que, como dijo un sociólogo francés, se trata de poder transformar una sociedad y un sistema económico cuyos modos de conocimiento y de legitimación (principalmente los simbólicos) encarnados sistemas de representación política, otorgan, a unos poderes hasta ahora estables, la capacidad de auto-legitimación. Este contexto sitúa en un punto crucial el tema chomskiano del control de los medios de información que le imposibilita el acceso a amplias masas de una conciencia social que impide su libre ser. Dentro de este genérico combate se sitúa la necesidad de recuperar la memoria histórica, histórica en tanto memoria de clases o colectiva, no individual. Se trata de posibilitar a los que hoy viven su acceso al pasado, a sus víctimas, sus esperanzas, sus crímenes, sus errores, de poder comprender y compartir un doloroso pasado suprimido. No nos opongamos a ello. La conciencia del pasado puede ayudarnos a abrirle puertas al futuro, a inducirnos a encontrar nuevas formas de solidaridad e identidad que permitan la libertad de todos.


José Fernando Pérez Oya, sociólogo y colaborador del Igadi.

 
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