| China e o mundo chinés |
| Un espacio para China Por Xulio Ríos (La Vanguardia, 21/10/2003) |
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El envío por parte de China de un vuelo tripulado al espacio culmina un largo proceso iniciado con gran modestia a finales de los años cincuenta. En la década siguiente su objetivo principal se había reorientado al desarrollo de satélites de recursos, meteorológicos, de comunicaciones y recuperables, abandonando el programa de tripulación espacial debido a sus elevados costes. En el momento de su reinicio, en 1992, esa misma razón descartó el propósito de aspirar a una estación espacial independiente, optando por el desarrollo de laboratorios tripulados o sin tripulación en el espacio, con una generosa atención a las necesidades en materia de defensa, alertados por la exhibición tecnológica de EEUU en la Guerra del Golfo del año anterior. Esa perspectiva se mantiene aún en el Libro Blanco de la navegación espacial china, aprobado por el Consejo de Estado en noviembre de 2000, según el cual, una estación espacial con participación china sería únicamente imaginable concretando fórmulas de cooperación con terceros países. El programa espacial chino es inseparable del proyecto modernizador del país. Entre las cuatro modernizaciones auspiciadas por Zhou Enlai en 1964, figuraba el desarrollo de la ciencia y las nuevas tecnologías, aunque las dificultades económicas y los graves conflictos políticos e ideológicos de la época llevaron a convertir aquella formulación en una quimera. El período de mayor estabilidad interna iniciado con la rehabilitación de Deng Xiaoping en un contexto de mejora general del bienestar del país y de gran desarrollo científico internacional, llevó al ánimo de los dirigentes del Partido y del Estado la firme convicción de que lo espacial forma parte de ese paquete de actividades del que no puede sustraerse quien aspire a ejercer una creciente influencia en el desarrollo de las sociedades modernas. Con este viaje tripulado, China, con la boca pequeña y a la chita callando, sin los arrebatos triunfalistas de Mao cuando pronosticaba alcanzar y superar a Gran Bretaña en quince años, nos envía el mensaje de que no solo aspira a producir más y más barato inundando todos los mercados del planeta sino que se prepara a marchas forzadas para estar en disposición de recuperar las posiciones de primacía científica que albergó hasta hace cuatro siglos, como nos recuerda ejemplarmente la obra de Joseph Needham. ¿Tiene sentido que un país en vías de desarrollo como China invierta ingentes recursos en este campo? Para Beijing, obsesionados por la recuperación de la grandeza del pasado, la pregunta carece de sentido. El proyecto espacial es parte integrante de la estrategia de desarrollo integral del país, sus metas son limitadas y los esfuerzos se han concentrado en programas prioritarios. Del primer satélite artificial lanzado en 1970 a hoy, el pragmatismo, también en esto, ha sido una constante inevitable. Progreso social, avance científico, desarrollo económico y seguridad del Estado se dan cita en el programa espacial chino. A medida que mejoren las posibilidades económicas del país, algo imaginable en las dos próximas décadas, dispondrá de inmejorables condiciones para hacer frente, incluso, al reto estadounidense. Nada de ello sería posible si la base económica, industrial y científica de China, débil y atrasada hace veinticinco años, no experimentara un viraje espectacular en este tiempo, convirtiendo la actividad espacial en una función impulsora decisiva del progreso tecnológico. Pero las implicaciones del programa espacial chino van más allá de lo industrial o meramente tecnológico. En lo político, celosa como es la dirigencia china de su autonomía, al reforzar su capacidad de innovación independiente en materias tan sensibles como la radiodifusión y telecomunicación o los sistemas de navegación y localización por satélite, alcanzará cuanto persigue, una mejor salvaguarda de los intereses nacionales. La dimensión de seguridad y defensa es una pieza clave del programa espacial. La coincidencia del envío al espacio de la “Nave Sagrada” con una reunión del Comité Central en la que Hu Jintao, el nuevo Presidente del país y secretario general del PCCh, anuncia un nuevo impulso al proceso de reforma coincidiendo con su veinticinco aniversario, no es casual. Bien al contrario, le ha permitido ejemplificar ante su sociedad la certeza del camino elegido, la condición de vanguardia del Partido en el desarrollo del país y su plena legitimidad para seguir dirigiendo los destinos de la quinta parte de la humanidad. Una vez más, la recuperación del orgullo nacional, sentimiento fácilmente alentado en una sociedad que nunca ha ignorado su pasado milenario, facilita el discurso triunfante e incontestable del Partido. Por último, el envío de este vuelo tripulado es indicativo del éxito de la reforma no solo cara adentro; también pone de manifiesto la revalorización de la proyección internacional de China como una potencia con la que habrá que contar ya no solo en los foros económicos y a la que será más difícil de ignorar en aquellos encuentros internacionales en los que se debate la exploración y explotación del espacio. La idea de un gigante económico con una tecnología dependiente y atrasada en lo fundamental bien pronto podría ser objeto de reconsideración. Y todo ello incrementará su peso político en la región y en el mundo. Hu Jintao, mejorado en su imagen pública por la eficacia de su lucha contra la neumonía asiática, no podría imaginar un mejor comienzo de su mandato. Él éxito de la misión y el mensaje de modernización, apertura y progreso que de ella se desprende le sitúa en condiciones óptimas para que la reforma pueda seguir avanzando también en otros dominios, incluido el político. |
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Xulio Ríos es director del IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 19/10/2003 |