| Observatorio da política china
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| La disputa China-Taiwán en América Central
y el Caribe Por Gustavo A. Cardozo (OPCh, Casa Asia e Igadi, 27/02/2008) |
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El triunfo del Partido Nacional del Pueblo (KMT) en las recientes elecciones celebradas en Taiwán plasmó nuevos interrogantes sobre las futuras relaciones de la Isla con sus “socios” latinoamericanos, como con la Republica Popular China (RPCh). Hace exactamente un año atrás el presidente Chen Shiu Bian exhortaba a sus compatriotas a trascender la “mentalidad obtusa e ilusoria” del enlace con China continental manifestada por los partidarios del KMT. Chen hizo hincapié en como una nación oceánica, cuyo desarrollo depende del comercio internacional, no puede darse el lujo de distanciarse de las tendencias mundiales, dando oportunidad a los retos de la globalización y favoreciendo un básico principio: Taiwán primero, conciencia centrada en Taiwán. Las acciones manifiestas por el gobierno de Taiwán fueron acompañadas por frustraciones diplomáticas en la búsqueda de mayores lazos con los países con los cuales Taipei conservaba conexiones vitales. En otro ámbito, han surgido varias diferencias en la práctica con Beijing en concordancia con la aplicación de sus vínculos internacionales en materia comercial, financiera y política en áreas estratégicas. El incremento de la interacción que se sucede en las relaciones bilaterales, debido al aumento de la interdependencia entre las sociedades nacionales, conduce a conformar agendas multilaterales de política exterior de Estados diferenciados y es justamente aquí, entre otras, donde China adelantó a Taiwán. Este ejemplo se puede hallar en la firme búsqueda de solución al conflicto entre ambos extremos y el interés de profundizar las relaciones más allá del ámbito estrictamente comercial, que promovió la firma de un número de Tratados de Libre Comercio (TLC) con América Latina y el Caribe (ALC). Esta situación, tanto en el caso de China como de Taiwán, se ejecutó en territorios políticamente “vitales” para sus intereses diversos. Poseer una política exterior con agenda multilateral se ha convertido en materia reservada a muchos Estados, en la dimensión que las comunidades locales fueron reconociendo que sus posibilidades de expansión comercial, cultural y política están íntegramente relacionadas con la modalidad de inserción regional. Los nuevos escenarios gestados en el panorama asiático alentaron a Taiwán a extender su participación activa en la sociedad internacional, asumiendo un nuevo marco extra-regional de integración que le permitiera sostener sus posibilidades de subsistencia. Para entender el funcionamiento y los ejes de esta perspectiva cabe preguntarnos, ¿Qué incidencia tendrá este revés político del PDP en las futuras relaciones con Centro América y el Caribe (CAyC)? ¿Podrá mantenerse la diplomacia financiera taiwanesa frente a la réplica por parte de China? ¿Debemos considerar variables en el futuro desenlace de la región? Al parecer, muchos Estados latinoamericanos y no pocos ubicados en CAyC, comienzan a valorar con prudencia el denominado “Consenso de Beijing” tomando este como paradigma de crecimiento sostenido e independencia política y mejoría de los distintos indicadores sociales. Si bien la agenda negociadora del PDP ha sido amplia, ello no evitó que Taiwán observara absorto la medida asumida por el Gobierno de Costa Rica; Taipei asimiló por los hechos que no siempre las relaciones entre países afectos conllevan resultados positivos, de hecho existen múltiples obstáculos posibles que repercuten en los aspectos económicos. Este trabajo aborda los efectos de la relación creciente entre China y Centro América y el Caribe. Trata de analizar la situación y evaluar con datos los efectos concretos y las previsiones que se han elaborado sobre la importancia real que hay en la misma. En definitiva, trata de ver si la expectación que está despertando Beijing en la subregión, provocará un nuevo entorno del cual Taiwán ya no forme parte. La eficacia, y por ende, el éxito de los intereses chinos en ALC son dificultosos de ponderar en un contexto de puja diplomática constante en una de las regiones que más apoyo brindó a las aspiraciones independentistas de la Republica de China (ROC) en las últimas décadas. Este análisis, asumido por los líderes del PCCh, parte de la lógica de una política exterior sobre la base del desarrollo y construcción de un esquema estratégico suscrito sobre diversos instrumentos de diálogo y cooperación entre las partes y concretado bajo programas específicos en el ámbito regional. Para comprender esto en la práctica, debemos situarnos en el contexto de Post-Guerra Fría, el cual acopló la maduración de parte de las modificaciones internas desarrolladas en la RPCh. Las metas diplomáticas a largo plazo requirieron de un programa de propaganda estratégica compatible tanto en el marco de tiempo, como en el contexto de la arena internacional(1). La adhesión al mercado mundial aumentó la facultad china de proyección, extendió el bloqueo sobre Taipei en los espacios multilaterales transpacíficos, produciendo un nuevo esquema de diálogo con las naciones centroamericanas y caribeñas. El sostenimiento de estas conexiones, consecuentemente, se han vuelto significativas y necesarias para Beijing. Aunque considerables Estados de la región (Panamá-Guatemala) mantienen el reconocimiento diplomático a Taiwán, el puente ha encontrado limitaciones en algunos aspectos: el consenso en las elites y la opinión pública se sumió en debates de índole ideológico-económico. Si bien la influencia taiwanesa todavía es visible, las diversas facciones políticas deliberan sobre la base de la colaboración ya sea otorgada por Beijing o Taipei. Xulio Rios, director del IGADI (Instituto Gallego de Análisis y Documentación Internacional) y del OPCh (Observatorio de la Política China) puntualiza: “La diplomacia del dólar es abundante en peripecias, especialmente en un momento en que China es recibida con todos los honores allá por donde vaya. Y en paralelo, aumenta la volatilidad de los aliados de Taiwán”(2). Existen, además, otros elementos a tomar en cuenta con respecto a los efectos comunes. Las actuales circunstancias trazadas en CAyC pueden escalar involuntariamente en tensiones dentro de la esfera regional resultado del factor Chávez y su política en estrecho vínculo con Cuba y Beijing. Esto no significa que la política de Venezuela se torne un peligro para la seguridad centroamericana y caribeña, pero sí que ello conlleve efectos tangibles a favor de China en detrimento de Taipei, asumiendo el antiamericanismo que el mandatario venezolano fomenta y que ha hecho eco en numerosas partes. Las debilidades y desprestigio de la política norteamericana en ALC contrasta con la “actitud” venezolana, la cual sustenta la atención sobre su mercado natural: Centroamérica, Caribe y los países del MERCOSUR; monopolizando su poder energético y económico como herramienta de negociación(3). Beijing como Caracas emplean el factor petróleo para atraer la atención de los gobiernos locales, ya sea en asistencia energética (en el caso venezolano) o en inversión para la explotación de hidrocarburos (en el caso chino). A medida que el compromiso de intereses se establece más incuestionable, las esferas de cooperación parecen generar del lado taiwanés un intento por jugar sus pocas cartas ya sin captar la atención de Washington. Según el análisis de estos dos contextos, el caribeño y centroamericano, el papel de ambos en el reordenamiento estratégico mundial de la RPCh se torna ineludible. Es por ello que el surgimiento de un orden asiático (chino?) debe venir del deterioro estratégico estadounidense en zonas de influencia aunque esto no sea percibo en el corto plazo. Pío García, docente e investigador de la Universidad Externado de Colombia declara: “En contraste con el Pacífico asiático y su progresivo ascenso hacia la autonomización estratégica, o sea el manejo de sus propias tensiones y conflictos dentro de mecanismos regionales no afectados por la injerencia externa, el Caribe sigue atrapado en el diseño y la proyección geopolítica de Estados Unidos”(4). El segundo mandato del presidente Geoge W. Bush se caracterizó por procurar “adaptar” los estándares de la geopolítica norteamericana a las nuevas exigencias de ALC: el unilateralismo dio paso a la búsqueda de consenso con los países regionales, principalmente los de mayor jerarquía con el fin de organizar un frente que limite los efectos de las políticas populistas. La re-orientación norteamericana en Latinoamérica fue recibida con beneplácito por el gobierno de Chen, quien vio en la misma posiciones mayoritarias que pudieran limitar o retrasar los objetivos chinos en el mediano plazo. No obstante, la situación reflejó en el continente un deterioro del equilibrio a favor de Taipei sin que pudiera modificarse tal situación. En este escenario de competencia de intereses se empezó a perfilar el relieve de la geopolítica mundial en curso, teniendo al frente a uno de sus mayores protagonistas. En el futuro nada hace pensar que la estrategia de Beijing no logre materializarse en CAyC si las cosas marchan como hasta ahora. Si bien varios analistas prevén la continuidad de los lazos entre algunos países de la región y Taiwán, la tenue posición de Taipei está consolidando un proceso de integración política y económica favorable al papel estratégico chino. En relación directa a este progreso, tal vez nos encontremos en pocos años con el desamparo diplomático de Taiwán, dado que los beneficios que históricamente la ROC logró de parte de Centroamérica y el Caribe parecen –lentamente– erosionarse. Con la finalidad de concebir el fundamento del porque China profundiza su relación en el contexto caribeño y centroamericano, se hace conveniente fijar un trazado analítico partiendo de la necesidad de reflexionar sobre el lugar que ambas regiones pretenden ocupar en el mundo. Es decir, establecer dentro de las jerarquías constituidas en el sistema internacional y de los géneros trazados en el ámbito de estudio el papel que les corresponde asignarse. Como demuestran un sin fin de estudios sobre diplomacia china, en el pasado Beijing revirtió sus relaciones con el Tercer Mundo bajo componentes ideológicos y políticos. Los efectos acaecidos con la apertura de espacios multilaterales de cooperación en los 90, abrió nuevas vías de desarrollo ante la posibilidad innegable de alcanzar metas de crecimiento sin abandonar la diplomacia bilateral. Una primera aproximación a esta cuestión nos lleva a la propia definición del primer ministro Wen Jiabao de “autorrepresentación china” como fundamento básico del país en la búsqueda de mayor espacio internacional(5). El carácter global de la rivalidad sino-taiwanesa plantea dificultades innegables en lo que respecta a la dimensión tercermundista de la misma. La estrategia china divergente alrededor de Taiwán en Oceanía y ALC, basada en distintos cálculos económicos, complementan el objetivo subyacente de la política de Beijing: colocar una cuña entre las partes. A estos obstáculos, de acuerdo con la visión del especialista Gabriel Aguilera Peralta, podemos sumarle la transición a la democracia y la pacificación centroamericana en paralelo con la pérdida de poder del KMT generando un claro reordenamiento de las prioridades(6). Como sugiere esta correlación entre presión diplomática y “seducción” económica, la re-adecuación de la realidad subregional independientemente de las altas y bajas por las que han atravesado los procesos integracionistas parece vacilar bajo un nuevo espíritu de realismo y resolución no favorable a Taipei. El mosaico variado de la política taiwanesa con su perfil de alineamiento y re-alineamiento a menudo extremo en su retórica independentista, supuso estar hecha a medida para la atención y la explotación de los hacedores de la diplomacia china. La cuestión centroamericana y caribeña figuró en forma extra-oficial en las discusiones mantenidas entre altos dirigentes taiwaneses y norteamericanos. A pesar del no muy alentador apoyo para el Gobierno del PDP, Taipei mantuvo las expectativas de aliviar la presión de Beijing sobre las economías regionales en el corto plazo. De hecho, se podría tomar a consideración que la región todavía se encuentra dividida contra si misma, y que mientras EEUU reflexiona como probable que anexado a la cuestión Taiwán la penetración china engloba una articulación que ha sido designada “liderazgo conjunto de las naciones en vías de desarrollo”(7), el alcance actual de China dependerá en parte del modelo de desarrollo que asimilen los Estados latinoamericanos. Teniendo en cuenta la indecisión ideológica reinante y sumado al hecho que las administraciones norteamericanas han visualizado por largo tiempo la política allí en términos de seguridad nacional, CAyC está señalada a constituirse en una prueba para la diplomacia de ambas partes. A nivel retórico, la administración del presidente Chen Shui Bian encontró serias dificultades para contrariar los argumentos chinos. El tema se vio aún más engorroso por el uso de sustitutos por parte de los taiwaneses para avanzar en sus objetivos políticos en los Foros Internacionales(8). No pareció existir entonces razones apremiantes para que Beijing se volviera más atenuado en su política exterior: todo intento por parte de los negociadores chinos de moderar los discursos y los proyectos independentistas de Taipei con la región eran firmemente resistidos y denunciados por Taiwán como un propósito de China para obtener concesiones unilaterales. La perenne esperanza de los políticos taiwaneses de aplacar la asociación china con Latinoamérica se sujetó a la advertencia sobre las verdaderas intenciones pacíficas de Beijing, sin que ello alterara la creciente indiferencia de las administraciones locales. Tales juegos de mano no dejaron de tener efecto sobre la opinión publica de Taiwán: con las negociaciones en el estrecho aparentemente infructuosas, ¿que medios podían idearse para detener el ímpetu de la expansión china? El nuevo patrón de la estrategia podía verse así claramente: China estaba trabajando no solo para quebrar la coalición de la Isla, sino para que sus principales socios caribeños (Cuba-Venezuela) se tornen en un grupo de lobby que obstaculice a Taipei en futuras iniciativas independentistas con apoyo regional. En definitiva, la política de China en Centroamérica y el Caribe podría encontrar cierta “similitud” con la línea de riesgos calculados seguida por la ex -Unión Soviética durante la Guerra Fría. ¿En que aspectos?, en una táctica reservada, evidenciada en el énfasis por maniobres tentativas y graduales, minimizando la visibilidad de la presencia china en los conflictos y manteniendo a estos limitados y localizados, especialmente cuando los intereses de Taiwán son más marcados y la respuesta de este país es incierta(9). En el año 2005, Granada estableció relaciones diplomáticas con la RPCh, quebrantado lo que hasta entonces era su relación con Taiwán. El acceso de este país a la “órbita” de Beijing fue interpretado como un movimiento de China seguido en otras áreas del Caribe Oriental: Dominique, St. Lucia y recientemente Costa Rica dieron el visto bueno a la apertura de una embajada China obteniendo asistencia continua. Mientras Taipei trata de abrir fisuras entre los nuevos socios, el gigante asiático mantiene la política sobre su curso. Según datos oficiales del Gobierno chino(10), Dominica ha recibido ayuda económica por un valor de 112 millones de US$, representando una distribución de aproximadamente 1.600 US$ para cada habitante en una población de 70.000(11). En algunos países, China ya ha comunicado proyectos de ayuda e inversión que superan las expectativas regionales y la asistencia taiwanesa. En realidad, la posición negociadora de Beijing en comparación con aquella de Taipei se presenta bastante favorable. Hasta que punto Beijing es capaz de controlar las acciones de sus “protegidos”, es por supuesto tema de conjetura. Sin embargo puede esperarse razonablemente que, así influyó en la Costa Rica de Arias, de la misma manera pueda utilizar su ascendiente para acelerar la impaciencia de otras economías de la zona. William C. Gruben, Director del Centro para Estudios Económicos Latinoamericanos y ex-vicepresidente del Federal Reserve Bank of Dallas alega: “No sería ninguna sorpresa que China intente que los países del TLC-Centroamérica-República Dominicana adopten su perspectiva política”. Ya se hallan datos que China está planificando realizar inversiones en Centroamérica con este fin. Es natural que tal magnitud de apoyo económico repercuta favorablemente en el estrechamiento de relaciones políticas. Los países del Caribe han concretado con China al refrendar un acuerdo marco guía para la colaboración económica y comercial en condiciones “deseables”. Los informes son claros en sus omisiones: conjuntamente con Beijing y La Habana otras naciones signatarias se sumaron: Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Dominica, Guyana, Jamaica, Santa Lucía, Surinam y Trinidad y Tobago. Beijing actúa decididamente para cerrar cualquier posibilidad de distanciamiento comercial con la región. La interacción china en el Caribe ha comprendido varios tipos de niveles y compromisos. La asistencia material y financiera ha sido muy útil para algunas economías deterioradas. A pesar de sus limitaciones, esta asistencia ha proporcionado una ayuda estratégica y civil muy necesaria para el fortificado de los gobiernos de turno. La contribución china para el desarrollo ha estado canalizada también en los ámbitos educativos y de salud. China presta apoyo a muchos países centroamericanos y caribeños en el diseño e implementación de programas de educación. La asistencia médica suministrada ha sido destacada, especialmente en forma de ayuda material y humana. Además ha habido coordinación técnica que incluyen acuerdos de pesca y recursos oceánicos, recursos geológicos y minerales, la construcción de plantas hidroeléctricas y la instalación de radiotransmisores y receptores de telecomunicación. Se prevé en el futuro inversiones en áreas textiles (sensible a la competencia asiática) y en materia de transporte y mejora del sistema de carreteras. Países como Costa Rica y Cuba avanzaron con China en la cooperación técnica en producción agrícola e investigación en recursos energéticos. Asimismo, las economías regionales asumen una actitud reservada frente algunas limitaciones. La composición de los productos que CAyC exporta al mercado estadounidense tiene similitud con los productos chinos destinados a dicha plaza. A partir del año 2005 Beijing ingresó sin límites al principal consumidor de textiles y ropa: Estados Unidos. Ello podría provocar un desplazamiento de los productos regionales, quienes sacan gran rédito económico de sus exportaciones al NAFTA. Las conclusiones de cada posición varían, pero con resultados similares en algunos casos: no sólo Centroamérica y el Caribe cae rendida ante la seducción china, en África, Oceanía y Europa, países como Macedonia, Nauru, Liberia han desechado el reconocimiento diplomático de Taipei. La nueva orientación de China en el mundo encontró correlato en ALC en un momento simbólico: dar muestras de independencia política, particularmente en política exterior. Estos aspectos refuerzan los intereses e intercambio económico entre las economías locales y el gigante asiático en el futuro. Los intereses chinos no son idénticos a los de la ex-URSS, aunque existe una complementariedad de los mismos. La motivación de Beijing para apoyar a CAyC parece ser más pragmática que ideológica. A pesar que los Halcones del Partido Republicano sostienen que la extensión de la izquierda en la región tiene inspiración y hasta cierto grado de “intervención” china, el gigante asiático mantiene su perfil bajo. Por otro lado, se refleja la actitud de Taiwán de no someterse a la negociación ya que ello podría ubicarlo en una posición de debilidad y ansiedad que no cuadra dentro de su estilo diplomático. Todo esto nos lleva a pensar que la mayoría de los países de Centroamérica y el Caribe han puesto sobre el tapete una situación de cuestionamiento del modus vivendi utilizado en el vínculo con Beijing y Taipei. En este escenario, la nueva política de Latinoamérica centrada en China impulsa a Taiwán a modificar su conducta sobre la región; o refugiarse en un tono más moderado en sus discursos independentistas acorde al pragmatismo que le permita construir a base de paciencia y esfuerzo un status quo enmarcado en un diálogo conciliador con el gigante asiático sin provocar conflictos agudos que limiten aún más su capacidad de maniobra en la región. En suma, la postura de la RPCh confirmada en general en el desarrollo de su política exterior de estos últimos años, no solo es de contener la perspectiva taiwanesa o rechazar cualquier intento de amenaza independentista en conjunto con sus aliados centroamericanos, sino dentro de las “esferas de influencia” las iniciativas chinas en la Cuenca Caribeña representarían al mismo tiempo una definición política frente a la hegemonía que EEUU mantiene en la región. Aun cuando la puja diplomática sino-taiwanesa puede ser entendida, en gran medida, se observa que está condicionada por el estado de las relaciones entre Washington y Beijing y por el papel que dicha articulación juega en CAyC. Es merecedor considerar en forma más detallada los factores que permiten que China tenga hacia los países subdesarrollados una política que le ha permitido obtener beneficios dentro del marco de los vínculos sino-norteamericanos sin desestabilizarlos. De ello depende la supervivencia de Taiwán. |
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Gustavo A. Cardozo, coordinador Programa Asia-Pacifico (Centro Argentino de Estudios Internacionales). |
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Bibliografía: García, Pío: “EL PAPEL DE ASIA-PACIFICO Y EL CARIBE EN EL ACTUAL ORDENAMIENTO ESTRATÉGICO”. Universidad Extremado de Colombia. Año 2005. Hosmer Stephen y Wolfe Thomas: “Soviet Policy and practice Toward Third world conflicts. Lexington Books. USA, Pág. 135-145. Año 1983. Kerber, Víctor: “ Papel de China”. Universal. Año 2005. Martins, Dora A. Y E:: “China en el liderazgo de los países subdesarrollados” en Ríos, Xulio (ed.), “Política exterior China: La diplomacia de una potencia emergente”. Ediciones Bellaterra, S.L.. 2005, Pág. 251. Mosher, Steven W: “Red China on the March The People Republic movies into Granada”. The National Review. Febrero 15. Año 2006. Peralta, Gabriel Aguilera: “ De espalda al Dragón”. Nueva Sociedad. Año 2006. Ríos, Xulio: “Taiwán y el criptoindependentismo de Chen Shui-bian”. Anuario de Casa Asia, Año 2005. The Emergence of China: Opportunities and Challenges for Latin America and the Caribbean (La aparición de China: Oportunidades y retos para Latinoamérica y el Caribe), editado por Robert Devlin, Antoni Estevadeordal y Andrés Rodríguez, Inter-American Development Bank, 2005. Yahuda, Michael: “The International standing Of Republic Of China on Taiwán”, The China Quartely, Nº 148 (1996): 1337. |
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Notas: (1) Yahuda, Michael: “ The International standing Of Republic Of China on Taiwán”, The China Quartely, Nº 148 (1996): 1337. (2) Ríos, Xulio: “Taiwán y el criptoindependentismo de Chen Shui-bian”. Anuario Casa de Asia, Año 2005. (3) Kerber, Víctor: “ Papel de China”. Universal. Año 2005. (4) García, Pío: “El papel de Asia-Pacifico y el Caribe en el actual ordenamiento estratégico”. Universidad Extremado de Colombia. Año 2005. (5) García, Pío: Op, Cit. Pág. nº 3. (6) Peralta, Gabriel Aguilera: “ De espalda al Dragón”. Nueva Sociedad. Año 2006. (7) Martins, Dora A. Y E:: “China en el liderazgo de los países subdesarrollados” en Ríos, Xulio (ed.) “Política exterior China: La diplomacia de una potencia emergente”. Ediciones Bellaterra, S.L.. 2005, Pág. 251. (8) Enfatiza. El uso de “Taiwán, República de China”. Para más información visite: Rios, Xulio: “Taiwán y el criptoindependentismo de Chen Shui-bian”. Anuario Casa Asia, Año 2005. (9) Hosmer Stephen y Wolfe Thomas: “Soviet Policy and practice Toward Third world conflicts. Lexington Books. USA, Pág. 135-145. Año 1983. (10) The Emergence of China: Opportunities and Challenges for Latin America and the Caribbean (La aparición de China: Oportunidades y retos para Latinoamérica y el Caribe), editado por Robert Devlin, Antoni Estevadeordal y Andrés Rodríguez, Inter-American Development Bank, 2005. (11) Mosher, Steven W: “Red China on the March The People Republic movies into Granada”. The National Review. Febrero 15. Año 2006. |
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