China e o mundo chinés
Lo nuevo y lo viejo en China
Por Xulio Ríos
La reunión anual del Parlamento chino, renovado en esta ocasión para iniciar un nuevo mandato por otros cinco años, ha ofrecido nuevas e interesantes señales acerca de cuales serán los ejes principales que presidirán la política interior y exterior de este inmenso y cada vez más importante país. De una parte, tal como era de esperar, Li Peng, a pesar de algunas dificultades, ha alcanzado su objetivo de presidir el Parlamento. Dada su edad y precaria salud, probablemente ejercerá, a lo sumo, un único mandato y será esta su última responsabilidad pública antes de jubilarse. A otro nivel, la dimisión de Qian Qichen, el ministro de asuntos exteriores, es bien indicativa de la sinceridad del mensaje de rejuvenecimiento político. Sería un error, sin embargo, considerar que el protagonismo de ambos decrece. Es más complejo. En la época de probables turbulencias que se avecina, Li Peng consagrará sus esfuerzos a la "estabilidad", es decir, a asegurar una proyección más controlada del Parlamento, la contención y control de los pequeños grupos conservadores que pueden intentar arremeter contra la liquidación de las empresas estatales, el frenazo en seco a cualquier revisión de la interpretación oficial de los sucesos deTiannanmen y, en definitiva, a cualquier tentativa de reforma política sustancial.
Por otra parte, el confiar directamente a Qian Qichen los asuntos de Hong Kong, Macao y Taiwán, indica con claridad la importancia que Formosa va a adquirir en los años venideros. A finales de 1999 Portugal devolverá Macao y será Taiwán la pieza que falte en el rompecabezas de la unificación china. Reorientar las delicadas relaciones entre ambos lados del Estrecho, será una gran tarea, propicia para un experimentado y hábil diplomático. El clima China-Taiwán debe experimentar cambios sustanciales. En Pekín se sabe que el tiempo no juega a su favor, que las nuevas generaciones de taiwaneses se sienten cómodas en el vigente statu quo y se muestran cada día más reacios a la unificación. La comunidad internacional debe prepararse para afrontar un problema que China se encargará de poner a todos en la agenda. La designación de Qian Qichen, por otra parte, parece privilegiar la diplomacia en detrimento de una estrategia belicista que ha demostrado inequívocamente su ineficacia y peligros. La nueva orientación se aproxima a lo que Sun Tzu llamaría la innecesariedad del conflicto.
Pero la gran estrella seguirá siendo la economía. A partir de ahora, en Zhu Rongji se cruzarán muchas miradas. Desde el Consejo de Estado (gobierno) será el responsable de pilotar uno de los períodos más transcendentales de la gaige (reforma) iniciada ya hace dos décadas. En realidad, se convertirá en el número dos de la jerarquía oficial. La clave principal de su cometido no puede ser otro que la de culminar la desideologización de la economía, es decir, la liquidación de los restos del modelo económico maoísta, la reconversión de las danwei o empresas estatales que, aún hoy, siguen funcionando como sociedades cerradas, como micro-estados organizados a partir del tándem fábrica-partido y al margen del dinamismo inducido por otras formas de propiedad y no tanto la estrictamente privada como la denominada social (cooperativa, colectiva, de cantón y poblado, etc) muy vinculada al entramado burocrático. El triunfo o fracaso de la modernización impulsada por Deng depende del éxito de esta empresa.
Son sobradamente conocidos los problemas de estas unidades de producción y convivencia: mastodónticas y envejecidas en demasiados casos, con cargas fiscales y sociales inmensas, instaladas en sectores tradicionales, con un nivel de ocupación fuera de lo normal, etc. Sin embargo, proporcionan empleo y servicios sociales al 70%, aproximadamente, de la población urbana asalariada. Buena parte del futuro de ciudades y provincias enteras depende de estas empresas. Su reestructuración no será fácil y puede venir acompañada de importantes conflictos laborales.
Zhu Rongji, que ha seguido muy de cerca las repercusiones sociales de los experimentos realizados en este sentido en varios lugares de China, debería ser consciente de que, paralelamente al desmantelamiento de las danwei es imprescindible construir toda una red de sistemas nacionales hoy practicamente inexistentes (de salud, de educación, de seguridad social, de pensiones, de policía, incluso). ¿Cómo hacerlo reduciendo el peso de la Administración tal y como se ha sugerido con gran énfasis en esta Asamblea?. China necesita modernizar su Estado y su administración pública, necesita dotarse con urgencia de nuevos y mejores servicios públicos que amortiguen los posibles conflictos sociales que asoman por el horizonte. Una reforma de este calado llevada a cabo sin contemplar el impulso social que la equilibre, corre el riesgo de quebrar el consenso global establecido a partir de la prosperidad de los últimos años. China necesita practicamente un nuevo modelo de Estado, ciertamente con menos burocracia... pero sobre todo del Partido.
¿Podrá subsistir un sistema político concebido como la superestructura inseparable de un tipo de economía practicamente liquidada? Incluso más, ¿puede el mensaje tecnocrático de esta nueva etapa abrir camino a formas políticas más democráticas? Sería precipitado imaginar que en China puede iniciarse a corto plazo un proceso privatizador similar al operado en los países de Europa del Este o Rusia. Temen tanto la precipitación como el estancamiento. Los dirigentes chinos no están por la labor de promover clases o grupos sociales que puedan disputarle la hegemonía política. El modelo económico mantendrá por un tiempo considerables peculiaridades diferenciadoras al abrigo de un cuerpo político formalmente "comunista" pero que se asemeja cada vez más a aquella otra burocracia de partido único, la confuciana, que gobernó el país no casi cinco décadas sino más de dos mil años.
Conviene, por otra parte, tener presente que Zhu Rongji no encarna ninguna alternativa política. Se mueve en las mismas coordenadas que sus demás colegas del Comité Permanente del Buró Político. Coincide con ellos en la postulación de un modelo de economía mixta con fuerte peso de la propiedad pública (social, cooperativa y también estatal), en el ideario nacionalista de recuperar la grandeza perdida y en la necesidad de mantener un equilibrio político y social que solo el Partido Comunista, dicen, puede garantizar. Su tecnocracia no desembocará en democracia occidental. Hoy por hoy, todos confian en la capacidad de control social y ocupación política del Partido. Es, con el Ejército, la única porción del legado de Mao que permanece intacta. Aquí ni se espera ni habrá desideologización.
Además, a diferencia de otros líderes, Zhu Rongji no cuenta aún con sólidas bases de poder ni en el Partido ni en el Ejército. Los tropiezos serán suyos y su éxito colectivo. No puede, dada su edad, similar a la de Li Peng, capitalizar los logros, si los hubiera, para aspirar a un papel político mayor (sustituir, por ejemplo, a Jiang Zemin, en la máxima jefatura). A salvo de cataclismos, los tres están hoy al margen de la mutua rivalidad y visualizando ya la preparación de unos relevos que podrían precipitarse, al menos parcialmente. Los tres próximos años serán decisivos. Hu Jintao pudiera ser la mayor promesa.
Xulio Ríos es director del Instituto Gallego de Análisis y Documentación Internacional
y autor de China (Icaria).
Instituto Galego de Análise e
Documentación Internacional
ÚLTIMA REVISIÓN: 21/11/98