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Jugar en los dos tableros
Por Xulio Ríos (La Vanguardia, 06/06/2003)
 
 

Hu Jintao ha pasado como una sombra por la cumbre de Évian. ¿Sorprendente? No si nos atenemos a su tradicional discreción en todos sus viajes al exterior. Se diría que no ha buscado significación alguna y sus contactos han privilegiado el encuentro con los países en vías de desarrollo, el perímetro del G8, en especial el Brasil de Lula, a fin, quizás, de ir sumando aliados y cooperación para la implementación de la tan difícil y anhelada multipolaridad.

La situación actual de Hu Jintao evoca la historia de Wu Ding (1324-1266 a.n.e.), un soberano chino que permaneció mudo durante tres años al comienzo de su mandato. Hu Jintao lleva mudo bastante tiempo, pues, más allá de las proclamas oficiales, apenas se le conocen puntos de vista respecto al futuro del país. La discreción es en él una señal de identidad. O de imprescindible cautela. Wu Ding sabía lo que quería, atraer a su lado a las personas en quienes podía confiar, pero sus ministros se resistían y por ello optó por callar esperando un momento en que la correlación de fuerzas le resultara favorable.

Hu Jintao, con gran experiencia política y de excelente formación, si tiene ideas propias sabe que precisará de aliados para llevarlas a la práctica. Pero hoy es aún un líder débil, cercado por esa apabullante mayoría que le adosó en herencia Jiang Zemin. Si calla por un tiempo puede que tenga una China para construir. ¿Inconvenientes? En el mundo actual, a diferencia de los lejanos tiempos de Wu Ding, no podrá permanecer mudo por mucho tiempo. Aunque, mientras todo siga igual, podrá seguir haciendo algunas cosas en silencio y sin el incomodo de la transparencia informativa.

¿Avergonzado por la tardanza y torpeza en el manejo de la neumonía atípica? En Évian no ha recibido aplausos. La crisis de la neumonía atípica ha sacudido algunos cimientos importantes del peculiar orbe chino y nadie se ha quedado a gusto con los esfuerzos de las autoridades por camuflar la entidad de la epidemia. No todo fueron fallos estadísticos o estructurales, que probablemente también hubo. El control de la propagación de la enfermedad, con la adopción de medidas muy severas destinadas a disipar cualquier atisbo de desconfianza, no ha conseguido aún hacer borrón y cuenta, pero si parece haber iniciado el saneamiento de las heridas más profundas. Las autoridades y la propia OMS parecen convencidos de que lo peor ha pasado y una exigente vigilancia será suficiente para mejorar la imagen de China en el mundo y recuperar el tiempo perdido.

Hu Jintao ha conseguido hacerse con el control de la crisis y parece haber ganado además algunos aliados, no solo en el poder central sino también en el regional, poniendo en apuros a un Jiang Zemin, el Presidente saliente, que durante cinco meses obvió la magnitud del problema, convencido, como muchos, de que nada debía empañar el tránsito pacífico a una nueva generación de dirigentes, culminado en la sesión anual que en marzo celebró la Asamblea Popular Nacional. En menos de un mes, una vez asumido el cargo, Hu y su primer ministro, Wen Jiabao, han impulsado un notable giro en la forma de afrontar la crisis, en especial fraguando una alianza con los medios informativos, quizás exponente de una concepción más liberal o simple instrumentalización en beneficio del combate a la epidemia y de su propio asentamiento político. El tiempo lo dirá. ¿Es más liberal Hu? Probablemente no en el sentido que muchos desearían en Occidente y mucho menos al ritmo que gustaría.

El programa político inmediato de Hu Jintao se centra en la cuestión de la propiedad. El XVI Congreso del Partido Comunista, celebrado en noviembre de 2002, dejó establecida la protección de todos los ingresos legítimos, procedan o no del trabajo. El siguiente paso debe ser la modificación de la Constitución. En el articulo 12 no se menciona la propiedad privada (se dice que la propiedad pública del socialismo es sagrada e inviolable). Por su parte, el articulo 13 protege la propiedad de ingresos, depósitos, casas y otras propiedades, pero no menciona los medios de producción. Ahí está el nuevo salto, cuyas motivaciones más prácticas guardan relación con un problema que empieza a preocupar seriamente a las autoridades chinas: la inseguridad respecto a la propiedad provoca que lo evadido del país equivalga ya a lo invertido.

Esa gran transformación, que aparcaría por el momento el tabú de la tierra, afectaría en primer lugar a la empresa privada, que recibiría un nuevo e importante impulso. A finales de 2000, según fuentes oficiales, representaba el 33% del PIB, con 18 millones de empresas, 20 millones de empleados y 30 millones de autónomos. En segundo lugar, a la propiedad estatal, que verá reducida su importancia en el conjunto de la economía del país, además de estimular el proceso de privatización. En tercer lugar, a la propiedad social, confirmada ahora como una figura de transición que ha cumplido una magnífica función, especialmente en el campo, a través de las empresas de cantón y poblado, en el crecimiento chino.

Tocaría, pues, más liberalización, pero quizás sería necesario introducir más impulso social. La neumonía atípica lo ha evidenciado con claridad: no lo es todo más autopistas o más aeropuertos. Todos reclaman ahora una mayor atención a la salud pública. Pero no se trata solo de una cuestión sanitaria, sino social y económica. No se debe olvidar que para detener la enfermedad, además de mejorar el sistema de salud procede, por ejemplo, cortar o reducir el flujo de los millones de trabajadores que van del campo a la ciudad, unos 94 millones de obreros rurales inmigrantes que en 2002 han enviado remesas a sus aldeas de origen por valor de 326.000 millones de yuanes.
El crecimiento sin cohesión social puede conducir a la catástrofe. Es indispensable jugar en los dos tableros. O caminar con las dos piernas, como le gustaba decir a Mao.

 
 

Xulio Ríos es director del IGADI.

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