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Tibet-China: ¿es posible un diálogo creativo?
Xulio Ríos (Tempos Novos, abril/2009)

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  Ferrocarril Qinghai-Tibet; clic para aumentar
La más reciente estrategia china en relación a Tibet pone el acento en la modernización de sus infraestruturas y en el reforzamiento de su integración económica con el resto del país. La línea férrea Qinghai-Tibet, inaugurada en el verano de 2006, simboliza ese nuevo tiempo, marcado por el fomento de la asociación de cultura identitaria y turismo, con el objeto de diluir progresivamente la fuerte religiosidad tibetana. La creación de una clase media tibetana, más alejada del fervor religioso y capaz de aceptar el statu quo, constituye su última esperanza.
 

La conmemoración del cincuenta aniversario de la huida del Dalai Lama a India ha reiterado el debate público sobre el presente y futuro de la presencia china en Tibet. La fuga del Dalai Lama significó entonces (1959) el fracaso del compromiso del gobierno chino, proclamado en 1949, con las elites tibetanas (los llamados “diecisiete puntos” de 1951), tanto religiosas como aristocráticas, siempre reacias a aceptar cualquier mínima reforma. En los años siguientes, Mao desplegó una fuerte campaña ideológica respaldada por una activa política de redistribución de tierras entre los campesinos. Pese al tiempo transcurrido, el gobierno chino está lejos de haber encontrado un modus vivendi aceptable en la región.

Se diría que China lo ha intentado casi todo para lograr dominar las reivindicaciones secesionistas en Tibet. A diferencia de las primeras décadas de la República Popular China, cuando la fuerte ideologización maoísta era sinónimo de una severa represión, la reforma y apertura iniciada a la muerte de Mao abrió otras expectativas, especialmente en los años ochenta, cuando Deng Xiaoping retoma el diálogo con los emisarios del Dalai Lama y autoriza hasta tres misiones del exilio que se desplazan al Tibet, originando episodios de gran entusiasmo popular. Durante el mandato de Hu Yaobang, secretario general del PCCh entre 1981 y 1987, se producen algunos avances como cierta recuperación de la lengua tibetana (que vuelve a las escuelas), la paralización temporal de la inmigración de la mayoritaria nacionalidad han (que representa el 93% de la población de China), la liberación de presos o la apertura al turismo. En paralelo, Hu, que llegó a calificar de “colonial” la política maoísta, impulsó también una progresiva participación de los tibetanos en la administración de la región autónoma, si bien la mayor parte de los cargos de responsabilidad seguían en manos de los han. A finales de la década, la defenestración de Hu Yaobang significa para Tibet el regreso a la represión abierta, liderada por Hu Jintao, actual presidente de China y secretario general del PCCh, quien en marzo de 1989 decretó la ley marcial.

Cuando no pocos dirigentes chinos creían reducido el problema tibetano a la acción “diplomática” del Dalai Lama en el exilio (muy intensa a pesar de que ningún Estado reconoce oficialmente su gobierno), la revuelta de marzo de 2008 les vino a recordar sus profundas raíces internas, afeando ante el mundo los grandes avances económicos y tecnológicos que China aspiraba a presentar como señal de identidad en plena efervescencia olímpica.

La más reciente estrategia china en relación a Tibet pone el acento en la modernización de sus infraestructuras y en el reforzamiento de su integración económica con el resto del país. La línea férrea Qinghai-Tibet, inaugurada en el verano de 2006, simboliza ese nuevo tiempo, marcado por el fomento de la asociación de cultura identitaria y turismo, con el objeto de diluir progresivamente la fuerte religiosidad tibetana. La creación de una clase media tibetana, más alejada del fervor religioso y capaz de aceptar el statu quo, constituye su última esperanza.

Cualquiera que haya visitado Tibet habrá podido percibir con claridad las notorias diferencias existentes entre los han y los tibetanos. Más allá de la simple apariencia física y forma de ser, producto de modos de vida y de relación con el espacio físico totalmente diferentes, frente a la inagotable mística tibetana, el pragmatismo y la búsqueda de la armonía y el orden en la Tierra de los han, se confrontan, a simple vista, como la noche y el día. Hoy día, en Lhasa, mientras los musulmanes hui construyen las obras públicas, los han negocian y los tibetanos siguen con sus rezos, pendientes del estado de su espíritu y con la mirada puesta en el cielo.

Una región de gran importancia estratégica

El interés de China por el Tibet, que reivindican como propio desde el siglo XIII cuando supervisaba dicho territorio (que entonces abarcaba vastas porciones de las hoy regiones de Sichuan y Qinghai) a través de enviados imperiales, obedece a varias razones. En primer lugar, estratégicas y militares, ya que su dominio le permite protegerse de forma contundente y definitiva frente a cualquier amenaza que pueda venir de India, un rival histórico. La planicie tibetana proporciona un acceso privilegiado a todo el subcontinente indio. Por otra parte, los recursos naturales tibetanos son de especial valor para China. No olvidemos que conserva el 30% de las reservas hidráulicas de China. Aquí nacen sus principales rios, valiosos por su capacidad de irrigación de las zonas agrícolas, pero también por tratarse de ejes comerciales y económicos de toda la China central. Dominando el curso superior de estos rios (no solo en relación al espacio chino, sino también de Indochina, India, Birmania o Pakistán), se asegura una influencia muy importante. Igualmente, las reservas de riquezas naturales (oro, plata, cobre, cromo, uranio, litio….) son de valor vital para una China en pleno crecimiento. La biomasa forestal, en otro tiempo la segunda en importancia de China, ha sido diezmada en las últimas décadas, lo que ha obligado a efectuar nuevas replantaciones de árboles, hoy en fase incipiente, para frenar la desertización.

Para justificar su empeño modernizador, las autoridades chinas recuerdan el carácter feudal del Tibet tradicional. Este año, por primera vez, el 28 de marzo se celebrará el Día de Emancipación de los Siervos, festivo en Tibet. La nobleza tibetana poseía tanto tierras como las aldeas o las poblaciones nómadas que en ellas vivían, ejerciendo una dura represión contra todos aquellos que se aventuraban a organizar movimientos democráticos y republicanos (como ocurrió en los años 30 del pasado siglo con Lungshar, antiguo ministro y favorito del 13º Dalai Lama). Al lado de la nobleza laica, los monasterios no solo eran lugares de culto religioso sino entidades señoriales que poseían miles de siervos cuya principal función consistía en alimentar a los monjes.

El fracaso de la estrategia de represión conduce, a modo de alternancia, a la búsqueda de nuevas formas de conquista y seducción de la población tibetana. En las últimas décadas, se trata, sobre todo, de mejorar su nivel de vida con la esperanza de que ello permita reducir la influencia de los partidarios de la independencia y quebrar el control religioso que funciona a modo de coraza frente a la influencia han. En lo político, por el contrario, pocas cosas se mueven. La autonomía ofrecida por Beijing es nominal, sin apenas contenido efectivo, y siempre mediatizada por el jefe local del PCCh, en quien radica el auténtico poder.

En los últimos años, en el orden académico se han promovido estudios y debates para afrontar la reforma de las autonomías chinas, cinco en total (Tibet, Xingjiang, Mongolia interior, Ningxia y Guangxi), pero con escasa traducción, por el momento, en la dimensión política, ante el temor a sus consecuencias. No obstante, es una exigencia básica de la modernización del Estado y figura en el catálogo democratizador de los próximos años, una hoja de ruta que el PCCh ha comenzado a dibujar en el XVII Congreso, celebrado en el otoño de 2007.

A favor de un impulso autonómico, China podría tener la reiterada renuncia a la independencia del movimiento tibetano. Pero Beijing denuncia como falacia esta postura, asegurando la existencia de una agenda oculta (reivindicación del Tibet histórico, expulsión de las tropas chinas, control de la inmigración) que impide cualquier acuerdo. Por otra parte, el proceso de democratización iniciado en los años 1960 en el movimiento tibetano en el exilio, con una separación de poderes formalmente asentada que, no obstante, sigue entronizando al Dalai Lama como máxima figura de esta peculiar teocracia, plantea cuestiones de difícil resolución en el sistema político vigente en la República Popular China. Pese a la modernización que supuso la entrada en vigor de la Constitución provisional de 1963, adoptada en el exilio, hoy nada impide que a la muerte del actual Dalai Lama, otro monje destacado pueda ser elegido como jefe del Estado de los tibetanos. La única diferencia con respecto al sistema vigente desde hace más de tres siglos es que la asunción de esta responsabilidad no será automática, sino legitimada democráticamente.

Esa delicada separación entre religión y política no solo afecta al budismo tibetano, sino también, paradójicamente, al comunismo oficial chino. Obsesionados con la necesidad de controlar el proceso de reencarnación para influir en la escala de poder tibetano, inspirándose en las reformas introducidas por el emperador Qianlong en el século XVIII, el PCCh se ha aventurado a designar un Panchen Lama (la segunda jerarquía en el budismo tibetano) afecto a sus tesis, mientras el designado por el Dalai Lama se encuentra en manos del gobierno chino y en paradero desconocido. Esa intromisión partidaria en los asuntos religiosos se produce en China en todas las demás confesiones, incluida la católica, y, en este caso, es el principal obstáculo para normalizar las relaciones con el Vaticano, uno de los pocos estados que aún reconoce diplomáticamente a la República de China (Taiwán). La confusión generada por la existencia de dos Panchen Lama podría extenderse a la figura del Dalai Lama, al fallecimiento del actual.

Dos diplomacias en conflicto

En el libro blanco sobre los 50 años de reforma democrática en Tibet, publicado recientemente por el gobierno chino, se acusa a Occidente de utilizar este problema para dañar la imagen de China en el mundo. Ciertamente, es sorprendente comprobar las simpatías que despierta el Dalai Lama en numerosas capitales occidentales, por lo general, muy escasamente comprometidas con las reivindicaciones de otros movimientos nacionalistas. El recuerdo de los programas desestabilizadores de la CIA de los años sesenta, que contaron con el auxilio de dos hermanos del actual Dalai Lama, es recordado con frecuencia.

La cuestión tibetana va camino de convertirse en la exigencia número uno de la diplomacia china para acceder al establecimiento de vínculos cooperativos con otros países. La normalización de las relaciones con las autoridades taiwanesas, con quienes negocia una tregua diplomática, convierte la cuestión tibetana en la más delicada para su diplomacia. El asedio internacional al gobierno tibetano en el exilio y la exigencia de una postura neutral y distanciada en este asunto se han erigido en actitudes prioriarias de los representantes chinos en el exterior.

Durante las recientes sesiones de la Asamblea Popular Nacional, el macrolegislativo chino, Yang Jiechi, ministro de exteriores, urgió a los gobiernos extranjeros a “no permitir que el Dalai Lama visite sus países o use sus territorios para realizar actividades separatistas”. Eso es lo que esperan de cualquier país interesado en preservar sus vínculos con China. Por esta razón, Beijing tiene prácticamente congeladas las relaciones con Francia (Sarkozy se reunió con el Dalai Lama en diciembre pasado), que ha sido marginada de las grandes misiones comerciales impulsadas por China en los últimos meses en Europa (sin posición uniforme tampoco en este asunto) para ayudar a superar la actual crisis económica internacional (también evitaron Italia donde la ciudad de Roma le nombró ciudadano honorario).

El futuro

¿Cómo puede evolucionar la cuestión tibetana en los próximos años? El gobierno chino confía en que la combinación de represión selectiva, multiplicación de la propaganda, promoción de la expansión demográfica han y modernización económica contribuya a desmoronar la cohesión tibetana o a reducir su significación política. La avanzada edad del Dalai Lama sugiere un inminente escenario de confusión que podría agravar la incertidumbre, favoreciendo escenarios de eclosión de los grupos más radicales, hoy básicamente acallados y sometidos por la autoridad moral y política del Dalai Lama. La intensificación del recurso a la violencia frente a la presencia china constituiría una clara expresión de la impotencia tibetana y podría dañar la imagen internacional de su causa.

El diálogo encuentra como principal obstáculo el inmovilismo político chino y de continuar así, todo indica que habrá problema tibetano por mucho tiempo. Conducido por figuras de escasa relevancia política y controlado por los sectores más duros del régimen y los militares, el fracaso forma parte de su planificación. La disposición a negociar de Beijing aparenta un simulacro de buena fe destinado a calmar las críticas occidentales, pero carece de voluntad política suficiente. Para China, lo más importante en el actual tiempo histórico es no dar muestra alguna de flaqueza. La “unidad nacional” es un objetivo sagrado para quienes creen tener al alcance de la mano la superación del legado histórico de una decadencia que hizo posible la pérdida y segregación de partes significativas de su territorio. La reunificación de toda la nación china es la otra cara de la reforma. Por ello, es más posible avanzar hacia una Confederación con Taiwán que hacia una autonomía apreciable en Tibet. La primera permite arbitrar fórmulas de unión, la segunda, a ojos chinos, despierta las dudas sobre el mantenimiento de la unidad. El presidente chino Hu Jintao ha llamado a construir una Gran Muralla contra el separatismo y en defensa de la unidad de la patria. En el democrático Taiwán, el KMT, a diferencia del opositor e independentista PDP, respalda la política continental en relación a Tibet.

El freno a las reivindicaciones tibetanas supone también un rotundo aviso a otras nacionalidades minoritarias, especialmente a los uigures de Xingjiang, unos 8,3 millones de musulmanes que viven en la vasta zona fronteriza con Asia central, inmersos en una estrategia violenta que ha alertado a los responsables militares chinos. El portavoz del ministerio de Defensa, Hu Changming, advertía al presentar el último informe sobre la defensa nacional que “no habrá compromiso ni tolerancia” con los rebeldes del Turquestán oriental. En dicho documento se reconoce que el separatismo constituye la más grave amenaza a la unidad de la nación y un desafío para las fuerzas de seguridad. Xingjiang se convirtió en 2008 en la segunda mayor base de producción de crudo de China, solo por detrás de Heilongjiang. Sus reservas de petróleo y gas se cifran en 20.900 millones de toneladas y 10,8 billones de metros cúbicos, respectivamente.

El auge del nacionalismo chino o propiamente han estimula la incomprensión y rechazo social de las demandas tibetanas. En la sociedad crecen los sentimientos discriminatorios y hasta racistas frente a aquellas nacionalidades que no se “contentan” con todo cuanto “hacen por ellos”.

La única forma de superar el asedio que actualmente experimenta China por la cuestión tibetana consiste en generar las condiciones para crear una nueva lealtad basada en el respeto a la identidad tibetana y a su autogobierno. Beijing ha dado muestras de una inusitada y sorprendente creatividad a la hora de innovar fórmulas y mecanismos para propiciar un espectacular desarrollo económico. Incluso en lo político-territorial, la ausencia de dogmas para resolver problemas como la retrocesión de Hong Kong o la devolución de Macao, o la flexibilidad sugerida a la hora de encarar el problema taiwanés, aún siempre partiendo de la existencia de una sola China, contrastan con la deliberada incapacidad mostrada en relación a la problemática de las nacionalidades minoritarias en general y de la tibetana en particular. Los intentos de resolver los problemas relacionados con la unidad política tratando de reducir la diversidad y sus exigencias de desarrollo y vertebración a meros problemas etnológicos o antropológicos, difícilmente traerán la calma.

 
 

Xulio Ríos,
es director del Observatorio de la Política China

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