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Que fue del maoísmo en España
Xulio Ríos (Le Monde Diplomatique en español, 01/10/2009)

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Mientras en Pekín resuenan las celebraciones por el sexagésimo aniversario de la proclamación de la Nueva China (1949), enfrascada desde 1978 en un nuevo tiempo marcado por una gigantesca transformación en casi todos los órdenes que algunos han llegado a calificar de “segunda revolución”, en España apenas quedan restos de la influencia del ideario maoísta que a partir de los años sesenta infundió otra inspiración a las izquierdas de desobediencia soviética en toda Europa y el mundo. Diluido el candor maoísta y escépticos ante el nuevo rumbo tomado por el Partido Comunista de China (PCCh) bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, justamente al mismo tiempo que en España se iniciaba la transición democrática, el destino de aquellos movimientos ha sido muy variopinto, sin que dejen de sorprender militancias de alto nivel de esta izquierda en el aparato no ya del PSOE o IU sino hasta del PP (la ex ministra de Educación del PP, Pilar del Castillo, por ejemplo), si bien muchos otros, la inmensa mayoría, han derivado su militancia a los nuevos movimientos sociales, buscando especialmente  la influencia cívica de carácter no partidista.

El maoísmo entró en conflicto abierto con el comunismo soviético a comienzos de los sesenta y aún compartiendo ideas muy importantes con él, se desmarcó en puntos esenciales como las relaciones con Estados Unidos, las formas de lucha que debían emplearse para transformar las sociedades o la evaluación del papel desempeñado por Stalin. Como expresión de la influencia del marxismo chino proliferaron en casi todo el mundo grupos maoístas.

Así, el maoísmo en España se articula en los años sesenta en torno a lo que podríamos calificar de extrema izquierda crítica con la URSS, reafirmando una intensa vocación revolucionaria frente al discurso revisionista procedente de Moscú. El detonante que sirvió de impulso a este proceso es la ruptura sino-soviética que se agudiza a partir del XX Congreso del PCUS celebrado en 1956. La desestalinización y la institucionalización de la bipolaridad con Washington, junto con la resolución de los partidos comunistas europeos de integrarse en la vida política parlamentaria de las democracias occidentales abandonando el proyecto revolucionario son factores que propician la emergencia de las agrupaciones maoístas, claramente situadas a la izquierda de los partidos comunistas tradicionales (1), en un momento de gran tensión política no solo en el mundo desarrollado (mayo francés, guerra de Vietnam, igualdad racial) sino también en el bloque soviético (primavera de Praga), en el Tercer Mundo y en la propia China, a las puertas de la Gran Revolución Cultural del Proletariado (1996-1976).

Los rasgos comunes que caracterizan la ideología de aquella izquierda revolucionaria podríamos resumirlos con Josepa Cucó i Giber, en los siguientes. Primero, su carácter revolucionario, insistiendo en la transformación radical del orden social, la destrucción del Estado burgués y la instauración de la dictadura del proletariado. Segundo, el partido se conceptúa como una formación que agrupa a revolucionarios profesionales, totalmente entregados a la causa de la emancipación obrera para alcanzar el socialismo. Tercero, rechazo absoluto de la democracia burguesa como fase intermedia e inevitable en el camino hacia el socialismo. Cuarto, el antiimperialismo, que enfatiza su afinidad con los movimientos de carácter revolucionario en curso en el Tercer Mundo, idealizados como la última esperanza para identificar un proceso auténticamente emancipador y capaz de disipar las frustraciones causadas por la deriva soviética. (2)

Durante la década de los sesenta y principios de los setenta, el maoísmo exportó tres grandes ideas a los revolucionarios europeos, que contribuirán de forma decisiva a la formación en España de las principales corrientes agrupadas en torno al PTE (Partido del Trabajo de España),  la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores) y el MC (Movimiento Comunista) (3). La primera es la denominada línea de masas, que además de exaltar la indispensable humildad de los auténticos revolucionarios, destacaba la importancia de fundirse con ellas para confirmar la corrección de la política elaborada por el partido: “de las masas a las masas” era la consigna que resumía la clave del proceder político del maoísmo organizado. La segunda idea, siguiendo a Del Río, es la “revolucionarización ideológica”, una proclama que incide en la necesidad de una auto mejora individual permanente, de la autotransformación, sin la cual es imposible el cambio social, que debe empezar por uno mismo como ejemplo de la posibilidad y virtud del “hombre nuevo”. En tercer lugar, la importancia concedida a la critica y a la autocrítica como mecanismo llamado a consolidar la franqueza y la lealtad absoluta como valores irrenunciables del buen comunista, siempre en permanente estado de tensión para aportar la máxima energía al proceso revolucionario fortaleciendo la disponibilidad y la entrega personal absoluta, un mecanismo que derivó en instrumento clave de las luchas internas de poder con resultados catastróficos en la gestión de la pluralidad interna.

La asunción a pies juntillas de tal credo dio lugar a procesos de proletarización voluntaria no solo como resultado de la necesidad orgánica de situar militantes avanzados entre la clase obrera para fomentar la elevación de su nivel de conciencia y autoorganización sino como un ejercicio de coherencia con el papel atribuido a la clase trabajadora como eje y motor del cambio social.

La entrega total, la plasmación de organizaciones de corte leninista, basadas en el centralismo democrático y dotadas de una fuerte disciplina, son características de estos movimientos (4), reforzados en dichos trazos diríase que hasta la exacerbación en función de las condiciones de clandestinidad en la que debían desarrollar su actividad en la España de la dictadura fascista. El elevado compromiso de la militancia y su entrega total a la causa bebe directamente en las fuentes maoístas que promueven la adhesión absoluta como virtud del gran revolucionario y expresión de una generosidad y altruismo sin límites. El énfasis en los valores y en la moral, aspectos siempre realzados por el maoísmo, están muy presentes también en buena parte de la extrema izquierda, animados por cierta vocación heroica y la disposición al sacrificio personal en aras del éxito del proyecto.

Las expresiones orgánicas

Sin ánimo de hacer un inventario exhaustivo de las organizaciones que en España abrazaron el ideario maoísta, cabe citar, al menos, al PTE (Partido de los Trabajadores de España) y al MC (Movimiento Comunista), si bien en mayor o menor medida, en los años sesenta y setenta, existieron numerosos grupos de signo menor afectos a esta línea de pensamiento que alternaban los procesos de escisión y unificación. Cabe destacar también que los manuales editados en Pekín formaban parte del proceso de autoformación de la militancia de izquierdas de numerosos movimientos, incluidos nacionalistas, sin que ello permita adscribir en plenitud dichas formaciones a este ideario.

El Movimiento Comunista (1972-1991) surge de una escisión de ETA en 1967, siendo despectivamente calificados de “españolistas” por su defensa de una mayor aproximación a la izquierda obrera representada por otros grupos comunistas de otros territorios del estado. Su mayor implantación radica en Euzkadi, aunque también cuenta con militancia en Asturias, Aragón, Galicia, Madrid o Barcelona, cobrando un gran impulso a comienzos de los años setenta. Su tendencia maoísta inicial, claramente reflejada en el nombre de su primera publicación periódica, “Servir al pueblo”, fue evolucionando hacia una posición equidistante de las diferentes corrientes imperantes, diferenciándose por su posición más abierta en relación a los nacionalismos o en una mayor sensibilidad hacia fenómenos nuevos como el feminismo. El MC, actuando en ocasiones conjuntamente con la LCR (Liga Comunista Revolucionaria) desempeñó un papel significativo en los movimientos sociales surgidos en los años ochenta, en especial en las movilizaciones contra la OTAN. La fusión en los años noventa con LCR, de tendencia trotskista, duró poco, y la ruptura condujo a buena parte de su militancia a integrarse en las filas del nacionalismo gallego, vasco o catalán, si bien otros optaron por reafirmar su contribución al desarrollo del pensamiento crítico a través de ONGs y colectivos diversos.

En cuanto al Partido del Trabajo de España (PTE), fue el resultado de una escisión del PSUC que junto a otros colectivos fundaron en 1967 el Partido Comunista de España (Internacional), siguiendo la línea maoísta. En 1975 pasa a llamarse PTE, adoptando una estructura federal y agrupando a colectivos de menor significación pero muy activos socialmente como “Lucha de Clases” o “Larga Marcha”, entre otros, proceso que culmina en 1979 con la unificación con la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores), surgida en Euzkadi en 1969 a partir de la católica Acción Sindical de Trabajadores. Su influencia era notoria en las grandes concentraciones industriales del país y en el campo andaluz, siendo los artífices de entidades como la Confederación Sindical Unitaria de Trabajadores, de la que formaba parte el Sindicato Obrero del Campo (SOC) de Andalucía. También contaba con una organización juvenil, la Joven Guardia Roja de España Los malos resultados electorales cosechados a partir de 1977, ya sea presentándose en coalición o en solitario, precipitaron su disolución al inicio de la transición.

La proximidad a los nacionalismos periféricos se explica tanto en razón de su origen histórico como por la inclusión en su programa del derecho a la autodeterminación de los pueblos, principio que, paradójicamente, estaba descartado en la Nueva China, partidaria de la autonomía de las “minorías étnicas”. La incorporación a su ideario del nacionalismo de izquierdas facilitó finalmente, tras la disolución, que destacados militantes se integraran en sus filas donde aun ostentan cargos de influencia.

Crisis y declive con la transición democrática


El inicio de la transición política en España afecta de forma medular a la izquierda maoísta, sumida en un proceso de constante crisis que agrava su desencantamiento y declive. Después de una primera etapa en la que cabe destacar su preocupación por las aportaciones teóricas y sus implicaciones en la lucha social, tanto estudiantil como obrera, inicia su colaboración con otras fuerzas de la oposición pero sin abdicar por ello de su propio discurso. También participa en las campañas electorales, si bien alejándose de cualquier hipótesis de pacto con la derecha, aspecto si asumido por la izquierda oficial liderada por los partidos socialista y comunista. Esa coherencia derivó en una rápida pérdida de protagonismo y la subsiguiente marginalidad, un proceso que se agudizó a la vista de los resultados de las elecciones de junio de 1977, cuando no obtienen ni un solo escaño. No obstante, cabe destacar su presencia a nivel municipal, especialmente en Andalucía.

Su condición extraparlamentaria acentúa el inevitable debilitamiento que en unos casos lleva a la disolución, a fusiones (incluso inestables como la fraguada con los trotskistas) o simplemente la marginalidad, transformados en minorías políticas que evolucionan hacia fórmulas de resistencia de distinto signo alejadas del juego político formal. Sin una organización explicita a nivel estatal, sus fragmentos subsisten de forma autoorganizada y autónoma, convergiendo en diferentes movimientos sociales de signo territorial autonómico (Revolta, Acción Alternativa, Inzar, Liberación…) que le sirven para mantener vivas las afinidades, contactos e intercambios que hoy día desembocan en nuevos movimientos, siempre alejados de aquellos sectores de izquierda instalados en el tradicionalismo hegemónico y carentes de la flexibilidad creativa que han podido exhibir estos a lo largo de las últimas décadas.  

En paralelo, en China, la desafección propiciada por una política de reforma y apertura que reniega y combate el proceso de exacerbación ideológica del maoísmo sin importarle ahora que el gato sea blanco o negro con tal de que cace ratones, liquida el interés que en otro tiempo pudiera existir por mantener algún tipo de contacto o vínculo con estos sectores, salvo cuando pueden servir de enlace para abrir paso en el exterior a su nueva estrategia de internacionalización económica. De hecho, tampoco han faltado maoístas en España entre quienes se sumaron en los años ochenta y noventa al desarrollo de las relaciones empresariales entre ambos países.

 
 

Xulio Ríos,

director del Igadi y del
Observatorio de la Política China
(
Casa Asia-Igadi).

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Citas:

  1. Cucó i Giner, Josepa, La izquierda de la izquierda. Un estudio de antropología política en España y Portugal. Papeles CEIC, Volumen 2007/1.

  2. Idem. anterior.

  3. Del Rio, E- “Influencia de la Revolución Cultural china en la izquierda europea y latinoamericana”, en Izquierda e ideología, Madrid: Talasa, pp. 127-150.

  4. Laiz, C., La lucha final. Los partidos de la izquierda radical durante la transición española, Madrid, 1995, Los Libros de la Catarata.

 

 
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