| China en el palmarés mundial Xulio Ríos (Argenpress, 28/07/2008) |
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Pocos tienen dudas de que estos juegos sorprenderán por su nivel de organización y realización. Con ellos, China pretende significar el éxito del camino recorrido en las últimas décadas para superar las más duras condiciones de atraso y sumarse, a marchas forzadas, a un mundo desarrollado en el que aspira a influir en la conformación de las propias reglas de juego. Pero no todo será fiesta. A cierto cansancio e incomodo por las severas trabas a soportar, se une el pesar por el duro terremoto de Sichuan y sus efectos, y también la preocupación por ciertas dificultades en la evolución económica y la persistencia de tensiones sociales. Respeto a las primeras, cabe señalar la importancia de la inflación, en la actualidad muy por encima del 4,8% que el gobierno fijó para finales de año, y que está a incidir, fundamentalmente, en los precios de la alimentación, que experimentaron subidas espectaculares en registros básicos como la carne de cerdo. Respeto a las segundas, la multiplicación de incidentes (en Guizhou, Yunnan, Guangdong, Zhejiang) que presentan como denominador común el recurso a la violencia por parte de masas enfurecidas que desconfían de la ecuanimidade de las autoridades, deja entrever las dificultades del régimen para que el discurso de la “armonía” cale socialmente cuando las desigualdades y la corrupción siguen campando a sus anchas. La celebración de los Juegos coincide con la llegada del proceso chino a cierta madurez. Treinta años después de iniciada la política de reforma y apertura, en lo interno, la apuesta por un nuevo modelo de desarrollo que acentúe la importancia de las nuevas tecnologías y de la ciencia, del respeto al medio ambiente, del ahorro energético, de la creación de un mercado interno efectivo, etc, sugieren que aquel tiempo de la China como “taller del mundo” tiene los días contados. En lo externo, esa expresión de un desarrollo de mayor calidad, refleja la disposición a asumir mayores responsabilidades globales, pero con un discurso que, en cualquier caso, no parece dispuesto a secundar a ciegas las propuestas del mundo rico. China apostó por los Juegos como una vía de reencuentro con un mundo del que estuvo aislada durante siglos. Ese aislamiento fue una de las causas esenciales que la precipitó en la decadencia y por esa razón nunca más dará la espalda al exterior. Pero también el resto del mundo, que ignora profundamente sus pautas culturales, debe esforzarse por comprender las muchas singularidades chinas que habitan su universo sin dejarse llevar por los maniqueísmos de quienes, interesadamente, desprecian la riqueza del pensamiento chino, diferente, que hoy vuelve a irrumpir con fuerza, incluso de la mano de quienes siempre lo combatieron. La reivindicación de la ética y de la moral como condición primordial para la gestión política, reclamo que formula Hu Jintao, debe más a la teoría de gobernar de Confucio que al marxismo leninismo que aún formalmente inspira los estatutos del PCCh. Y si esa clave la incorporamos sin prejuicios ni ignorancia, nos daríamos cuenta de que “Un mundo, un sueño”, el slogan de estas Olimpiadas, en ningún caso puede significar la evidencia de un ansia que ambiciona imponer una única interpretación del mundo (frente a “miles de sueños”), porque la armonía presupone, como requisito, la diversidad y rechaza, por principio, cualquier hipótesis de uniformidad. Le quedan aún muchas vallas por superar a esta China, pero todo indica que estará en el palmarés mundial. También de las Olimpiadas. |
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