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China: nuevo discurso y viejos equilibrios
Por Xulio Ríos (Brecha, 26/10/2007)
 
 

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Por otra parte, Zheng Qinghong (en la foto), según algunos desmarcado de Jiang, en tiempos su “padrino”, para liderar su propia facción, la de los “príncipes rojos”, había decidido no postularse a la reelección, promoviendo a un hombre de su confianza, Xi Jingping, jefe del partido en Shanghai, en sustitución de Chen Liangyu, del clan de Jiang, acusado de corrupción.
 
Clausurado el XVII Congreso del Partido Comunista de China (PCCh), el compromiso parece haber sido el elemento determinante que más ha influido en sus decisiones principales. Hu Jintao, el secretario general, presidente del Estado y de la Comisión Militar Central, ha logrado, como se esperaba, un triunfo importante al ver el grueso de sus tesis estampadas en los estatutos del PCCh, si bien sus referencias a la sociedad armoniosa han debido ser retiradas por su rancio sabor confuciano que aún provoca ciertas resistencias en algunos sectores del Partido, durante años involucrados en reiteradas campañas políticas y de educación ideológica, precisamente orientadas a combatir dicho pensamiento, que no pocos responsabilizaron del atraso y el decaimiento del antiguo Imperio del Centro. A cambio, Hu Jintao ha visto refrendar su llamamiento a convertir la cultura china en un pilar esencial del llamado “poder blando” del país. La apuesta por un nuevo modelo de desarrollo, asentado en la innovación científica, en la corrección de los desequilibrios y las desigualdades, ha pasado a formar parte del vademécum de la reforma para los próximos años, con objetivos definidos que en torno a 2020 harían de China una sociedad acomodada. Hasta entonces los índices sociales experimentarán una progresiva mejora.

En cuanto al poder, al inicio de las sesiones, cuando Jiang Zemin, su antecesor, apareció en la tribuna al lado de Hu Jintao y se confirmaba la condición de Zheng Qinghong como secretario general del XVII congreso, se multiplicaron las dudas acerca del grado de control del Partido por parte de Hu Jintao. ¿Se trataba de una puesta en escena de la unidad como clave para avanzar en el nuevo período “crucial”, un loable gesto de reconocimiento por parte del vencedor absoluto antes del inevitable abandono de sus rivales o quizás la evidencia palpable de que Hu tendría que negociar y mucho la composición futura de la dirección entrante? En los últimos meses, las invocaciones de Hu al estudio del pensamiento de la triple representatividad, atribuido a Jiang Zemin, se habían combinado con severos reveses para significadas personas afectas a su clan. Por otra parte, Zheng Qinghong, según algunos desmarcado de Jiang, en tiempos su “padrino”, para liderar su propia facción, la de los “príncipes rojos”, había decidido no postularse a la reelección, promoviendo a un hombre de su confianza, Xi Jingping, jefe del partido en Shanghai, en sustitución de Chen Liangyu, del clan de Jiang, acusado de corrupción. Ambos indicios presagiaban mayores dificultades de las esperadas por Hu para consumar sus objetivos. Por otra parte, en los procesos electivos desarrollados a nivel provincial, una tendencia clara parecía afirmarse: menos integrantes en los comités permanentes para facilitar una mayor socialización de las decisiones, acompañados de una mayor transparencia y rendición de cuentas, tímidos impulsos de la democratización bendecida por Hu. En la cúpula de esta pirámide de más de 70 millones de miembros no ha ocurrido así.

Hu siempre se ha manifestado como un hombre de poder. Al confirmarse su elección como secretario general, en 2002, al año siguiente accedió a la Presidencia del país y no cejó en su empeño hasta lograr el control del Ejército en 2004, venciendo las múltiples resistencias de Jiang Zemin, quien soñaba con heredar la autoridad de Deng. A Jiang, su consolidación al frente del PCCh no le llegó hasta 1997, ocho años después de asumir funciones en la resaca de los graves sucesos de Tiananmen. Y lo que Hu logró en cinco años, incrustarse en los propios estatutos del Partido con su “desarrollo científico”, a Jiang le llevó trece años.

La posición de Hu es sólida. Pero, ¿es coherente el liderazgo resultante del XVII Congreso con su poder o es una muestra de su relativa debilidad? Pudiera pensarse que al reivindicar la armonía interna y externa y anunciar un tiempo de grandes cambios y profundos desafíos, Hu no podía eludir la plasmación de un cierto consenso en la cumbre, en la que se percibe con nitidez la persistente influencia de Jiang Zemin y de Zheng Qinghong. Ello tiene sus riesgos, porque la sucesión, hoy quizás decantada por su favorito, Li Keqiang, formado en la Liga de la Juventud Comunista, el vivero de Hu Jintao, no queda del todo cerrada, si bien la habilidad demostrada por Hu en el manejo de los cenáculos del poder chino, le proporciona una proyección aceptable y aceptada por sus competidores quienes también parecen haber aprehendido las claves del nuevo tiempo, tan sencillas y tan viejas como la propia cultura china: adaptarse para sobrevivir. Esa adaptación, que Hu se apresta a teorizar en los años venideros insuflando presuntos aires democratizadores en las anquilosadas estructuras del sistema, marcará el compás de buena parte del comportamiento político chino.

En suma, Hu logró la unanimidad de los congresistas para su discurso. Convenció, pero solo pudo vencer a medias. El compromiso se ha impuesto y la etapa de liderazgo colectivo que se abre con el horizonte de 2012 implicará una transformación profunda ya que, entonces, solo dos miembros del actual Comité Permanente, los más jóvenes, podrán continuar para liderar la asunción de funciones de la quinta generación.

 
 

Xulio Ríos,
director del Igadi y del
Observatorio de la Política China
(
Casa Asia-Igadi) y autor de “Mercado y control político en China
(La Catarata, 2007).

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