| China e o mundo chinés |
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| El reformista Hu Jintao Por Xulio Ríos (El Periódico, 13/11/2005) |
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En un país de más de mil trescientos millones de habitantes, sólo uno tiene en sus manos todo el poder. La obsesión por asegurarse el máximo poder hunde sus raíces más allá del maoísmo y obedece a una larga tradición en la historia china. Se cuenta que en los comienzos de la dinastía Song (960-1279), el emperador Zhao Kuangyi, después de exaltar sus buenas relaciones con los principales ministros y generales a su servicio y lamentar las pocas ocasiones que tenía de explicitarlo debido a las numerosas ocupaciones del cargo, sorprendió a todos al afirmar que desde su acceso a la condición de emperador no conseguía dormir bien (curiosamente, también Mao, según coinciden todos sus biógrafos, tenía grandes dificultades para conciliar el sueño). Cuando uno de sus generales le preguntó cual podía ser la causa de tanto desvelo, el emperador no vaciló al contestar: "piensen un poco: el trono del emperador es único. ¿Quién no lo quiere para sí? Pensando en esto, no duermo tranquilo". Sus ministros y generales se deshicieron en garantías y apoyos inquebrantables, pero Zhao optó finalmente por lo que dio en llamar la prevención: "es mejor que me entreguen sus poderes, así evitaremos que los subalternos sueñen con hacerlos reyes y por otro lado, evitaremos los recelos entre nosotros". Hu Jintao no ha sido fruto de la casualidad, sino de una perseverante preparación inspirada por el propio Deng Xiaoping, quien convirtió la sucesión en Hu en una autentica disposición testamentaria que nadie se ha atrevido a contrariar. Algunos, dentro y fuera de China, esperaban de él un programa de mayor democracia política, con elecciones internas, mayor énfasis en la separación de poderes o una mayor libertad en los medios de comunicación que pudiera reforzar su credibilidad. En vísperas de su acceso a la jefatura del Ejército, expresaba su rechazo a un modelo democrático a la occidental, una negativa que ha reiterado en más de una ocasión. Esa reforma política no está en la agenda de Hu Jintao, expresando una clara línea de continuidad con la concepción de su mentor, Deng Xiaoping. Mostrándose más como fiel discípulo que como nuevo maestro, la imagen de Hu es no obstante mejor que la de sus predecesores. Su insistencia en una mayor armonía social, en la superación de los profundos desequilibrios y desigualdades existentes, en la reducción del desempleo, la lucha contra la corrupción o las nuevas epidemias, incluso el audaz giro auspiciado en las relaciones con la oposición taiwanesa, le han granjeado una cierta simpatía popular. Se quiere ver en él a un dirigente con imagen propia y distinta, que el mismo acompaña de gestos equilibradotes de reivindicación de las tradiciones revolucionarias del Partido, sabedor de los peligros internos que encierra la atribución de veleidades reformistas. ¿No puede hacer más porque la correlación de fuerzas en el Partido le es desfavorable o su era va a carecer de relevancia por falta de un proyecto propio? Poco a poco, Hu Jintao ha conseguido ir mejorando su posición en el seno de la dirigencia china. El mismo preside los más importantes Grupos centrales de dirigentes, y ha promovido, tanto en el poder central como regional, a numerosos cuadros de la Liga de las Juventudes, su principal pilar de apoyo político. La alianza con el primer ministro, Wen Jiabao, le ha permitido reducir progresivamente el peso político de su mayor rival, Zeng Qinghong, quien ocupa una posición clave en la estructura del PCCh, evitando el cara a cara, pero ejerciendo una presión eficaz para abrir camino a algunos cambios. Ahora bien, Hu Jintao, al igual que sus antecesores, está convencido de que para gobernar China y asegurar la estabilidad política del país, indispensable para culminar con éxito la estrategia reformista, es fundamental asegurar la supremacía del partido único y afirmar la unidad de la dirección política. Si todo va bien, le quedan aún siete años por delante, pero en ese tiempo no avanzará en ninguna reforma que ponga en peligro esos dos principios. La naturaleza y el objetivo de las pequeñas y parciales reformas introducidas en el sistema político chino tratan de agrandar la base de poder del Partido y reforzar los vínculos que relacionan a los dirigentes con una colectividad que, por el contrario, anhela más autonomía. Hu aspira a integrarla en el sistema, no a apoyarse en ella para transformarlo de forma sustancial. |
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