| China e o mundo chinés |
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| ¿Diálogo? Por Xulio Ríos (El Mundo, 15/05/2005) |
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Es de señalar que por parte del jefe espiritual tibetano se ha buscado ese diálogo en condiciones difíciles y hasta muy comprometedoras. La exploración de las posibilidades para hacer posible un encuentro al más alto nivel entre las autoridades chinas y el Dalai Lama se iniciaron hace dos años, aún en tiempos de Jiang Zemin, cuando Lodi Gyaltsen Gyari y Kelsang Gyaltsen, representantes tibetanos en EEUU y Europa, fueron enviados a Pekín para sostener conversaciones. Los enviados del Dalai Lama se entrevistaron también en Lasa con el presidente del gobierno regional de Tíbet, conscientes de que una nueva lectura de sus diferencias pasa por el ablandamiento de las posiciones más duras, que no solo se ubican en la capital china. Ese diálogo es de interés para ambas partes. Las repetidas condenas a muerte de los independentistas tibetanos no consiguen frenar la radicalización de los más jóvenes, que no comparten el giro moderado del Dalai Lama, cada vez más comprometido con la exigencia de una autonomía real que excluye la independencia. A pesar de las prédicas contra la no violencia desde su exilio de Daramsala, en el norte de la India, el radicalismo tibetano no ha cesado de crecer. De las palabras a los hechos, la moderación del Dalai Lama se explica por un deseo de aproximación que ha registrado una segunda tentativa en junio de 2003. Otra vez, sus enviados han intentado sondear el pensamiento de Hu Jintao, buen conocedor de la región, y del primer ministro Wen Jiabao, acerca del futuro del problema tibetano. Por el momento, los avances han sido nulos, permitiendo únicamente la constatación de las mutuas discrepancias, por otra parte, bien conocidas. El intento de hacer llegar a los dirigentes de Pekín la conveniencia de entenderse con el Dalai Lama actual, procurando normalizar unas difíciles relaciones, en vez de esperar a su desaparición, no ha dado aún sus frutos. En ese tira y afloja, los incidentes de recorrido son frecuentes. La visita de una delegación de dirigentes tibetanos en el exilio, prevista en setiembre de 2003, fue suspendida de forma fulminante por Pekín ante el simple anuncio de la intención del Dalai Lama de visitar EEUU. En Washington obtuvo el apoyo de Colin Powell y del Presidente Bush a sus reivindicaciones de mayor autonomía, a la espera de una nueva ronda de contactos. China sostiene que la situación en la región ha mejorado de forma notable. La renta media ha aumentado, la pobreza se ha reducido, las nuevas infraestructuras han cambiado la faz del territorio. En el Libro Blanco sobre el problema del Tibet, publicado en mayo de 2004, se recogen pocas novedades y ni el más mínimo atisbo de distensión, negando toda representatividad al Dalai Lama, descalificando su propuesta de autonomía similar a Hong Kong o Macao y rechazando toda perspectiva de negociación. El control en la región no se ha relajado, llegando a prohibir la presencia de guías tibetanos formados en el exterior (en India) en las excursiones turísticas. Si el contenido del Libro Blanco puede calificarse de conservador, dejando en claro que el tímido diálogo iniciado no iba a tener consecuencias en la política china, si podría tenerlas para un Dalai Lama más debilitado, prestigiado en Occidente, pero cuestionado por una nueva generación más radical que no confía en las bondades de la moderación y espera muy poco de unas conversaciones acotadas en sus términos por Pekín. A su favor cuenta que China no ignora la gravedad del problema. En agosto del pasado año, el ministro de la seguridad pública, Zhou Yongkang, reconocía en una publicación de la Escuela central del Partido, que los problemas étnicos y religiosos constituyen el segundo factor en importancia para garantizar la estabilidad del país, por delante incluso del terrorismo. Y de ello debiera desprenderse la insuficiencia de la represión y la necesidad de una política más comprometida con el acuerdo. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 16/05/2005 |