| Deng y las moscas Por Xulio Ríos (La Insignia, 28/08/2005) |
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El debate coincide con la presentación pública de diferentes informes que, una vez más, ponen el dedo en la llaga de uno de los principales problemas de la reforma china: el exponencial incremento de las desigualdades sociales e incluso el repunte de la pobreza desde el año 2003, después de haberla reducido en más de doscientos millones de personas, en un contexto de profundos desequilibrios territoriales. Para justificar la necesidad de la apertura al exterior de China, Deng Xiaoping, el arquitecto de la reforma, decía que era necesario abrir las ventanas para que el aire fresco pudiese entrar, aún a sabiendas de que con el entrarían también algunas moscas no deseadas. Deng pensaba entonces en la llamada “contaminación espiritual”, pero también en las inevitables consecuencias de un proceso de cambio que a pesar de rechazar la terapia de choque que se aplicaría en los países del Este europeo y discurrir por caminos más pausados, habría de producir desajustes y desequilibrios que era necesario observar y corregir. Pero con el paso del tiempo, aquellas moscas se han convertido en auténticos moscones hasta el punto de hipotecar la sacrosanta estabilidad china. Los informes oficiales dados a conocer en Beijing en los últimos días, ponen números a una realidad claramente perceptible desde hace tempo: las desigualdades y desequilibrios en China van en aumento y los pretendidos remedios gubernamentales no consiguen revertir el proceso. A finales del pasado mes de junio, el alcalde adjunto de Beijing, Zhang Mao, anunciaba una progresión de la renta de los pequineses del 10% por año hasta el 2008, pasando de 4.300 a 6.300 dólares. Pero la capital se quedaría por detrás de Shangai, que disponía de 6.700 dólares en 2004, una renta ocho veces superior a la de los habitantes de Qinghai, región fronteriza con Tibet. La “pequeña prosperidad” no llega a todos por igual y se distribuye cada vez peor. Pero es tan solo una muestra del destartalado edificio social de la reforma. Por ejemplo, la tragedia constante a que se ve sometido el sector minero, también de triste actualidad en las últimas semanas, no es fruto de la casualidad. Forma parte del costo humano gigantesco de esa marcha forzada que China ha iniciado para alcanzar lo que Deng definía como un nivel de vida “modestamente acomodado”. Es un proceso rico en ambiciones, pero que aún no dispone de los medios necesarios (¿ni de la voluntad?) para socializar el bienestar. ¿Es soportable este precio que los chinos deben pagar o puede conducir a una inestabilidad o explosión social de imprevisibles consecuencias? En los informes que se han hecho públicos recientemente se sitúa un horizonte de peligro en torno al año 2010. Pero podría llegar antes. Ciudades industriales enteras, de más de un millón de habitantes, en especial en el norte del país, viven desde hace años, situaciones desoladoras. De ser el centro de atención en el período maoísta, el ejemplo a imitar y revelador del nuevo tiempo, con la reforma se han convertido en auténticos desiertos. Decretado el fracaso del sueño maoísta, la dignidad de la clase obrera ha dejado de ser el símbolo de la China comunista y el despertar en el liberalismo se ha traducido en una marginalidad acelerada. En todas estas ciudades, la imagen de las fábricas cerradas, las pequeñas casas y los equipamientos sociales, modélicos en otro tiempo tempo, hoy presentan un estado deplorable y ruinoso. Sus habitantes, desesperanzados, son fiel reflejo del cambio de época, expresión de la gloria proletaria en un tiempo no tan lejano, hoy, desclasados muchos, abocados al desempleo, apenas disponen de capacidad para protestar. La capacidad del sistema para ahogar las protestas sociales es muy fuerte. La organización de una manifestación, al margen de los circuitos oficiales, puede suponer hasta siete años de cárcel. De 1998 en adelante, un total de 28 millones de asalariados de las empresas estatales han perdido su empleo y 88.000 empresas estatales fueron eliminadas, ya sea por quiebra, fusión o reestructuración. Son las primeras y grandes víctimas del milagro económico chino. En diciembre último, Li Rongrong, presidente de la Comisión de administración y supervisión de los bienes estatales, indicaba que la reforma de las empresas estatales que dependen del gobierno central se relanzaría en 2005. La idea principal consiste en “aligerar” las 150.000 empresas que dependen de esta comisión liberándolas de la obligación legal de asegurar todos los servicios de bienestar social (escuelas, hospitales, restaurantes, pensionistas, servicios de seguridad, etc.) para hacerlas más competitivas. Pero para ello, se debería crear a un tiempo una consistente red alternativa de prestaciones sociales que evitara el desamparo. Según informaciones facilitadas por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, China tardará 2 o 3 anos en resolver los problemas básicos del personal excedente de las empresas estatales heredado de la anterior economía planificada y completará en 2005 la transición “desde el trabajo garantizado al seguro de desempleo”. Pero, además de que esa operación con seguridad llevará más tiempo, en la mayor parte del país, el seguro de desempleo es aún una ilusión. Y si la vieja clase obrera se ve cada día más sacrificada en el altar de la modernización, otras relaciones sociales son objeto de reformulación en esa nueva China que está emergiendo en las provincias y regiones más desarrolladas. En una de sus fábricas, construida con capital procedente del mundo rico –sea o no de matriz china-, y ubicada en los alrededores de Shangai o en la provincia de Guangdong se pueden observar a numerosos jóvenes trabajadores procedentes del campo, jugando al billar o gozando de la música o de los vídeos de Hong Kong. Son mozos que soportan jornadas de 12 a 14 horas diarias, siete de cada siete días. Viven en el entorno de la fábrica, no pueden salir durante la semana, y solo pueden disfrutar del domingo por la tarde de tiempo libre, organizado en forma de ocio por la propia empresa. Y no protestan, ni se sienten maltratados ni tienen, muchos de ellos, el sentimiento o la percepción de estar explotados. Es más, se consideran a sí mismos unos privilegiados por haber abandonado el ingrato trabajo de la tierra, en las zonas más remotas del país, donde sus familias apenas consiguen sobrevivir. Y viven una experiencia nueva, lejos de sus padres y de sus antiguas tradiciones, en contacto con otros jóvenes, afirmando su independencia y construyendo nuevas relaciones. Donde nosotros podemos ver solo explotación vergonzosa de la mano de obra, ellos aceptan resignados las condiciones que se les ofrecen, contentos incluso de poder enviar dinero a sus parientes y satisfechos por desempeñar un papel vital en las economías familiares. En ninguna de sus cabezas bule la idea de batallas sociales por las 35 horas... La mayor fuerza de este nuevo capitalismo chino, como señaló Pierre Haski, corresponsal en Bejing de Libération, reside en esa reserva inmensa de mano de obra dispuesta a todo y de una docilidad a toda prueba. No tiene nada que ver con los mineros del carbón o con los proletarios de la siderurgia de Dongbei, concienciados y convencidos de la necesidad de defender sus derechos. El ejército de campesinos en busca de empleo en las zonas industriales no reclama más que un modesto salario y un techo, dejando atrás una vida más difícil aún. Según Hu Angang, economista de la Universidad Xinhua, en Beijing, la mitad de los 900 millones de campesinos abandonarán sus aldeas en los próximos veinte años, proporcionando a la economía china la mano de obra y los consumidores que necesita. La inmensa mayoría no se integrarán en estructuras sociales reglamentadas, pasando a engrosar la larga lista de esclavos modernos. A no ser que el gobierno o la emergente sociedad civil arbitren otras medidas, más acordes con la dignidad que se podría esperar en un país gobernado por un Partido que aún se dice comunista. |
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