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Kosovo, la guerra no declarada
Por Xulio Ríos (Publicado na revista Noticias Obreras da segunda quincena de xuño do 98)

Pese a los intentos de aparentar lo contrario, la situación en la región de Kosovo empeora cada día que pasa. Mientras aumentan los combates entre las fuerzas de la policía y el Ejército serbios y los guerrilleros del Ejército de Liberación de Kosovo, miles de refugiados han comenzado su éxodo a Albania. Pese a tratarse, dicen, de un problema de “orden público”, las autoridades serbias no dudan en recurrir a la artillería pesada y bombardeos masivos e indiscriminados que siembran la destrucción principalmente en los pueblos existentes en la zona fronteriza con Albania. Una nueva operación de limpieza étnica se ha puesto en marcha. Mientras, los organismos internacionales continúan “observando con preocupación” los acontecimientos, quizás a la espera de que un improbable milagro detenga una nueva escalada bélica en pleno corazón de Europa.

Nadie puede sorprenderse de lo que está ocurriendo en los Balcanes. Se trata de una crisis tan largamente anunciada como ignorada por los organismos de seguridad y cooperación europeos e internacionales. La denominada “minoría albanesa” de Kosovo, un millón largo de personas que supone más del 80% de la población del enclave, sobrevive en una situación de auténtico apartheid en Serbia desde que a Slobodan Milosevic se le ocurrió poner en marcha su proyecto ultranacionalista y centralizador y que liquidó la Yugoslavia autogestionaria y descentralizada del mariscal Tito. La amplia autonomía de que gozaban los albaneses fue suprimida de un plumazo y sus más elementales derechos, incluso los culturales y lingüísticos, anulados. Pasaron de disponer de un status constitucional similar al de las Repúblicas que formaban parte de la Federación Yugoslava, a vivir en un estado de excepción. Durante estos años, mientras las guerras balcánicas se desarrollaban en otros escenarios próximos, los albaneses de Kosovo perfeccionaron en silencio su autoorganización, confiando en que el tiempo y la comunidad internacional, algún día, jugarían a su favor.

Pero ni en el momento en que Milosevic suprimió la autonomía albanesa, en el no tan lejano 1990, ni al tiempo de mediar en los enfrentamientos con croatas y bosnios, ni por supuesto en los acuerdos de Dayton, Estados Unidos o Europa se acordaron de Kosovo y de los derechos de sus habitantes albaneses. El olvido ha sido siempre la norma. Nunca se han habilitado los medios para evitar un escenario de violencia como el actual y que todos podían pronosticar como el más verosímil a corto plazo. El mantenimiento de la integridad territorial de Serbia, a poder ser sin Milosevic, ha sido una prioridad clave de la nueva paz balcánica. Frente a tanta indiferencia o represión, los albaneses revalidaban en las elecciones del pasado 22 de marzo su irreductible voluntad de autogobierno. En unos comicios “clandestinos”, organizados al margen de las estructuras oficiales pro-serbias, un 85% del electorado se inclinaba a participar para desafiar la política de Belgrado. En 1992, en un referendum organizado de forma similiar, una amplia mayoría se pronunciaba por la independencia.

La delicadeza de Occidente

En términos generales, la situación de los paises occidentales ante el nuevo escenario balcánico es delicada. Reproduciendo la disparidad de criterios de unos y otros (Francia, Alemania, Rusia por su cuenta) y de crisis anteriores, por una parte, dicen tener miedo a los nacionalismos, equiparados sin matices a irracionalidad y tribalismo, y no desean oir hablar de más independencias. El arreglo de la crisis pasaría por que Kosovo recuperara un margen de autonomía lo más amplio posible, pero descartando a priori el nacimiento de un nuevo Estado en la zona. Resulta asi que las mismas potencias que exigen a Belgrado la introducción de amplias reformas democráticas, imponen a Kosovo por el contrario, severos límites a sus demandas de libertad por resultar inconvenientes.

Por otra parte, a nadie se le oculta que tanto Estados Unidos como Europa desean librarse a toda costa de Milosevic para establecer en Serbia un liderazgo político más favorable al entendimiento con Occidente. Pero todas las estrategias impulsadas para doblegar a Milosevic, por la via democrática, han fracasado estrepitosamente. La mediocridad y oportunismo de la oposición apoyada por los países occidentales se ha puesto de manifiesto una vez más con el silencio, cómplice y vergonzoso, guardado ante la represión manu millitari desplegada en Kosovo. No cabría esperar otra cosa de quienes no hace mucho tiempo eran socios de Radovan Karadzic, partidarios de la guerra contra bosnios y croatas y, en el fondo, copartícipes del agresivo discurso nacionalista que emanaba de Belgrado. La crisis de Kosovo pudiera servir para eliminar a Milosevic del escenario balcánico, pueden pensar en algunas cancillerías occidentales, confiando en que la población serbia se resista a padecer las consecuencias de nuevas sanciones internacionales.

La otra pieza de la nueva pinza sería un Montenegro dispuesto a zozobrar la Federación. Las elecciones del pasado 31 de mayo han dado el triunfo a los reformistas anti-Milosevic que contarán con una cómoda mayoría en el Parlamento de Podgorica y podrán cuestionar seriamente el futuro de la Federación y de su Presidente o incluso condicionar su permanencia a la salida de Milosevic. La “pérdida” de Montenegro significaría para Serbia quedar sin salida al Adriático.

Hasta ahora el Presidente de la Federación Yugoslava se ha sentido lo suficientemente fuerte como para resistir las presiones de Estados Unidos y de la Unión Europea para imponer una mediación internacional en el conflicto kosovar. La “disidencia” de Montenegro y el conflicto de Kosovo complican la gestión política de un Milosevic que bien pudiera realizar algunas concesiones en Kosovo para amortiguar la presión internacional pero también, más probable en función de su trayectoria, apoyarse en el conflicto para resistir políticamente. El resultado del referendum sobre la aceptación de una mediación internacional ha sido bien elocuente en este sentido: un 95% de los votantes se pronunció en contra de la “intervención de delegados extranjeros para solucionar los problemas de Kosovo”. De no hallarse vias intermedias, la generalización de la guerra sería inevitable.

Detener la guerra

Kosovo es el talón de aquiles de los Balcanes. Su potencia desestabilizadora es de tal calibre que de consolidarse y profundizarse la crisis, será muy difícil impedir que el conflicto se extienda como un reguero de pólvora por toda la zona. La vecina Macedonia se vería inevitablemente arrastrada. Sus 400.000 albaneses también son duramente reprimidos por el gobierno de Skopje. Bulgaria se vería tentada de aprovechar la ocasión para satisfacer viejos apetitos expansionistas, seguidos por sus vecinos griegos. Albania, como de hecho está ocurriendo ya, no podría permanecer indiferente. Los días de Macedonia pudieran estar contados. Además, todos estos países atraviesan por grandes dificultades económicas, sociales y políticas que pasarían a un segundo plano de activarse el conflicto.

Si Europa no actúa con rapidez y contundencia, su unión económica y monetaria y el maravilloso euro, serán bendecidos por un nuevo enfrentamiento civil de enormes consecuencias. Y actuar significa ante todo contemplar medidas e instituciones que permitan expresar la voz política de los albaneses, adoptar medidas para impedir una mayor implicación de los países vecinos, considerar estructuras preventivas de carácter institucional para una zona que no puede ser observada de forma aislada sino tomada en su conjunto y que, aún urgiendo el cese de las hostilidades, vayan mucho más allá de un alto el fuego. Es indispensable, por otra parte, que tanta obsesión convergente de la macroeconomía de Bruselas y Frankfurt se atempere con la disposición de los recursos económicos imprescindibles para evitar que en pleno corazón de Europa sobrevivan personas en condiciones infrahumanas. La miseria es inevitable compañera de viaje de las reivindicaciones albanesas. Los indicadores económicos y sociales de la región ponen de manifiesto que se trata de la más pobre de las provincias serbias.

La Unión Europea tiene capacidad para imponer un diálogo político directo que restaure las libertades en Kosovo, pero no parece ser tomada en serio por ninguna de las partes. Su credibilidad está bajo mínimos. Ha sido Estados Unidos, una vez más, quien ha sentado a negociar en Pristina a los albaneses de Kosovo y los representantes del gobierno de Belgrado, con el visto bueno tanto de Rugova, líder de la Liga Democrática, independentista moderado, como del propio Milosevic. Los intentos de la Bruselas por hacerse un hueco y rescatar la misión de Felipe González en la zona se han visto fracasados una y otra vez, entre anuncios de sanciones y nuevas moratorias sin contrapartidas. Los independentistas albaneses unicamente desean la presencia estadounidense en las conversaciones, materializada a través de Christopher Hills, embajador de Washington en la vecina Macedonia. No parecen confiar en nadie más.

Los albaneses son pesimistas respecto al futuro del diálogo con Belgrado y no les falta razón. Se trata, al menos por ahora, de un hablar por hablar, únicamente interrumpido por los sobresaltos y muertes de unos tiroteos que no cesan. Ni la presencia de las fuerzas de la OTAN en Albania y Macedonia, ni las advertencias y amenazas de un despliegue militar en la zona, disuaden a las tropas de Belgrado. Mientras el número de victimas aumenta sin cesar, la paz se queda en palabras.

Xulio Ríos es director del IGADI (Instituto Galego de Análisis e Documentación Internacional) y coautor de “O conflicto dos Balcáns”.Volver ó índice


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ÚLTIMA REVISIÓN: 01/10/2000