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Kosovo: del éxito militar al facaso político
Por Xulio Ríos (artigo publicado na revista Noticias Obreras de xullo/99)

La primera guerra de la OTAN ha llegado a su fin. Después de dos meses y medio de bombardeos ininterrumpidos, Chernomirdin y Ahtisaari, los mediadores ruso y europeo, lograban la anhelada claudicación del régimen yugoslavo. El inmediato e incontrolado regreso de los albanokosovares a sus lugares de origen por los mismos caminos que las tropas de la OTAN se encargaban de despejar, se desataba un nuevo éxodo, esta vez de los serbios, temerosos de la venganza de las tropas del ELK. Pese al evidente triunfo militar aliado, el fracaso político no puede ser mayor: con la sucesión de episodios de limpieza étnica, la posibilidad de establecer un marco de convivencia pluriétnico y multicultural en la zona se aleja cada vez más.

Para la OTAN, el acuerdo de paz llegó en un momento crucial. En su ánimo pesaba ya la larga duración de la intervención (concebida inicialmente como una operación de castigo), la pérdida de apoyo entre la opinión pública de los países involucrados, el negativo efecto de los cada vez más abundantes “daños colaterales”, la incapacidad para gestionar la crisis de los refugiados y, sobre todo, la percepción de la proximidad de una toma de decisión inevitable a propósito de la invasión terrestre asi como la situación límite que se vivía en países como Macedonia. Por otra parte, en algunos países europeos (Alemania, Grecia, Italia) las crisis políticas internas abiertas por esta causa amenazaban con desembocar en rupturas abiertas de no obtener resultados prontamente.

También Milosevic ha sabido retirarse a tiempo. El apoyo de Rusia al plan de paz del Grupo de los Ocho amenazaba con dejarle totalmente aislado. Después de escenificar algunas resistencias que daban a entender a todos que su posición no era tan débil como se pretendía, el Presidente yugoslavo compareció ante su ciudadanía para asegurar que el cese de los bombardeos y los acuerdos de Kumanovo confirmaban la utilidad de la resistencia serbia. La desbordante satisfacción de los residentes de Belgrado es la mejor expresión de esa arraigada convicción de que también ellos obligaron a pasar por el aro a los todopoderosos aliados: compromiso de defensa de la integridad territorial; despliegue de tropas internacionales (y no solo de la OTAN) bajo bandera de la ONU (y no de la OTAN); garantías de presencia policial y militar yugoslava en la zona, si bien muy limitada.

Pocos apostarían en serio ahora por el efectivo encausamiento de Milosevic ante el Tribunal Internacional que juzga los crímenes contra la humanidad en la antigua Yugoslavia. Esas concesiones pueden permitirle salvar la cara al Presidente serbio, favorecido además por el abandono del gobierno por parte de los radicales de V. Seselj y la debilidad de sus otros opositores.

Rusia ha conseguido desempeñar un papel muy activo en un proceso mediador que le ha devuelto el protagonismo internacional de otras horas. Incluso en lo militar, su hábil maniobra para entrar en Kosovo antes que las tropas aliadas, despertó en algunos las glorias de otro tiempo. Unas veces con autonomía real (sobre todo mientras funcionó el tándem Primakov-Ivanov); otras cumpliendo al pie de la letra los encargos de Occidente, finalmente ha tenido que rendirse a una evidencia que ha puesto de manifiesto sus propias miserias. Moscú no dispone ni de capacidad económica, ni militar, ni política para postular una opción diferenciada ante la crisis. El gesto de incriminar a Javier Solana, secretario general de la OTAN, por una Duma extrañamente unánime y que vive los momentos previos a las próximas elecciones legislativas del otoño, es bien indicativo del resentimiento político que habita en muchos sectores de la sociedad rusa pero sobre todo del único derecho que puede ejercer libremente en el actual contexto internacional, el del pataleo.

Europa, una vez más, ha personificado la impotencia tanto en lo militar como en lo político. Diez años teorizando y burocratizando unas supuestas políticas preventivas en materia de seguridad y conflictos no han servido absolutamente para nada frente a una de las guerras más previsibles y anunciadas de todas las conocidas hasta ahora en los Balcanes. Se promete una ingente ayuda económica, si ben no se precisara quien la aportará e incluso se insinúa la posibilidad de buscar socios extraeuropeos. Bruselas debe mantener su euro reluciente mientras la verguenza y la miseria se cronifican en regiones como esta, con un gran potencial desestabilizador. Aún aportando los recursos económicos necesarios, Europa precisa dar más pasos para restablecer su presencia política en la región y existen serias dudas de que Míster Pesc sea el instrumento ideal para tan ambiciosa misión.

En ese órdago de militancias exteriores, el mayor varapalo se lo han llevado las Naciones Unidas. Como estructura y catalizador de la legalidad internaciona, la ONU, por decisión de Estados Unidos y con la complacencia de los líderes europeos, ha pasado a formar parte de los residuos parcialmente reciclables de la guerra fría. El G-8 ha tomado el relevo e imparte sus instrucciones al Consejo de Seguridad manejando hábilmente presiones políticas y económicas con los menos dóciles. Convertida en una pseudo-ong humanitaria, el papel político de la ONU se ha depreciado hasta niveles inimaginables. Nuestras críticas debieran ser en todo caso matizadas pues tal estado de cosas obedece a los exclusivos intereses de algunas potencias y no es expresión de la voluntad de la inmensa mayoría de sus integrantes que hoy, sin duda más que nunca, reivindicarán ¡más ONU!

En suma, por el momento, el fin de la guerra deja un doble perdedor: el pueblo albanokosovar y el pueblo serbio. El balance de los albaneses de Kosovo es desalentador: sus hogares destruidos, las principales infraestructuras volatilizadas, buena parte de la población aún transmutada en refugiados y esparcida por medio mundo y su sueño independentista, antes reprimido por los paramilitares y el ejército de Milosevic, encorsetado ahora por el contingente internacional. Sin duda han pagado el precio más alto para alcanzar bien poco.

Pero también el pueblo serbio ha padecido y padecerá aún más las consecuencias de la política suicida del régimen yugoslavo. No sabemos cuantos de quienes abandonan Kosovo huyendo de las represalias lo hacen por sentirse culpables o quizás responsables de atrocidades y crímenes. Pero muchos inocentes, en Kosovo y en otros lugares de Yugoslavia, padecen las consecuencias de las erróneas decisiones de sus dirigentes.

Bueno es recordar, en fin, que esta última guerra en los Balcanes, atizada con la intervención de la OTAN, se ha promovido en defensa de los derechos humanos de una comunidad nacional oprimida, el pueblo albanokosovar. Visto el resultado, conviene reflexionar al menos sobre dos cuestiones. Primera, en que medida se puede advertir en la actual situación semejanza alguna con una Declaración Universal que fundamentalmente proclama la necesidad que tiene la humanodad de verse libre del miedo y del terror? . Segunda, cual será el siguiente pueblo oprimido que se verá agraciado con los favores de la OTAN y del G-8, los nuevos campeones de la igualdad y la libertad?...


¿Paz o paréntesis?

¿Resuelve esta paz el conflicto o simplemente abre un nuevo paréntesis?En “After Violence: 3R, Reconstruction, Reconciliation, Resolution”, Johan Galtung, uno de los más importantes estudiosos de los problemas de la paz, señala que “el alto el fuego, la tregua, aún siendo importante, no lo es todo..., que el después de la violencia puede convertirse fácilmente en un antes de una nueva violencia si no se entiende que por debajo de la violencia visible y directa hay siempre una violencia estructural (conflicto, injusticia, contradicción) y una cultura de la violencia o una violencia cultural que no desaparecen mecánicamente con la firma del tratado de paz y que pueden seguir siendo fuente de la violencia visible”. En Bosnia, varios años después de Dayton, muy poco se ha avanzado no ya en la reconstrucción económica sino sobre todo en la superación de las contradicciones heredadas del conflicto.

Las expectativas de futuro para Kosovo no pueden contemplarse al margen de la región. No debiera repetirse el error de Dayton. Al margen de las inmensas dificultades internas que será necesario superar para asegurar el entendimiento entre Ibrahim Rugova (que cada día cuenta con menor apoyo popular y occidental) y el ELK, será imposible la normalización de Kosovo sin habilitar políticas globales para la región. De no ser asi, probable y desgraciadamente no será este el último episodio de las guerras balcánicas. A Europa le importa especialmente contemplar generosas políticas preventivas respecto de aquellos países cuyas miserias nutren descontentos que pueden estallar en cualquier momento.

Si tuvieramos que preguntarnos por los factores que subsisten en la región para sustentar una nueva cultura política que impida la reproducción de las tensiones en el futuro y abogen por una convivencia democrática, pluriétnica y multicultural, sería dificil encontrar respuestas esperanzadoras. El denominador común de esta paz es el mutuo interés en parar la guerra, no el triunfo de esos nobles valores (democracia, derechos humanos, etc) cínicamente proclamados por la Alianza como leit-motiv de la intervención. Milosevic ha comandado las operaciones de limpieza étnica en favor de los serbios y ha perdido. Deliberadamente o no, la acción de la OTAN no ha impedido la subsiguiente limpieza étnica de los serbios en la zona. Ha triunfado la fuerza y no la convivencia ni la razón. Son reservas de peso que dejan en esta paz un poso agridulce.

Xulio Ríos es director del IGADI (Instituto Gallego de Análisis y Documentación Internacional). Volver ó índice


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ÚLTIMA REVISIÓN: 23/6/99