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La “Talibanización” de Pakistán
Roberto Mansilla Blanco (Gloobal, 08/05/2009)
 
 

El avance de milicias talibán a escasos 100 km. de la capital paquistaní Islamabad, que obligaron a ese gobierno a otorgar concesiones para aplicar la “sharia” o ley islámica en las regiones controladas por estas milicias, está incrementando el nivel de tensión e inestabilidad del único país musulmán con armamento nuclear. Con la vecina Afganistán en estado de alerta ante las elecciones presidenciales de agosto próximo, el caos paquistaní puede consolidarse como el problema de seguridad internacional más importante para el gobierno estadounidense de Barack Obama.

Así pues, Pakistán está incrementando aceleradamente su nivel de prioridad geopolítica y de seguridad para el gobierno estadounidense de Barack Obama. A principios de abril, el enviado para Asia Central, Richard Hoolbroke, consideró que el éxito de la estrategia de Obama para Afganistán “no sería posible si la zona occidental de Pakistán, que es el corazón de la crisis, no se pone bajo control”.

Hoolbroke, célebre por ser el negociador que llevó la paz a Bosnia en 1995, hacía referencia principalmente a las regiones paquistaníes del Valle de Suat y las regiones occidentales de Bajaur, Waziristán y Baluchistán, controladas o con gran presencia de las milicias talibanes, cuyo epicentro de actuación se traslada hacia las permeables fronteras con Afganistán y donde se cree existe el refugio de la dirigencia de la red terrorista Al Qaeda. De ahí el “corazón de la crisis” al que hacía referencia Hoolbroke.

El nudo talibán

Obama solicitó hace dos semanas al Congreso estadounidense un paquete de ayuda de 1.500 millones de dólares anuales para asegurar la estabilidad de Pakistán y evitar el avance talibán. Un avance que, en las últimas semanas, ha colocado a estas milicias a escasos 100 km. de la capital paquistaní Islamabad.

Con este paquete de ayuda, Pakistán se convierte, tras Israel y Egipto, en el tercer mayor receptor de ayuda militar para Washington.

Es largamente conocida la relación entre diversas esferas políticas, religiosas y militares paquistaníes con los talibanes y varios grupos “yihadistas salafistas”, con o sin vinculación con Al Qaeda. Entre las más célebres conexiones “talibanes” se encuentra el ex general golpista y presidente Pervez Musharraf, quien fuera director del centro de inteligencia y espionaje ISI, y considerado durante la presidencia de George W. Bush tras el 11-S como el principal aliado occidental en la región.

El jefe del espionaje saudita Turki al Faisal, también tuvo gran responsabilidad en armar y apoyar las milicias talibanes en Afganistán contra los soviéticos durante la década de 1980.En medio de esa guerra, las mezquitas y “madrasas” (escuelas religiosas coránicas) de la localidad paquistaní de Peshawar, se convirtieron en la cuna de formación de los futuros talibanes que combatieron en Afganistán contra los soviéticos y tomaron el control de ese país en 1996.

Tras ser expulsados del poder en Afganistán tras el 11-S y la guerra de 2001, los talibanes reafirmaron posiciones en la frontera afgano-paquistaní, especialmente en un radio de acción que va desde las provincias occidentales paquistaníes hasta las ciudades de Peshawar y Lahore.

La caída de Musharraf tras las elecciones legislativas y presidenciales de 2008 dejó a Pakistán en una situación de cierta incertidumbre, lo cual también permitió el avance talibán hacia otras provincias paquistaníes.

Entre marzo y abril, estas milicias lideradas por el islamista Baitula Mehsud, cabeza del Terik i Taliban (Movimiento Talibán de Pakistán) lograron atacar zonas tribales de la etnia pashtuna fronterizas con Afganistán, así como en Lahore y Peshawar, causando decenas de muertos. Según fuentes de inteligencia, estos ataques contaron con el apoyo de determinados oficiales militares y del ISI paquistaní.

Tomando en cuenta la potencialidad peligrosa de Mehsud y su milicia, Washington ya ofreció una recompensa de cinco millones de dólares para su captura.

Entre dos fuegos

Ante el avance talibán en estas regiones occidentales, el presidente paquistaní Asif Alí Zardari se vio obligado a realizar concesiones de tipo legal, a fin de ganarse tácitamente una tregua con Mehsud y otros jefes talibanes.

La principal concesión fue aprobar la legalización de la “sharia” o ley islámica en esas regiones occidentales controladas por los talibanes, lo cual aumentó el descontento de diversos jefes tribales y de otras etnias. En el valle de Suat, controlado por los talibanes, la aplicación de la sharia ya ha provocado el éxodo de más de 400.000 personas, precisamente por los cierres de escuelas para niñas, de la implantación de la burka en las mujeres y de las ejecuciones sumarias contra supuestos transgresores de la ley.

Con estas concesiones a los jefes talibanes, Zardari corre precisamente el riesgo de verse acosado por diversos factores de poder internos y externos, tales como la casta militar, jefes tribales y la propia estrategia antitalibán de Obama, lo cual afectaría su posición política y hasta presidencial.

Desde que llegó al poder hace precisamente un año, Zardari intentó distanciarse de Washington precisamente para acabar con el legado de Musharraf. Incluso se produjo una crisis bilateral entre ambos países por la persecución realizada por helicópteros estadounidenses desde Afganistán contra milicias talibanes en territorio paquistaní.

Washington acaba de ubicar a Afganistán y Pakistán en un solo teatro de operaciones militar, estrategia reforzada con el apoyo europeo y ruso en la cumbre internacional sobre Afganistán celebrado el pasado 30 de marzo en La Haya. Obama sabe que los talibanes y grupos yihadistas se refuerzan en un área geográfica que va desde la región de Cachemira (disputada por Pakistán y la India) hasta el Hindu Kush y la frontera afgano-paquistaní.

La inseguridad de esta zona geográfica es patente. En la misma está ubicado el paso montañoso de Khyber, que le provee a las fuerzas de la OTAN en Afganistán de material militar y logístico. Las milicias talibanes lograron recientemente atacar en una mezquita de Peshawar, muy cerca de este paso, lo cual incrementa el nivel de alerta e inseguridad.

De aliado a amenaza

Para dar paso a una mayor estabilidad gubernamental que reforzara una frente común antitalibán, Zardari ha logrado limar tensiones políticas internas con su principal rival, el ex primer ministro Nawaz Sharif. En este aspecto, permitió el regreso del juez Iftikhar Chaudry al Tribunal Supremo, tras ser destituido en 2007.

El caso Chaudry ya fue un dolor de cabeza para Musharraf y la asesinada ex primera ministra Benazir Bhutto, amenazando actualmente con derrocar a Zardari, a tenor de las recientes manifestaciones de jueces, abogados y miembros de la oposición, con Sharif a la cabeza.

Pero el mayor temor en Occidente y países vecinos es que el avance talibán llegue al poder en Islamabad, controlando el apetecido arsenal nuclear de ese país. La región centroasiática es sumamente delicada para el equilibro de la seguridad global, a tenor de la capacidad nuclear de países como Pakistán, India, China e Irán, así como de sus mutuas tensiones y rivalidades.

De ahí que Pakistán, de aliado fiel para Washington, puede convertirse en su principal amenaza de seguridad exterior. Para revertir esta situación, Zardari se reunió en Washington con Obama y el presidente afgano Hamid Karzai el pasado 6 de mayo, a fin de fortalecer nuevos ejes de cooperación militar contra el ascenso de los talibanes.

La gira de Zardari le llevará también por Gran Bretaña, Libia e Irán, esta última visita con claro énfasis pragmático destinado a incluir a Teherán como actor de importancia en una estrategia centroasiática contra los talibanes, con el más que probable apoyo de Obama en este sentido.

Sin Musharraf ni Bush en el poder pero con las mismas pero agravadas prioridades geopolíticas, puede que se abra una nueva etapa en las relaciones entre Islamabad y Washington. Pero el enemigo sigue siendo el mismo: la milicia talibán, a la cual se le une una vasta red de movimientos incluidos en lo que se denomina el “yihadismo salafista”, ideología atribuida a la organización Al Qaeda.

 

Roberto Mansilla Blanco es analista del Igadi.

 
 
 
08/05/2009 (c) Igadi, Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional, www.igadi.org
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