| Presenza-Opinión |
||||||||
| La década de Chávez Roberto Mansilla (Gloobal, 17/12/2008) |
||||||||
|
La “batalla electoral” a corto plazo está, tentativamente, prevista para febrero de 2009, fecha en la que existiría la posibilidad de realizar un referendo popular para la reelección definitiva. Durante el acto de recolección de firmas para solicitar la enmienda constitucional que permita esta reelección, Chávez explicó que prefería la vía legislativa, a través de la Asamblea Nacional, para aprobar esta enmienda. El momento político actual es sintomático de lo que ha venido sucediendo en Venezuela en estos diez años de gobierno de Chávez. Con la petición de enmienda constitucional para la reelección indefinida, parece quedar establecido que el único liderazgo capaz de impulsar la revolución bolivariana y socialista es, precisamente, el propio Chávez. Una década después, ¿qué diagnóstico puede realizarse sobre la Venezuela “bolivariana” de Chávez, ahora encaminada hacia una “revolución socialista”? El prisma de este diagnóstico revelaría sensaciones tan contradictorias como controversial resulta realizar una aproximación equitativa hacia el legado de Chávez y su revolución. Son indudables las transformaciones experimentadas en estos diez años en Venezuela que, paradójicamente, van ligadas a la manifestación de tensiones y una imparable dinámica de acontecimientos, que han definido un cuadro volátil y polarizado de la vida política y social de ese país. El escenario venezolano de 1998 requería un inevitable cambio tanto de los actores como del sistema político imperante desde 1958. Sin embargo, este escenario definió desde un principio una marcada polarización sociopolítica nunca antes vista en el país, lo cual da cuenta de un pulso constante entre Chávez y la oposición, confrontación ampliada al cuadro de las diversas clases sociales del país. Dentro de estas transformaciones realizadas por Chávez desde su llegada al poder en febrero de 1999, destaca la convocatoria y elección de una Asamblea Constituyente en julio de ese año, que dio paso a la aprobación, vía referendo popular, de la actualmente vigente Constitución Bolivariana de la República de Venezuela en diciembre de 1999. Esta una nueva Carta Magna, en la que el Estado venezolano se afirmaba en seis poderes constitutivos: ejecutivo, legislativo, judicial, electoral, moral y ciudadano, estipula, entre otras cosas, el cambio de nombre del país por el de República Bolivariana de Venezuela; la promulgación y ampliación de la “democracia participativa” hacia los sectores tradicionalmente marginados; o la ampliación del período presidencial a seis años, con posibilidad de una sola reelección. Por lo tanto, la Constitución bolivariana sólo permitía a Chávez gobernar hasta el 2013. Desde la perspectiva social, la masa de apoyo a Chávez se manifiesta básicamente en los sectores más populares, con una identificación incluso con elementos de adscripción religiosa y mesiánica, en la medida en que depositaban en Cháevez los deseos de cambiar al país, profundizando la democracia participativa y las amplias misiones sociales del gobierno aplicadas a partir de 2003 (especialmente en materia sanitaria, alfabetización y ayudas económicas), así como beneficiarse de la distribución del poderoso y decisivo ingreso petrolero, ajustados a la volatilidad del mercado y sus precios. En este sentido, las estadísticas oficiales señalan como grandes logros de gobierno el hecho de que la pobreza haya disminuido en Venezuela hasta un 35% mientras que, en el 2005, el país fue declarado por la UNESCO “territorio libre de analfabetismo”. Sustentado internamente por su popular liderazgo y sus amplias misiones sociales, es también evidente el impulso de una alternativa y dinámica política exterior por parte de Chávez, un eje neurálgico que ha definido la concreción de modelos de integración regionales, alejados de la preponderancia estadounidense. En un país tradicionalmente ligado a EEUU desde la perspectiva de exportador neto de petróleo, Chávez confeccionó estratégicas alianzas militares y energéticas con países como Rusia, Irán y China, abiertos rivales de la hegemonía de Washington. El carismático y enérgico liderazgo de Chávez prácticamente personalizó el quehacer del proceso político y revolucionario en el último decenio en Venezuela, erigiéndose prácticamente como el único eje central de la vida política y social del país. Al margen de las ideologías y militancias partidistas, la política venezolana ha estado definitivamente definida como una confrontación entre “chavistas” y “antichavistas”. Todo ello incrementó una serie de tensiones sobre la posibilidad de que el nuevo escenario político venezolano estuviera procreando un innecesario culto a la personalidad y la afirmación de un autoritarismo político en torno a Chávez. Estos factores expandieron el conflicto hacia prácticamente todos los sectores de la vida venezolana, desde el estamento militar hasta la Iglesia católica, las universidades y las asociaciones civiles. La falta de conexión de Chávez con las clases medias y altas, reaccionarias ante lo que consideraban una variante autoritaria del proyecto revolucionario, aunada a las diversas perspectivas sobre el devenir de la revolución bolivariana y el inevitable y progresivo desgaste que supone gobernar bajo un constante prisma de irreconciliable polarización política (donde los medios de comunicación jugaron un papel político esencial como ejes transmisores del conflicto) confeccionaron un escenario altamente volátil y peligroso. Un factor esencial que explica la dinámica del conflicto fue la estratégica alianza de Chávez con Cuba a partir del 2000, hecho que polarizó aún más el escenario interno. Los sectores opositores enfocaron esta alianza desde la perspectiva de una presunta “cubanización” de Venezuela, a tenor de las oficiales simpatías de Chávez hacia el sistema socialista cubano. La asistencia cubana en las misiones sociales del gobierno venezolano, dotándolas de personal de cooperación que ha llegado a calcularse en 30.000 personas en labores sanitarias y de alfabetización, afincó aún más el nivel de división en Venezuela sobre la deriva real del proceso revolucionario de Chávez. La oposición identificó inmediatamente la presencia cubana como una evidencia de la implicación política de Fidel Castro en el escenario venezolano. De este modo, el pulso entre Chávez y la oposición generó todo tipo de procesos electorales (elecciones legislativas, municipales, referéndum revocatorio, referéndum sindical, referéndum de reforma constitucional y elecciones presidenciales) y acontecimientos al margen de la ley, que llevaron al país a momentos sumamente críticos, donde la institucionalidad democrática corría peligro de diluirse. Estos sucesos críticos fueron el golpe y la breve remoción presidencial de Chávez en abril de 2002 y la prolongada y económicamente desastrosa huelga petrolera de 2002-2003. Más que diluir el conflicto a través de los canales políticos e institucionales, la calle se impuso como el escenario latente del pulso político, dando paso a impresionantes demostraciones de movilización popular entre chavistas y antichavistas, en aras de medir en número de personas el pulso político existente entre Chávez y la oposición. De este modo, la calle y los medios de comunicación se convirtieron en los ejes trasmisores de acción y reacción de un conflicto que aumentaba su caudal ante la agresiva retórica de los actores políticos (con marcado énfasis por parte del presidente Chávez) y la práctica ausencia de canales de diálogo y comunicación, elementos que tensaron un clima social altamente polarizado, incluso condicionado con la posibilidad de un enfrentamiento armado civil. La reciente celebración del “decenio chavista” está igualmente enmarcada en una coyuntura particularmente decisiva para el futuro político venezolano. Tras su reelección presidencial en el 2006, Chávez remarcó los lapsos temporales para la consolidación de una “Venezuela socialista y bolivariana”: el período de 2007 al 2021, fecha que conmemorará el bicentenario de la batalla de independencia venezolana. A pesar de perder la reforma constitucional en diciembre de 2007 que estipulaba, entre otras enmiendas, la posibilidad de reelección indefinida, el escenario político venezolano sigue determinado por la hegemonía política de Chávez y su movimiento. Las pasadas elecciones regionales evidenciaron la fortaleza política y electoral del recién constituido Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), auténtica plataforma del “chavismo” y eje central en la construcción del modelo del Socialismo del Siglo XXI. El abrumador triunfo político de Chávez en estos diez años viene determinado por el hecho de que, de doce procesos electorales celebrados desde 1998, Chávez ha ganado en once de ellos, con mayorías sólidas y contundentes. No obstante, la creación del PSUV y la deriva acelerada hacia un socialismo escasa y ambiguamente definido desde la perspectiva ideológica, provocó fuertes disidencias en el seno del “chavismo”, manifestados ante la ruptura de antiguos partidos políticos aliados como PODEMOS, PPT y el PCV. Esta fractura en el “chavismo originario” puede experimentar otro nivel de irritación ante la actual petición de Chávez a la militancia del PSUV de solicitar una recolección de firmas que serán llevadas ante la Asamblea Nacional, a fin de poder o no celebrar otro referendo en febrero de 2009, en la que Chávez presentaría su candidatura y posible reelección indefinida para las elecciones presidenciales de 2012. Chávez nunca ocultó su deseo de ampliar los plazos temporales para consolidar la revolución, incluso si para ello necesitara reformar la misma Constitución que impulsó en 1999. La negativa popular a aprobar la reforma constitucional en diciembre de 2007 y el impulso político y electoral manifestado por la oposición en las pasadas elecciones municipales fueron factores que persuadieron a Chávez a acelerar el mecanismo de reelección indefinida. La poco sustentada tesis del “chavismo sin Chávez” y la ausencia de un sucesor político de garantías, determinó que el propio presidente venezolano justificara su petición de reelección para “impulsar por diez años más el proceso revolucionario” cuando, en realidad, lo que está es zanjando el debate interno en el “chavismo” sobre su liderazgo y eventual sucesión. Así, a la oposición se le presenta un escenario tan complejo como interesantes. Diseccionada en diversos partidos y liderazgos, surge la necesidad de constituirse en plataforma unitaria a nivel nacional, a fin de afrontar las próximas elecciones legislativas de 2012, las municipales y las presidenciales de 2012, a sabiendas de que Chávez muy probablemente triunfará en su petición de reelección y volverá a ser candidato. El triunfo electoral opositor en los estados más importantes desde la perspectiva política, económica y demográfica, así como el control político de la capital Caracas, da cuenta de que una “nueva oposición” puede estar configurándose, dirigida igualmente a ganar adeptos en las clases populares donde se puede apreciar cierto desgaste político hacia Chávez. La radical baja de los precios del petróleo (menos de $40) y la incontrolable inseguridad ciudadana son elementos que también condicionarán la labor del gobierno y las expectativas que puedan demandar los sectores populares afectos a Chávez, los más afectados por estos problemas. Quienes hayan estado en Venezuela en 1998 podrá apreciar que, diez años después, el país ha cambiado radicalmente a pasos acelerados, en medio de una fuerte polarización sociopolítica que dificulta definir con claridad el futuro político venezolano y su modelo de desarrollo. Este modelo está irrenunciablemente ligado al combate de la pobreza y la desigualdad, bastión del discurso “chavista”. Sea como sea, Chávez ha cambiado definitivamente el perfil de Venezuela e, incluso, su lugar en el mundo. |
||||||||
|
||||||||
|
Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional www.igadi.org ÚLTIMA REVISIÓN: 15/12/2008 |
||||||||
|
||||||||