| Bush: tortuosa reelección Por Roberto Mansilla Blanco (Gloobal, 28/11/2005) |
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Todo ello obliga a Bush a un repentino cambio de estrategia en Irak, cuyo vértice más visible se ubica en la posibilidad de una retirada de tropas a partir del próximo año. Del mismo modo, en Bagdad ya se agilizan mecanismos propios de solución del conflicto, considerablemente alejados de los imperativos originales estipulados por Washington. Si el dicho “segundas partes nunca fueron buenas” es verídico, a Bush la reelección en el 2004 se le está convirtiendo en un trago amargo. En EEUU, ya es casi vox populi considerar que la guerra en Irak fue un craso error de la política exterior del actual gobierno y ya vocean fuertemente los defensores de una retirada de tropas. Si dejamos de un lado la crisis sanitaria y social en Nueva Orleáns, todos los escándalos que hoy acosan al entorno del presidente tienen un centro común: la invasión militar de Irak. Obviamente, esto repercute en la apreciación popular de su gestión. El mandatario republicano cosecha los más bajos índices de aceptación popular, desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2001. La última encuesta de la empresa Gallup deja clara la tendencia actual: sólo un 37% de los estadounidenses aprueban la gestión de Bush. Lo peor para Bush supone conocer que un 52% de los consultados lo considera como un líder “no fiable”. Ni siquiera su política de “guerra contra el terrorismo” tiene calado, ya que un 49% la desaprueba. El colofón lo constituye el contundente 60% de los estadounidenses que creen que no ha merecido la pena la invasión de Irak. Otro sondeo, realizado por la cadena ABC y el influyente The Washington Post, señala que un 68% de los estadounidenses creen que su país “ha perdido el rumbo”. ¿Qué ha pasado para que Bush asista a su hora más baja? La revelación de toda una serie de testimonios y pruebas, fracasos políticos y evidencias de abusos en la lucha antiterrorista, hacen de los predios de la Casa Blanca y el Congreso estadounidense un campo de batalla más letal que las calles de Bagdad. La bomba estalló en octubre, con la revelación del confuso escándalo del “Plamegate”, realizado por un ex diplomático norteamericano en Níger, y que señalaba la falsedad de las pruebas presentadas por Washington ante el Consejo de Seguridad de la ONU, sobre la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein. El escándalo, que tuvo fuertes repercusiones en personalidades de los medios de comunicación, fiscales y la CIA, involucró directamente a personas cercanas a Bush: el vicepresidente Dick Cheney, y los consejeros de seguridad Lewis Libby y Karl Rove, a su vez ideólogos neoconservadores, estrategas de la invasión militar de Irak. La opinión pública y diversos congresistas ya se preparaban para una posible continuación de escándalos presidenciales, como el “Watergate” de Richard Nixon y el “Mónicagate” de Bill Clinton. El caso “Plamegate” lo lleva adelante el fiscal Patrick J. Fitzgerald, bajo una fuerte presión política y mediática del Partido Demócrata, y pende como una amenaza directa para la presidencia de Bush. Obviamente, el “Plamegate” tiene efectos electorales. A principios de noviembre, los republicanos perdieron las gobernaciones en los estados de Virginia y Nueva Jersey, así como algunos condados de Nueva Orleáns y un referendo para reducir el gasto público en California. Todo ello significó un rotundo triunfo para el partido Demócrata, levemente paliado con la reelección del republicano Michael Bloomberg en la alcaldía de Nueva York. Con Irak como “tema electoral estrella”, el objetivo político de ambos partidos se orienta a las elecciones legislativas de octubre de 2006, donde el Congreso y el Senado de los EEUU serán renovados. Si la popularidad de Bush continúa bajando e Irak termina por convertirse en un callejón sin salida, la mayoría republicana en el Congreso se vería modificada a favor de los demócratas, cuyo camino a la Casa Blanca podría despejarse de cara al 2008. Todo esto está colocando al gobierno de Bush a la defensiva. El pasado viernes 18, se presentó en la Cámara de Representantes una crispada votación, comandada por los demócratas, sobre la retirada de las tropas estadounidenses de Irak. Lo insólito es que el “misil” lo envió un congresista republicano, John P. Murtha, veterano de Vietnam, con las mayores condecoraciones militares estadounidenses. Murtha declaró que la situación en Irak estaba tan mal, que EEUU “necesita inmediatamente retirar sus tropas”. La elevada cantidad de bajas militares (más de 2.000 y 15.000 heridos) y el oneroso coste (200.000 millones de dólares) persuadieron también a los congresistas. La votación fue repelida abrumadoramente por la mayoría republicana, por 403 contra 3, pero las bases del partido y los demócratas exigieron a Bush presentar un plan estratégico convincente, que permita terminar con éxito la misión en Irak. Del mismo modo, republicanos y demócratas en el Senado aprobaron, por 79 votos contra 19, que Bush presente informes regulares al Congreso sobre la situación en Irak y que en el 2006, agilice una política que permita “el pleno restablecimiento de la soberanía iraquí”. A pesar de ello, la retórica oficial no arroja señales de concordia: el vicepresidente Cheney acusó a los demócratas de “mentir sobre la guerra en Irak” y de implementar una política oportunista dirigida a minar la confianza popular hacia el gobierno de Bush. Pero ya en Washington se habla, en voz baja, sobre planes de retirada militar. El ex portavoz del Consejo de Seguridad Nacional durante la “era Clinton”, Philip J. Crowley, ya vaticina que el gobierno de Bush hará anuncios en los próximos meses, sobre un calendario de retiro de tropas. La fecha tope es el 15 de diciembre, cuando se celebren comicios presidenciales en Irak. Durante su gira por Asia, Bush intentó rebajar el tono de la confrontación, incluso mostrándose indulgente con el congresista Murtha. Pero otras informaciones lo mantienen anonadado, sin rápida respuesta. La decisión del Senado de EEUU de recortar los derechos de los presos de Guantánamo de acudir a tribunales está provocando nuevos síntomas de irritación política, dentro y fuera del país. Del mismo modo, la revelación de que la CIA podría tener “cárceles secretas” en Europa del Este, donde supuestamente se torturaban a terroristas sospechosos, deja mal parada a la administración de Bush. De esta supuesta revelación no se escapa, indirectamente, el gobierno español de Zapatero. Informaciones aseguran que la CIA utilizó sus bases militares españolas para transportar a los terroristas sospechosos. Varias cadenas de TV estadounidenses califican a Cheney como el “vicepresidente de la tortura”. Mientras, en Europa, se critica el reforzamiento de estas medidas de seguridad estadounidenses, lo cual no contribuye a la normalización de las relaciones transatlánticas. Para finalizar, el reconocimiento oficial, a través de fuentes militares inglesas y estadounidenses, de que sus tropas utilizaron armamento químico en la batalla de Faluya en el 2004, deja la política oficial en Irak severamente tocada, salpicada por escándalos de violaciones de derechos humanos que podrían suponer su sometimiento a la justicia. ¿Es Irak el “Vietnam de Bush”? Está claro que la invasión militar y la posguerra en el país árabe son el “dolor de cabeza” inesperado, un año después de la reelección presidencial. Sin embargo, es aún prematuro considerar que, a tres años de las presidenciales, la caída de Bush (como Nixon en 1974) está garantizada. Lo que sí parece evidente es que habrá un cambio repentino de estrategia en Irak. El congresista Murtha justificó su petición de someter a votación el retiro militar informando que “un 80% de los iraquíes quieren que nos vayamos y un 45% justifica los atentados contra nuestros soldados”. La última semana dejó casi 100 muertos en atentados terroristas, mientras la Liga Árabe realizaba una reunión urgente de “reconciliación” entre las diversas facciones iraquíes. Precisamente, en esta cumbre árabe el pasado lunes 21, se tomó la histórica decisión de acordar un calendario para el retiro de tropas extranjeras del país. El acuerdo fue alcanzado por las aparentemente irreconciliables comunidades chiíta y sunnita y en él estaban representados todos los partidos políticos del actual escenario iraquí. El documento también estipuló una de las principales demandas de los sunnitas: que la “resistencia nacional es un derecho legítimo de todas las naciones”. Ambas resoluciones son, a toda vista, sendos reveses políticos para Washington. El repentino acuerdo iraquí muestra un escenario distinto: que la política en el país árabe está cada vez más alejada de lo que se decide en Washington. Se espera que las elecciones del próximo 15 de diciembre legitimen un verdadero gobierno de transición que alivie la presión política y militar extranjera. Aunque todo esto, presumiblemente, no evitará la confrontación y los atentados. Simultánea a la cumbre árabe, fuentes británicas aún no confirmadas, certificaban la supuesta muerte del líder de Al Qaeda en Irak, Abu Musab al Zarqawi, durante una acción militar conjunta anglo-estadounidense en Mosul. De ser cierta esta información, Bush respiraría momentáneamente aliviado, en medio del vendaval político que, en la actualidad, acosa a una presidencia incapaz de reaccionar. |
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