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Níger: Genocidio silencioso
Por Lara Barros Alfaro (Noticias Obreras, 1ª quincena setembro/2005)
 
 

  Mina de uranio en Arlit (Níxer), clic para aumentar
Níger cuenta entre sus fuentes de ingresos con la exportación de uranio y se convierte en una auténtica ganga para las macroempresas que se dedican a la exploración de yacimientos petroleros; es precisamente el excesivo enfoque económico en la producción para la exportación lo que provoca que se ofrezca menos atención a la producción agraria de subsistencia y que se importe un significativo porcentaje de los alimentos que necesita su población para mantener la seguridad alimentaria (se estima que tiene una dependencia alimentaria del 40%). Exportación de materias primas e importación de producción manufacturada y de alimentos, nada nuevo, desde luego, si se tiene en cuenta el devenir económico de la época de la colonización explícita, aunque ahora las metrópolis llevan el nombre de las corporaciones transnacionales que protagonizan los record de beneficios en el mercado internacional. (Foto: Explotación de uranio en las proximidades de Arlit, en el desierto del Sáhara, a 1.200 kilómetros de Niamey, la capital de Níger. La mina es propiedad de la empresa Somair, participada en un 63,4% por el grupo Cogema-Areva y en el 36,6% restante por el gobierno de Níger).
 
Es ya un tópico acercarse a las sociedades africanas a través del prisma de las sucesivas alarmas de graves crisis alimentarias. La última llamada de atención procede del Relator Especial para el derecho a la Alimentación de Naciones Unidas, Jean Ziegler, quien tras una visita de cuatro días en el mes de julio a Níger, alerta de una inminente hambruna que pone en peligro la vida de más de tres millones de personas, entre las que se encontrarían 800.000 niñas y niños amenazados por el hambre y la desnutrición.

De esta manera, Níger o, mejor, el Sahel, acaparó de nuevo la atención de los medios de comunicación de las sociedades del Norte que, siguiendo la premisa de que vale más una imagen que mil palabras, rellenan los huecos argumentales y explicativos de sus noticias con la dramática personalización del hambre en anónimas caras que parecen carecer de individualidad y de derecho a la intimidad. Sin embargo, detrás de esas imágenes no hay mil palabras explicativas sino mil interrogantes que quedan vacíos y que van conformando una sensación de inevitabilidad, como si el hambre formase parte del “destino manifiesto” del África Subsahariana.

Se habla de desertización, de plagas de langosta, de la pérdida de cosechas, de asfixiantes sequías... coyunturas que se repiten año tras año, sin que se nos aclare demasiado el cómo, el por qué o el desde cuándo. ¿Hay una escandalosas falta de información o es que en el continente más grande la Historia no existe y el tiempo se ha estancado y discurre cíclicamente entre la guerra y el hambre? Parece más razonable inclinarse por la primera opción y enfrentarse a la enorme tarea de rescatar, aunque sea mínimamente, lo que no se dice.

Níger es uno de los estados que, según el PNUD (Programa de las NNUU para el Desarrollo), presenta los niveles más bajos en el Índice de Desarrollo Humano (coeficiente que combina la renta per cápita, las tasas de alfabetización y el acceso a un sistema sanitario adecuado), lo que le convierte en el segundo país más pobre del planeta. No obstante, no es un país que carezca de recursos naturales sino que cuenta entre sus fuentes de ingresos con la exportación de uranio y se convierte en una auténtica ganga para las macroempresas que se dedican a la exploración de yacimientos petroleros; es precisamente el excesivo enfoque económico en la producción para la exportación lo que provoca que se ofrezca menos atención a la producción agraria de subsistencia y que se importe un significativo porcentaje de los alimentos que necesita su población para mantener la seguridad alimentaria (se estima que tiene una dependencia alimentaria del 40%). Exportación de materias primas e importación de producción manufacturada y de alimentos, nada nuevo, desde luego, si se tiene en cuenta el devenir económico de la época de la colonización explícita, aunque ahora las metrópolis llevan el nombre de las corporaciones transnacionales que protagonizan los record de beneficios en el mercado internacional.

La fuerte caída del precio del uranio en el mercado internacional en los años ochenta, entre otras razones, ha aprisionado a este país en una creciente crisis económica y social materializada en un progresivo empobrecimiento de gran parte de la población y en unas desbocadas tasas de desempleo crónico, con sectores de población, mayormente mujeres y jóvenes, sumidos en la exclusión social...Y no es la primera vez, ni desgraciadamente será la última, que se convierte en actualidad mediática por la inseguridad alimentaria a la que se ve sometida, sobre todo, la población rural (un 80% de la población total) que ve como disminuyen sus ingresos debido al aumento de los precios de los productos básicos ante situaciones de sequías, como es ahora el caso del mijo, almacenado ante el espanto de una población hambrienta que no puede costearlo. La falta de acceso a los recursos es pues, en estos casos, más determinante y grave que la propia sequía.

Níger, al igual que otros estados africanos, ha vinculado su estrategia económica a las políticas dictadas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial desde hace unos veinte años; durante este tiempo, las premisas neoliberales fueron asumidas aplicadamente por el gobierno que, en consecuencia, se abrió a la inversión exterior, fue privatizando unidades de producción ligadas al sector público y dando pasos en pro de la liberalización y la desregulación de su mercado. Siguiendo esta línea de actuación, no es de extrañar que, en estos momentos, las peticiones para la distribución gratuita de alimentos para evitar la catástrofe alimentaria sean vistas con recelos por el propio FMI, al constituir una alteración de la sacrosanta “libre competencia”.

Por lo tanto, la relación entre el empobrecimiento de la sociedad en las últimas décadas y la asunción por parte de su gobierno de los planes de ajuste estructural promovidos por las instituciones financieras internacionales, aunque no sea exclusiva y esté afectada por otra serie de factores, seguramente no es casual. Tampoco debe ser anecdótica la relación entre el empobrecimiento y las desigualdades que caracterizan la liberalización que promueve la Organización Mundial del Comercio (OMC), permitiendo que los mercados del Sur sean inundados por la producción del Norte, mientras éste se mantiene protegido.

Y como alternativa, más de lo mismo, como hemos podido constatar en la Cumbre del G-8 de Geneagles donde se incluyó a Níger en la lista de países que van a ser favorecidos con reducciones parciales de su deuda externa (este país dedica más de un cuarto de sus ingresos al pago de la deuda, lo que supera el presupuesto dedicado a la cobertura de servicios sociales como educación o sanidad). Se le ofrece menos deuda y más ayuda financiera, no suficiente según varios representantes de ONG´s y movimientos sociales, pero condicionada al seguimiento de las directrices económicas que ya conoce y viene aplicando: privatización, liberalización, control del gasto público y, sobre todo, mucho comercio como motor para el crecimiento económico.

A la vista de la trayectoria de las últimas décadas, cabe poner en cuestión las verdades económicas del llamado Consenso de Washington y sopesar los supuestos beneficios universales de la liberalización comercial; ¿puede un estado garantizar la seguridad alimentaria de su población mediante la importación de alimentos de un mercado internacional marcado por las fluctuaciones de los precios en base a criterios que poco tienen que ver con las necesidades humanas? La alimentación, base de la vida, y su manifestación económica que es la agricultura, deben mantenerse como sectores estratégicos de las sociedades y de sus estados, y es peligroso dejar su gestión a expensas de la supuesta “mano invisible” del mercado, es decir, la mano de las corporaciones transnacionales, que ven en ella un negocio y no una necesidad humana. Mientras no se opte por esta visión, y sea la cobertura del derecho a alimentarse uno de los requerimientos esenciales de las políticas económicas y no al contrario, difícilmente se podrá ir en camino de evitar que crisis como la que actualmente amenazan a Níger se propaguen por los medios como complemento aterrador de nuestras sociedades de consumo.

Observar que 840 millones de personas pasan hambre y sufren desnutrición en un mundo en el que cada vez se produce y se consume más, debe hacernos sospechar que no todo tendrá que ver con fuertes sequías y plagas de langostas. Si acudimos a las raíces de estos problemas, comprobaremos que poco tienen que ver con la escasez de alimentos sino con la distribución de los recursos para obtenerlos. El modelo económico de desarrollo a través de un comercio internacional marcado por las desigualdades; el abandono de la producción propia en aras de los rápidos y variables ingresos de la exportación, normalmente concentrados en las pocas manos que controlan los recursos productivos; y las políticas macroeconómicas dirigidas desde las instituciones financieras tienen un grado de responsabilidad que debe ser analizado.

Asimismo, el papel de la ayuda internacional también debe ser revisado, ya no sólo por escasez, tardanza o poca incidencia, sino porque en muchas ocasiones ha sido utilizado por los estados del Norte como una estrategia para abrir mercados para sus productos y librarse de producción excedentaria, lo que ha llevado en diversas ocasiones al hundimiento de la producción local. En este sentido, tiene su lógica la reclamación de que la respuesta a las crisis alimentarias debe articularse con los recursos locales: ¿de qué serviría introducir toneladas de mijo a bajo precio en Níger mientras el producido localmente continúa almacenado? La respuesta parece obvia, pero, sin embargo, esa ha sido la forma de proceder en muchas ocasiones.

En resumidas cuentas, los problemas que se hallan detrás de crisis como la que amenaza a Níger y pone en alerta también a Mali, Mauritania y Burkina Fasso, aunque son de naturaleza variada y compleja, presentan un componente estructural importante, económica y política, nacional e internacional, y requieren de respuestas a esos niveles, no remiendos puntuales que prolonguen la vulnerabilidad más allá de lo humanamente tolerable.

 
 

Lara Barros Alfaro es estudiante en prácticas en el Igadi.

 
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