| We are losing Por Andrés Freire (Xornal.com, 26/01/2005) |
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Quizás así podamos entender algo del discurso de reelección de George Bush. Todos hemos quedado sorprendidos al ver a un presidente que ha ignorado las amargas lecciones de Irak: la futilidad de la democratización instantánea, los límites del poderío militar americano. Y observamos, en cambio, a un Bush más mesiánico que nunca, iluminado y atrapado en su propia retórica de libertador por gracia divina. La sorpresa fue mayor debido a que los nombres de la nueva administración nos parecían indicar un ascenso del ala moderada de los republicanos, sobre todo con el nombramiento del prestigioso Robert Zoellick –experto del más alto nivel en negociaciones comerciales- como adjunto de Rice. Rumsfeld y los neoconservadores parecían entonces en desbandada. Sin embargo, es ahora el propio George Bush quien hace un peán a favor de la expansión de la democracia y la defensa de sus aliados, “mediante la fuerza, si es necesario”. Dick Cheney, acaso el más malvado de los halcones, secundó pronto el discurso, señalando el peligro que suponía Irán y guiñando el ojo a Israel para que golpee su programa nuclear, si se siente con fuerzas para hacerlo. Por consiguiente, George Bush no ha aprendido nada, no quiere saber nada. Él es ahora el brazo armado de la Historia: “La historia tiene una dirección visible, establecida por la libertad y el autor de la libertad (history also has a visible direction set by liberty and the author of liberty). Poco le faltó para decir que él era la Mano de Dios. “La mejor esperanza de paz en el mundo es la expansión de la libertad en el mundo”. Nos lo asegura el presidente Bush. Al tiempo, su secretaria de Estado Rice nos presenta la renovada lista de enemigos, llamados, en la nueva retórica, outputs of tyranny: Cuba, Myanmar, Corea del Norte, Irán, Bielorrusia y Zimbabwe. Las distintas agencias del gobierno americano, con sus distintas facciones, empiezan ahora una competición que tiene como objetivo llamar la atención sobre las desventuras de aquellos países que ellos se proponen “liberar”. Las apuestas, desde luego, nos señalan a la república de Irán, como el favorito en esta desdichada carrera. La gran mayoría de los observadores nos advierten de que un ataque sobre ese país sería una locura, que Estados Unidos carece de opciones militares válidas y realistas, que su posición en Irak es muy frágil, que el programa nuclear iraní está diseminado por toda Persia, que las instalaciones están fuertemente protegidas y no es posible el elemento sorpresa. Y sí, un ataque a Irán sería una locura. Pero la locura parece el signo de los tiempos en Washington. |
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Andrés Freire é colaborador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 26/01/2005 |