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Sudán: presintiendo el genocidio ruandés
Por Raquel Quinteiro Castromil (Canal Mundo, 20/04/2004)
 
 

Mucho se lloriqueaba la semana cuando los informativos rememoraban la estampa sanguinolenta de la barbarie perpetrada hace diez años en Ruanda, el más atroz de los genocidios jamás retransmitidos por televisión. La comunidad internacional lamentaba no haber actuado a tiempo. Como de costumbre, la historia vuelve a repetirse; esta vez sin la hagiografía de aquella extraordinaria cobertura editorial. Es cierto que en los últimos días, muchas son las voces de los que se conduelen ante el inminente genocidio desatado en Sudán; hasta el momento y según parece, en vano.

La pasividad del club de las Naciones Unidas responde a la misma postura despreocupada y regalona de hace diez años, cuando Ruanda se convertía en una fosa común de blasfemas y profanas dimensiones. Hoy en Sudán, cadáveres Fur, Masaalit y Zaghawa, cosidos a tiros por los hombres a caballo Janjaweed, comienzan a amontonarse. Un millón de famélicos desplazados internos, más de cien mil refugiados escapados hacia Chad, miles de mujeres y niñas violadas y asesinadas, mataderos, cañoneos, agresiones sexuales casi industrializadas, secuestro y trapicheo de niños, saqueos en aldeas, incautación de miles de cabezas de ganado, de tierras, de posesiones, calcinación de campos, destrucción de cosechas, bloqueo a los convoyes humanitarios… Ese es el espectáculo del monstruoso patíbulo, del degolladero sudanés en la región occidental de Darfur. Y esta, la crónica de un genocidio anunciado. En la novela de García Márquez, todos, a excepción de la propia víctima, conocían el fatal destino de Santiago Nasar. La ONU, la UE y el gobierno de Estados Unidos también lo saben. Y de nuevo, la realidad supera la ficción.

La matanza impune, en connivencia con el gobierno de Jartum, ha sido denunciada por la USAID, por el secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan y por numerosas Organizaciones No Gubernamentales pro defensa de los Derechos Humanos. Human Right Wacht ha sido la primera en rotular con mayúsculas la saña de un genocidio flagrante del que directamente responsabiliza en sus informes al gobierno presidido por Omar Hassan El-Béshir. El ejecutivo de este país viene de ser formalmente acusado de la matanza por la ONG norteamericana. Jartum estaría, según HRW perpetrando crímenes contra la humanidad y aplicando de manera sistemática brutales ataques contra diversos grupos étnicos de Darfur en un feroz programa de limpieza étnica. Las milicias y fuerzas armadas sudanesas, cuya mayor parte de efectivos se nutre de militares y paramilitares de confesión islámica afines al régimen de Omar Hassan El-Béshir, están llevando el genocidio sudanés a su máximo apogeo.

Las víctimas civiles, étnicamente emparentadas con los guerrilleros del Movimiento de Liberación de Sudán (SLM) y del Movimiento por la Justicia y la Igualdad (JEM), componen el triángulo racial de color Fur, Masaalit y Zaghawa, habitan al sur del país y profesan además el cristianismo y otros cultos ancestrales multiétnicos. La reconciliación con el norte del país, donde la población ha sido mayoritariamente islamizada, está hoy más que nunca alejada de toda oportunidad de negociación pese a la pantomima que el gobierno y el Ejército Popular de Liberación de Sudán (SPLA), otro de los grupos guerrilleros, se sacaron de la manga cuando decidieron sentarse a parlamentar en el careo de Kenia.

Desde el inicio de la lucha, en 1983 más de dos millones de personas han perecido en un conflicto de reivindicaciones territoriales, cuando el SPLA comenzó a guerrear contra el gobierno por la recuperación de las regiones sureñas del país. La campaña del terror hoy impuesta, la depuración, está rearmando a las milicias Janjaweed, implementando la cruzada de purgas en pro de una frenética limpieza étnica que arrasa toda la región de Darfur y que es comparable, tanto por su dimensión, como por su bestialidad a lo ocurrido en Ruanda hace 10 años.

Esta misma semana, Amnistía Internacional se ha sumando a la campaña de denuncias disparando una traca de comunicados que recomiendan al gobierno de Jartum la restitución inmediata de toda cuanta garantía sea necesaria para afrontar tanto la grave crisis humanitaria que asola el país como la deplorable situación de los Derechos Humanos. Kofi Annan por su parte, fue rotundo y contundente al no silenciar la palabra “genocidio” para referirse a la situación que se vive en Darfur, insistiendo además en que si el gobierno sudanés no cede el paso de inmediato a los activistas internacionales, brigadistas para la paz y cooperantes en socorro y ayuda de emergencia humanitaria, promoverá una intervención armada en el país africano para asegurar “el pleno acceso a la región y a las víctimas sin más demora”. Sólo falta esperar que no se cumpla la sentencia profética de siempre, esa de que del dicho al hecho hay un gran trecho.

 
 

Raquel Quinteiro Castromil é estudiante en prácticas no IGADI.

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