| Sudán: Janjaweed, los jinetes del Apocalipsis Por Raquel Quinteiro Castromil (Canal Mundo, 17/08/2004) |
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Hace un par de días las agencias de información africanas daban a conocer la noticia de que la Unión Africana habría decidido posponer el envío de tropas de pacificación a la región sudanesa de Darfur, donde sin duda se vive hoy la peor catástrofe humanitaria de la última década. Lo que no explicaron los responsables de la UA es porqué siguen esperando. Hace ya meses la magnitud del drama alcanzaba el fatal punto de no retorno. La catástrofe humanitaria es irreversible pero en las oficinas y despachos presidenciales todavía se pierde el tiempo en diseñar el cómo y el cuándo de una intervención que no acaba de hacerse efectiva. Sudán es un país por completo desgarrado luego de un continuum bélico que se ha perpetuado desde que se independizara de la tutela de Gran Bretaña en el año 1956. De las extremas desigualdades regionales que existen entre el norte y el sur del país emerge con estremecedora violencia un conflicto interétnico brutal. Además de malnutrición y escasez en todas sus manifestaciones, uno de los primeros problemas que se ciernen sobre los civiles sudaneses es, –curiosamente en el país por el que fluye la mayor parte del caudal del Nilo–, la falta de agua potable. Más allá de la pobreza pandémica, Sudán se ha visto en repetidas ocasiones devastado por epidemias virulentas como la que se desató en el año 1999, cuando un contagio de meningitis hacía estragos entre la población. El sistema nacional de salud está completamente colapsado. El gobierno no invierte más de un 1’7 promedio del PIB en sanidad pública. Además, el analfabetismo roza cotas difícilmente concebibles que afectan al 80% de los varones y al 90% de las mujeres del sur del país. En su origen, esta guerra, sobredimensionada por el enfrentamiento étnico entre la población musulmana del norte y la raza negra del sur, es una amalgama de intereses discordantes por la apropiación de los recursos minerales e hidrológicos. Al norte del país, la población musulmana se ocupa en buena parte del comercio y de la explotación agrícola mientras que el sur, vergel de riquezas naturales de las tierras de Renk, como del petróleo de Bentiu o de los yacimientos de níquel y uranio, es el feudo tradicional de los movimientos guerrilleros que luchan principalmente contra la Sharia impuesta desde Jartum en pro del establecimiento de un Estado socialista disociado de todo culto religioso que reconozca de una buena vez la autonomía sureña. Todo ha empeorado desde el último mes de febrero, cuando abiertamente comenzaba la sistemática campaña en pro de la depuración étnica alentada por los responsables del gobierno de Jartum. En los últimos meses, Kofi Annan y Collin Powell además de un sinfín de observadores internacionales enviados desde Naciones Unidas se han paseado por Darfur, por la capital, Jartum, y otras regiones del país, además del vecino Chad. Visto que las cosas siguen empeorando por momentos la pregunta es ¿para qué? Eso sí; hace dos semanas la ONU lanzaba a Jartum un ultimátum de 30 días para controlar la situación de Darfur. Sin embargo, a día de hoy ninguna de las expectativas se ha cumplido y la situación va de mal en peor. Por omisión de sus compromisos con la comunidad internacional y especulando con la vida de los suyos, Omar el Béshir sigue sin responder al drama que viven los millones de sudaneses huidos a Chad o refugiados en los campos de Darfur. Los cadáveres continúan amontonándose ya no tanto por los sistemáticos ataques de los milicianos, que desde luego no han cesado, sino por la virulencia de la catástrofe humanitaria y de la crisis alimentaria que padecen los desplazados. La ayuda alimentaria sigue siendo insuficiente y eso pese a que el miércoles pasado se autorizaba el acceso a Darfur de algunos convoyes de emergencia procedentes de Libia. A última hora del viernes, el presidente sudanés decidía por fin, más por presión internacional que de buena voluntad, proceder a la confiscación de armas de sus protegidas milicias Janjaweed. Los jefes tribales de la región de Darfur serían los encargados por delegación de proceder al desarme de los “hombres a caballo” milicianos que, desde hace meses y bajo la más absoluta impunidad, no han hecho sino pasar por la espada a miles de ciudadanos de color después de haber saqueado e incendiado sus aldeas, violado a sus hijas y mujeres llevando en definitiva, el genocidio sudanés a su máximo apogeo. |
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Raquel Quinteiro Castromil é estudiante en prácticas no IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 18/08/2004 |