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¿Sudán en la Comisión de Derechos Humanos?
Por Raquel Quinteiro Castromil (Canal Mundo, 18/05/2004)
 
 

Mary Robinson declaró en su día algo tan redundante como que la Comisión de Derechos Humanos había sido concebida como el principal artífice para la defensa y promoción de los derechos recogidos en la Declaración de San Francisco. Parece obvio y sin embargo, basta con echar un vistazo al listado de representantes del supremo organismo, para que cualquiera pueda sospechar lo contrario. El nombre de Sudán, además de otros, chirría con estridencia al figurar hoy mismo entre los delegados designados para fomento de tal misión.

Es el tipo de incomprensibles y absurdas decisiones que cada vez más socavan la deteriorada reputación de la Organización de las Naciones Unidas. Es, “el más difícil todavía”. Sudán, gobierno responsable de un sinfín de crímenes y masacres contra sus propios súbditos, reanuda su mandato para el año 2004 como representante del grupo africano ante la Comisión.

En su empeño por islamizar el país hasta el último rincón, desde su ilegítima llegada al poder y especialmente en los días que corren, Omar Hasán al Bashir ha sido acusado una y mil veces de perpetrar y alentar indiscriminados ataques contra civiles cristianos y animistas del sur, al punto de ser delatado a día de hoy como uno de los más despiadados genocidas de los últimos tiempos. El régimen de Jartum, obcecado en aplicar la doctrina de la Sharia de norte a sur homogeneizando todo el Sudán bajo bandera del Corán, está pasando por las horcas caudinas a los “subversivos” cristianos del sur.

Como en muchos otros casos ocurre, el conflicto sudanés adquiere hoy a través de la prensa, la apariencia de mero enfrentamiento étnico. Si bien es cierto que desde hace más de un siglo las hostilidades entre árabes musulmanes y cristianos de raza negra han sido una constante, bajo el conflicto que hoy perdura subyace otra lógica reveladora: el control de los recursos. Ya hace más de treinta años, Jartum decidió quitarse del medio a las comunidades hostiles, implementando un casi industrializado programa de deportaciones masivas entre las comunidades negras hacia zonas alejadas, para en su vacío, reconquistar sus productivas tierras mediante la implantación de grupos de colonos árabes procedentes del norte. Se estima que en torno a cuatro millones de sudaneses del sur se han visto forzados al desplazamiento de sus hogares, más de dos millones han muerto desde 1983 y muy pocos permanecen hoy en las tierras donde nacieron.

La decisión de incluir a Sudán en la Comisión, junto a Guinea, Togo (dos fieras dictaduras) y Kenia, provocó primero incredulidad y después indignación entre la delegación estadounidense, hasta el momento, la única que firmemente ha condenado tan disparatada elección. Por boca del embajador estadounidense del Consejo Económico y Social de la ONU, Sichan Siv, (que abandonó la reunión en señal de protesta) el Departamento de Estado estadounidense declaró hace escasos días que su país, “está perplejo y consternado por la decisión de proponer Sudán, un país que masacra a sus propios ciudadanos, para la elección a la Comisión de Derechos Humanos", añadiendo que "este año, como en años anteriores, mi delegación cree que esta candidatura es completamente inadecuada". Si bien es cierto que el gobierno que Siv representa no es ni mucho menos el santuario de los Derechos Humanos en el mundo, la comunidad internacional no puede por menos que admitir esta vez y sin que sirva de precedente, que el embajador Siv es el único que ha demostrado ser coherente al declarar que la de Sudán es una elección “completamente inadecuada”.

Pese a quien le pese, lo hecho ya está hecho. Y es así como alguno de los forajidos y criminales del corrillo de Al Bashir pasa a investirse en un puesto que a todas luces no merece. Representarán al país africano ante el máximo órgano internacional pro defensa de la Declaración de San Francisco y de los Pactos Internacionales de 1966 sobre derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. Nuevamente Naciones Unidas vuelve a tirar piedras contra su propio tejado.

 
 

Raquel Quinteiro Castromil realiza prácticas no IGADI.

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Fernando Pol