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El aquelarre de la Declaración del Milenio
Por Raquel Quinteiro Castromil (Galicia Información, 05/04/2004)
 
 

La salud de los Derechos Humanos se encuentra más que nunca amenazada so pretexto de un choque de civilizaciones –tramposo embuste– que la CNN intenta hacernos tragar a como de lugar. La supresión de estas leyes fundamentales, impúdicamente ha dado en llamarse “daño colateral”. Una nueva forma de prostituir los conceptos morales en Europa y Estados Unidos, donde bajo el amparo de una legalidad sobrevenida cuyo motor es el dinero, se nos ha enseñado a ver el resto del mundo desde el púlpito del predicador, del catequista, del evangelizador de una tierra de bárbaros. En la mente de muchos persiste la idea de que todo cuanto nos rodea no es sino un mundo de caníbales, simpáticos pigmeos, mitad hombres, mitad animales y suicidas palestinos. Ese rol que llevamos en la genética desde los tiempos de Torquemada y antes, es el que confiere a occidente la mayor catadura moral a la que se refería Silvio Berlusconi cuando comentaba: “tenemos que ser conscientes de nuestra superioridad”. La nimia diferencia es que hoy ya no somos inquisidores, sino gendarmes del mundo; gendarmes de las alianzas militares, de los pozos de petróleo, de los préstamos del FMI, de los depósitos minerales, de las plazas bursátiles, de los oleoductos, de las transnacionales, del tráfico de armas, de los gaseoductos, de las vías marítimas de contrabando. Moralmente superiores, algunos de nuestros gobernantes campan a sus anchas por el mundo entero, declarando guerras, perdonando vidas y conculcando por doquier los derechos humanos, esas leyes que paradójicamente la superior inteligencia occidental parió.

Los ataques contra civiles en los conflictos armados, las matanzas, las violaciones sistemáticas contra el derecho fundamental a la vida y a la propia integridad física, los desplazamientos, los reasentamientos, las expulsiones masivas de refugiados, las ejecuciones de prisioneros, la tortura, la restricción de la libertad de circulación, los ataques perpetrados contra las escuelas, las instalaciones hospitalarias o los convoyes de socorro y la derogación del derecho de asilo y refugio, siguen siendo hoy el pan nuestro de cada día en muchos de las guerras olvidadas que azotan a la población civil. El eje del mal ya no se contiene en las fronteras norcoreanas o iraníes. Alcanza al Estado hebreo –tierra sin ley y latrocinio histórico– y a la base de Guantánamo, viaje hacia la Meca de la impunidad.

Por eso es gracioso imaginarse cómo, en un arrebato delirante, en algo más parecido a un aquelarre de brujas que a una cumbre de la ONU, los representantes de las Naciones Unidas redactaban los estatutos de la Declaración del Milenio creyéndose en posesión de algún brebaje mágico y anunciando para el año 2015, la llegada del Mesías.

Cumplir con los objetivos de la Cumbre del Milenio para esa fecha es, cuando menos, una pretensión infantil. Conmovedora, pero infantil. No quiere decirse con ello que no sea importante apoyar la convocatoria de este tipo de conferencias internacionales, antes al contrario: hoy más que nunca es de vital importancia salir en defensa de la celebración de encuentros y foros de debate que persigan la implementación de una alternativa de Desarrollo Sostenible que a su vez refuerce la baza de los Derechos Humanos y el diálogo intercultural, ya que, sólo en estos términos estaremos avanzando positivamente. En esta lógica, el rol a jugar por una institución supranacional como la Corte Penal Internacional, es de vital importancia, pues sólo rompiendo el ciclo de la impunidad podrá ser aliviada la deplorable situación de los Derechos Humanos en el mundo. Desafortunadamente, mientras el capo de la gendarmería mundial, USA, no reconozca la jurisdicción de la CPI, seguiremos como estamos o, previsiblemente, yendo a peor. Se han rebasado los límites de la concordia humana y es por eso que hoy, ya no cabe hablar de un posible mundo mejor, sino de un forzoso mundo mejor que no amenace la supervivencia de los pigmeos.

 
 

Raquel Quinteiro Castromil é licenciada en Ciencias Políticas pola USC e realiza prácticas no IGADI.

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