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Moda retro: La Realpolitik de los halcones de Bush
Por Raquel Quinteiro Castromil (Canal Mundo, 06/04/2004)
 
 

Si es que alguna vez estuvo demodé, el paradigma del Realismo Político implementado por Kissinger con ocasión del capítulo histórico que dividiera el mundo en el eje de coordenadas este-oeste, está regresando con furia arrolladora al panorama de las relaciones internacionales. Esta vez, vinculada al orden imperial norteamericano y al resurgir del duro conservadurismo de la Administración republicana luego de los atentados contra el World Trade Center.

La bipolaridad que equilibraba la lógica de la contención, el tira y afloja de la disuasión, está siendo sustituida por un nuevo modelo: un sistema unipolar con USA a la cabeza como centro de poder cuya ciclópea robustez bloquea a las demás grandes potencias en su intento de contravenir los designios del gobierno de George W. Bush. Todo en vano. La agresión a Irak, decidida sin el consentimiento de la Organización de las Naciones Unidas y con la mayoría de los “aliados” tradicionales en contra, supuso la certificación del rumbo unilateral que tomaron en asuntos exteriores los halcones de la Casa Blanca: Wolfowitz, Rumsfeld, Cheney, Kristol y Kagan, quijotes del nuevo orden. Todo en aras de contornear sobre el mapamundi la geografía de la invencibilidad norteamericana, asegurando el estatus quo de su supremacía. En este contexto, los intereses de la Casa Blanca son excluyentes respecto de los de cualquier otro Estado; la paz, un período de recuperación entre guerras y la cooperación multilateral, sea con Naciones Unidas o con la OTAN, una doblez con la eventualmente USA evita que le crezcan los enanos.

La racionalidad estatocentrista del gobierno de Bush responde sólo a la maximización de su poder y a la seguridad nacional, donde la amenaza del terrorismo internacional ha sido hábilmente convertida por los halcones en una constante que atenaza a la sociedad norteamericana. En caso contrario, no se explica por qué cientos de miles de ciudadanos de aquel país invadieron los supermercados para atiborrarse de alimentos y máscaras antigás al día siguiente de lo ocurrido en Nueva York. Y menos aún se explica cómo en un supermercado pueden venderse máscaras antigás.

Los focos calientes del conflicto durante la Guerra Fría fueron desplazados a Corea, Vietnam, Afganistán, Cuba, patios traseros de las zonas de influencia de cada bloque. Hoy, las nefastas consecuencias de la agresiva unilateralidad norteamericana se localizan por doquier, sin discriminación.

En Madrid y en Casablanca se atentó contra el mismo blanco. Pero fue antes, en la Casa Blanca norteamericana donde se calculó el papel que mejor se ajustaba a España en la particular guerra a la que Aznar se dejó arrastrar. Decidieron que España habría de irrumpir forzosamente en el juego de la política internacional, –juego dominado por un único estratega y en el que sólo Washington mueve ficha–, para ocupar una casilla, la del foco caliente, la del frente de guerra. La táctica de los halcones puso a España en jaque. Madrid no iría a descargar bombas a Marruecos “por si acaso” como hizo USA tras el 11-S en Afganistán e Irak. Aún así, lo ocurrido el 11 de marzo, sólo viene a reforzar la estrategia belicista del imperio norteamericano, que, buscando inverosímiles relaciones de causalidad, está capacitado para inventarse la existencia de armas de destrucción masiva donde mejor le convenga, ignorando, eso sí, las que están a la vista como es el caso de Norcorea. En esta tesitura, Bush y sus ultraconservadores tanques pensantes siguen alimentando al monstruo del fundamentalismo, en Afganistán, en Palestina, en Irak, creando a su servicio un enemigo grande y poderoso que algún día, en las páginas de la historia, llegará hasta legitimar la violencia de Estados Unidos. Por muy manido que suene, ya se sabe que cuando se comienza una guerra la primera víctima es la verdad. La moda retro de la Realpolitik norteamericana está abriendo una línea de batalla que más que nunca, justificará su mandato imperial, malogrando de paso el papel que la Unión Europea venía asumiendo como inesperado contrincante a la altura.

 
 

Raquel Quinteiro Castromil é licenciada en Ciencias Políticas pola USC e realiza prácticas no IGADI.

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