| Guerra al Islam: ¿Un siglo de petróleo
o la coartada palestina? Por Raquel Quinteiro Castromil (Canal Mundo, 04/05/2004) |
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La presunta “islamización” actual de los conflictos, algo que la Fallaci se empeña en convertir en irrevocable choque de civilizaciones y que, dada la extraordinaria cobertura editorial de muchos articulistas que cooperan con las teorías de Huntington sentenciando que la cultura árabe se interrumpió con Averroes, se está convirtiendo en un veredicto final para la inmensa mayoría de los rotativos occidentales siendo, tal vez ésta, la visión más sesgada y arbitraria del conflicto que hoy impera. Oriana miente hasta en el apellido (Fallaci: Falacia) dejando al descubierto, de tan paradójica forma, la falsedad del pretendido choque de civilizaciones. Lo suyo es, y ya lo dijo ella, rabia y orgullo, dos argumentos que no pueden llevarse a consideración en el diálogo intercultural. Mientras tanto Huntington como Fukuyama, lleva también las de perder, pues aunque parezca lo contrario, no son como el dice culturales sino económicas las grandes “líneas de batalla del futuro”. A pie de guerra, Palestina y el sionismo son coartadas para Al Qaeda como el integrismo islámico y el wahabismo son coartadas para Occidente. Unos y otros parecen obviar la historia de una estafa, la historia de un siglo de petróleo. Guerra de ricos contra pobres, dicen algunos en una versión más ajustada a la realidad. Claro que a la aceptación de esta tesis no ayudan los millones de Osama Ben Laden o los kamikazes del 11-s, estudiando arquitectura en Hamburgo, viajando por medio mundo, haciendo transferencias internacionales de miles de dólares y entrenándose en escuelas de aviación norteamericanas. Desde el otro frente de guerra, Estados Unidos no ha hecho sino malcriar y regalonear a los reales oligarcas de la familia saudí durante décadas. Ya durante la segunda posguerra mundial Feis, asesor económico del Departamento de Estado norteamericano, advertía que las reservas mexicanas o venezolanas de petróleo no alcanzarían para abastecer las necesidades de Estados Unidos y de Europa, y que el verdadero premio se encontraba en Oriente Medio, particularmente en el reino de Arabia Saudita. El gobierno norteamericano se comprometió entonces, a cambio de petróleo a prestar protección militar al Reino desplegando en la región un considerable contingente militar. La presencia militar en Arabia Saudita de los Estados Unidos se hizo más tarde decisiva cuando, en 1979 los soviéticos invadieron Afganistán. Ahí es donde aparece el saudí millonario y de su país, de donde germina la epidemia del wahabismo tal vez como respuesta al proceso de occidentoxicación que los antiguos protectorados venían inoculando en las sociedades mahometanas. Entretanto, a la familia real saudí le faltaba tiempo para derrochar los ingresos derivados del comercio de un siglo de petróleo. Ya se sabe que en las monarquías pérsicas sólo a los jeques y a las cúpulas de sus palacios les luce la desvergüenza. Recordemos al rey Fahd y a sus 3000 pajes en Marbella, sus BMW, sus helicópteros y los cerca de seis millones de euros despilfarrados por día. El Islam reclama hoy su lugar en el mundo presagiándose con ello, un brutal choque de civilizaciones que protagonizará la política mundial venidera. El enfrentamiento, económico y no cultural, es inevitable mientras no exista un marco que permita avanzar en la democratización de las Monarquías árabes del Golfo, en tanto en cuanto Occidente no desista en defender la tesis de su supremacía moral sobre el resto del mundo y entretanto a su vez, los apologetas del Islam, no renuncien a extraer del Corán un credo totalizador. De aquí nace el integrismo como intento de extirpar todo código normativo para en su vacío imponer la maquinaria de la Sharia, en sus leyes y en sus gobiernos. Muchos creen ver en los atentados contra el World Trade Center y en los más recientes de Madrid, que las tesis de Huntington se afianzan en la realidad. Pero es absurdo presuponer que el ataque indiscriminado de estos grupos radicales vinculados a la red terrorista de Osama Ben Laden nos esté enfrentando a más de mil millones de musulmanes repartidos por medio mundo, desde el Magreb hasta el sudeste del continente asiático. Para los integristas, la superioridad de la cultura islámica entra en contradicción con la inferioridad económica de su poder y este complejo, reforzado por las palabras de Silvio Berlusconi quien, desde un incondicional egocentrismo persiste en ensanchar esta línea de fractura entre occidente y el Islam al afirmar que “hay que ser conscientes de nuestra supremacía, de la superioridad de la civilización occidental” se traduce hoy día en un complejo perfil del enfrentamiento: no en el choque de civilizaciones como muchos pretenden, sino en un absurdo choque de ignorancias. |
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Raquel Quinteiro Castromil é estudiante en prácticas no IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 06/05/2004 |