| Estados fallidos, ¿una amenaza a la seguridad
internacional? Por Raquel Quinteiro Castromil (Canal Mundo, 27/04/2004) |
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“Es Estado fallido aquel cuyas fuerzas sociales y grupos humanos retornan a un estadio de desarrollo político y social preestatal –a la tribu y al grupo étnico–.” Cuando los pilares que sostienen el entramado estatal sucumben, cuando el Estado ya no es capaz de garantizar unos mínimos sostenibles, entre ellos la seguridad de sus súbditos, nos encontramos ante la definición típica del fenómeno de Estado fallido o colapsado, fase posterior a su desmoronamiento y vulnerabilidad. La lógica estatal se tambalea sobre una frágil cohesión institucional. Las colapsadas estructuras políticas son vencidas en estos países por situaciones de anomia, sin ley, sin orden, constituyendo por ende, un problema por contagio difícil de afrontar para los Estados vecinos. El Estado fallido es un fenómeno que ha venido proliferando con fuerza desde la capitulación del bipolarismo. Casos sangrantes son los de Angola, Somalia, Ruanda, República Democrática del Congo y República Centroafricana, Sierra Leona o Afganistán, sin olvidar la gran mayoría de las repúblicas ex soviéticas del Cáucaso o de los Balcanes euroasiáticos. Los conflictos armados y sus agentes, tradicionalmente sin una cadena de mando responsable, son una constante. El raquitismo de las instituciones gubernamentales, de las fuerzas de seguridad o del poder judicial es sobrepasado por el caos, por el bandolerismo, por los saqueos y en definitiva, por la criminalización de la vida sociopolítica y económica. Otro elemento que define la particular idiosincrasia de los Estados fallidos es su pasado colonial y difícil proceso de descolonización. La reconstrucción nacional está en la mayor parte de los casos obstaculizada por la artificialidad de las fronteras trazadas. Son precisamente a estos Estados fallidos a donde se traslada la beligerancia entre los bloques capitalista y comunista durante la Guerra Fría. El antagonismo ideológico, por veces extremo, está en la base del enfrentamiento que desencadena el conflicto armado. Un ejemplo claro es el de Angola o más aún, el de las dos Coreas. Las facciones enfrentadas, dentro del mismo Estado, intentarán hacerse con el control de los recursos en aras de autofinanciar su maquinaria bélica. Nuevamente hay que citar los casos de Angola, además de Liberia y Sierra Leona. A nivel internacional, el Estado fallido es vulnerable por todos los flancos. Pensemos en el caso de Afganistán y en la más que dudosa legalidad del uso de la fuerza empleada por Estados Unidos. En la medida en que sus órganos de representación soberana no funcionan, el Estado fallido está más que incapacitado para comprometerse internacionalmente. Son otros, por tanto, quienes decidirán por él. Internamente, las mafias locales vendrán a llenar los espacios que el Estado no puede cubrir: los señores de la guerra se harán con el monopolio de la violencia. Las fuerzas beligerantes, carentes de mando legítimamente competente, buscarán confundirse y diluirse entre la población civil. El barullo político, los prolongados conflictos armados, la corrupción inherente a las raleas clientelares, la carestía pandémica, las emergencias sanitarias y urgencias humanitarias, el belicismo casi congénito y acomodaticio se convierte en el modus vivendi de los reclutas. La doma y castración que atenaza a los clanes enfrentados al Estado, alienta la radicalización de los oponentes, quienes frecuentemente estarán a la cabeza de movimientos guerrilleros y grupúsculos terroristas. Aterrorizar a la población civil es uno de los primeros efectos que resulta del enfrentamiento: las deportaciones masivas, los hacinamientos en campos de refugiados alineados normalmente en las fronteras, son circunstancias que vienen a desequilibrar la órbita de Estados colindantes. Potencialmente un Estado fallido es capaz de desestabilizar regiones enteras por cuanto, además de representar el caldo de cultivo del que bullen los fanatismos tribales, étnicos, religiosos e ideológicos, sirve en no pocas ocasiones de refugio a las organizaciones terroristas internacionales. Todas estas circunstancias son el común denominador en gran parte de los denominados Estados fallidos. Además de estos factores tenemos que volver a insistir en la calculada confusión que se produce entre combatientes y civiles y en el rechazo a las leyes de la guerra clásica. Las espectaculares acciones terroristas, masacres, hambrunas y la vulneración de los derechos Humanos constituyen otros tantos resultados derivados del efecto anomia. Entre los Estados fallidos y los Estados matones, existen varios elementos compartidos. Ambos tipos, representan potencialmente una amenaza a la seguridad internacional. Los primeros, por no poder garantizar la observancia de la ley; los segundos, por situarse en el extrarradio de la legalidad internacional. La ruptura del Estado inocula inmediatas corrientes desestabilizadoras en los Estados y regiones limítrofes: el más inminente sea tal vez el fenómeno de los desplazados y refugiados así como la explosión de sangrientas luchas entre diferentes facciones étnicas y religiosas, amén de las hambrunas o de la virulencia en la propagación de enfermedades e infecciones. |
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Raquel Quinteiro Castromil realiza prácticas no IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 28/04/2004 |