| Chipre: virtudes y carencias en la mediación de
la ONU Por Daniela Pichler (Canal Mundo, 06/04/2004) |
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La semana pasada, las negociaciones sobre el plan de reunificación de las Naciones Unidas terminaron sin acuerdo entre los líderes políticos griego y turco-chipriotas. Ahora el poder está en manos del pueblo chipriota, que decidirá sobre este plan en un referéndum a celebrar el próximo 24 de abril, una semana antes de la entrada de Chipre en la Unión Europea. Si la población en cualquiera de las dos partes vota “no” a la reunifación, solo la parte griega de Chipre ingresará en la Unión el 1 de mayo próximo. La Unión Europea, así como la ONU reconocen el fracaso de los líderes políticos en el terreno diplomático; sin embargo consideran el referéndum sobre el “Plan Annan”, el tratado según el cual se reunificarían las partes griega y turcochipriota, como una victoria de la democracia, porque dejan en manos de la ciudadanía el poder de decidir sobre su futuro. Pero, ¿es realmente democrático ofrecerle al pueblo las opciones: o el plan de la ONU o ningún plan? ¿Es legítimo que una organización no elegida democráticamente sea la institución que ofrezca la única posibilidad de acabar con más de treinta años de división y violencia? Y ¿que clase de democracia es esta que no reconoce el derecho de elegir entre varias opciones como mecanismo fundamental de su legitimidad? Y, por último, ¿Cómo es posible que la ONU cuente con un papel tan débil no por su incapacidad para el uso de fuerza, sino por el déficit democrático que abunda en sus decisiones? Mahatma Gandhi dijo una vez que la democracia no puede ser impuesta desde fuera. Debe desarrollarse desde dentro. En 1960 hubo un primer intento de imponer un compromiso a la isla, diseñado por Estados Unidos e Inglaterra, que poco después provocó la creación de la línea verde, símbolo del enfrentamiento entre las dos partes chipriotas. La situación actual es ligeramente diferente y favorecedora de la reunificación, tanto en el ámbito internacional como en la situación interna de Chipre: los turcochipriotas (y Turquía) esperan formar parte de la eurozona lo antes posible; y los grecochipriotas, caso de excluir la parte turca por el resultado del referéndum, reconocerían a la vez el norte como un Estado independiente. En rigor, la decisión “si o no” al “Plan Annan” no es democrática, porque democracia significa, en primer lugar, disponer del derecho de elegir entre varias opciones. Como ha formulado Jeannine Luczak, considerada una verdadera institución en el mundo del saber literario, “Democracia significa poder elegir. Dictadura significa, tener que elegir.” Además, la única opción ofrecida no procede de los representantes políticos democráticamente elegidos por el pueblo de ambas partes, sino del secretario general de la ONU, una organización no democráticamente configurada e repleta de déficits democráticos. La intención de la ONU es, probablemente, la más sincera y respetable, pero ello no excluye la necesidad de analizar el papel de esta organización que tanto influye en la evolución del mundo en que vivimos, aunque la percepción de su importancia se ha visto reducida por la política actual de EEUU. La ONU no es una organización democrática porque sus miembros no han sido elegidos democráticamente por el pueblo mundial, ni lo es por el modo en que se determina el acceso a la organización (el caso de Suiza que decidió democráticamente el acceso a la ONU hace dos años fue una excepción), ni en lo que afecta a los representantes de la ONU en los diferentes gremios en que se configura el peculiar universo onusino. El mismo Consejo de Seguridad es un ejemplo de la desigualdad y la falta de democracia que existe dentro de la organización, cuyas decisiones afectan a los pueblos de todo el mundo. Johan Galtung, uno de los más importantes teóricos de los conflictos internacionales, ha sugerido la idea de un Parlamento de la ONU, elegido por la población mundial en la proporción de un escaño por cada millón de habitantes. Aunque la idea parece imposible de realizar, sería muy interesante ver la reacción de los países “desarrollados” ante una realidad democrática así que daría a China más de 1200 escaños, casi tanto como lo que todos estos países reunidos podrían sumar en un proceso electoral normal. El caso de Chipre es solo un ejemplo que viene a demostrar que la legitimidad de la ONU está en peligro y que es imprescindible cambiar y mejorar sus órganos y su efectividad. El valor de la ONU es único en este tiempo y en este mundo, pero eso no la convierte en una institución sagrada y tampoco justifica su conservadurismo. Al fin y al cabo, solo existe desde hace menos de 60 años. Necesitamos una organización que resuelva conflictos con un mínimo de violencia y un máximo de mediación tal y como predica la ONU, pero debe ser una organización que cuente con el apoyo y la legitimidad de la sociedad mundial, no solo de los países “avanzados”. Los chipriotas decidirán si la opción presentada por la ONU es la mejor para el futuro de su país, o de sus países, en el caso del rechazo del “Plan Annan”, con la consecuencia de la división permanente de la isla. El “Plan Annan” es un intento de acabar con la larga historia de enemistad entre los dos pueblos chipriotas. Pero incluso si el pueblo acepta el plan, los problemas internos no terminarán. Las leyes de la Unión Europea conceden a los ciudadanos el derecho a vivir donde quieran; pero el plan de paz solo funcionará si los grecochipriotas respetan la población radicada en la parte norte y no estimulan la sobrepoblación en este enclave, que cuenta con un nivel de vida más elevado que la parte grecochipriota. En suma, el futuro de la isla no depende del plan de las Naciones Unidas, sino de la buena voluntad de ambas partes para convivir pacíficamente en un país unido por conveniencias políticas. |
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Daniela Pichler realiza prácticas no IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 11/04/2004 |