| Afganistán: drogas contra democracia Por Daniela Pichler (Canal Mundo, 02/03/2004) |
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Este martes la Comisión Europea aumentó su ayuda para la preparación de las elecciones afganas con 8 millones de euros adicionales al proyecto de registro de electores dirigido por las Naciones Unidas. El acuerdo de Bonn, resultado de la primera conferencia para un “nuevo Afganistán” a finales de 2001, formuló la celebración de elecciones legítimas como uno de los pasos más importantes en el plan de un futuro democrático para Afganistán. ¿Pero es posible que un país, controlado por el cultivo de drogas y determinado por la ausencia de un estado capaz de controlar el territorio, desarrolle una democracia según el tradicional modelo europeo? Con la aprobación de la constitución por la Loya Jirga el 4 de enero 2004, la primera tarea del acuerdo de Bonn fue realizada. Da la impresión que Afganistán, por primera vez hace varias décadas, tiene la oportunidad de dejar su historia de guerra y opresión y construir una nación democrática y pacífica. En Kabul la infraestructura se está recuperando, muchos refugiados han podido regresar a sus casas, ha empezado el proceso de desarme y reintegración, se han construido hospitales y escuelas y la inscripción de alumnos, sobre todo de niñas, ha aumentado como nunca antes en la historia del país. Desgraciadamente, la situación en la capital, donde las tropas internacionales junto a las fuerzas afganas intentan mantener un mínimo de seguridad, no representa la situación en el resto del país. La inestabilidad en muchas regiones de Afganistán, provocada tanto por actos terroristas como por todas las diversas formas de criminalidad debidas a la pobreza, más el tráfico de drogas, disminuye la eficacia de las medidas tomadas para aumentar el nivel de seguridad. Fuera de Kabul, sobre todo en el sur del país, las fuerzas internacionales están perdiendo la poca influencia que tenían, sobre todo por el relajamiento del control a los brutales señores de la guerra y de la droga. En Afganistán se encuentran todas las problemáticas que existen entre seguridad, drogas y democracia. Obviamente, el problema de la falta de seguridad está vinculado con el problema de las drogas: el cultivo de los opiáceos; el narcotráfico, históricamente un fenómeno reciente; y el dinero que ayuda a financiar la mayoría de las actividades ilegales, representan gran parte de la economía afgana. Afganistán sigue siendo el mayor productor de opio del mundo, sus cultivos generan tres cuartas partes de la sustancia utilizada para la producción de heroína en el mundo. El comisario de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Chris Patten, ha expresado su preocupación por la seguridad en Afganistán tras regresar de un viaje al país junto a los ministros de Asuntos Exteriores de Irlanda y Holanda. Porque el problema de la falta de seguridad también afecta a la tarea principal del proceso de Berlín para este año, la celebración de elecciones legítimas y la preparación de estas elecciones. Pero el efecto es mucho más grande de lo que la Unión Europea quiere admitir. La Unión ha invertido mucho dinero en la preparación de las elecciones, sobre todo en el registro de electores. Pero el plan de la celebración de estas elecciones está en peligro, como advirtieron las mismas Naciones Unidas recientemente. La credibilidad del gobierno Karzai está disminuyendo por la inseguridad reinante y la lenta marcha del proceso de reconstrucción. Hace un mes la ONU pidió a las fuerzas militares extranjeras que se concentraran en la búsqueda de opio, porque toda la economía del país dependía del tráfico ilegal de drogas. Un 90 por ciento de la heroína consumida en Europa proviene del opio afgano. Así se explica la inmensa preocupación de la Unión por las fronteras afganas y la financiación del control de la frontera afgana-iraní para reducir el narcotráfico. El plan de la comunidad internacional de implantar “la democracia” a un país, cuya historia política no tiene nada que ver con nuestro entendimiento de democracia, parece de imposible realización. Afganistán posee más tradición en el cultivo de opio que en un sistema político desarrollado hace 400 años en Europa. Por eso es muy dudable que estas ideas de unos países “avanzados”, que, por cierto, son responsables de la demanda de droga, sean útiles para un proceso de paz y estabilidad en Afganistán. El problema es mucho más complejo que la búsqueda de los Talibanes, objetivo principal de los Estados Unidos, o la celebración de elecciones supuestamente democráticas. Porque detrás de todos los problemas de Afganistán está el problema de la droga: la miseria de los campesinos que se dedican al cultivo de la droga porque no pueden acceder a la ayuda internacional, aunque se sabe que un 80 por ciento de la población afgana depende del sector agrícola. La incapacidad del gobierno, al que se le ha impuesto controlar todo el territorio afgano, facilita el narcotráfico. Y el verdadero poder sobre el país no está en las manos del gobierno de Hamid Karzai, sino en las de los que controlan el tráfico de drogas y los recursos económicos del país. |
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Daniela Pichler é estudiante en prácticas no IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 08/03/2004 |