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Posada Carriles: ¿Un terrorista tolerado?
Por Aarón Lemos (Canal Mundo, 04/05/2004)
 
 

El martes 20 de abril de 2004, se hizo pública la sentencia contra Carlos Posada Carriles y otras cinco personas por planear un atentado contra Fidel Castro durante la 10ª Cumbre Iberoamericana, celebrada en Panamá el año 2000. Posada Carriles posee un largo historial como mercenario, supuestamente al servicio de la CIA y de varios gobiernos de Centroamérica. En 1976 ordenó a dos de sus colaboradores atentar contra un avión de la Cubana de Aviación, que explotó sobre las costas de Barbados causando la muerte de sus 70 ocupantes. Éste y otros actos terroristas los reconoció con total desfachatez en su autobiografía y diversas entrevistas.

Su detención se realizó como resultado de las declaraciones de Fidel Castro del 17 de noviembre del 2000, en las cuales denunciaba un complot para atentar contra su vida. La inteligencia cubana presentó a las autoridades panameñas varios documentos con información sobre los supuestos cabecillas en los que aparecía junto a los condenados el nombre de Santiago Álvarez Fernández-Magriña, al cual no lograron detener. En la celebración del juicio se presentaron múltiples pruebas, entre ellas varias cargas explosivas que demostraron la implicación de Posada Carriles.

La polémica nace cuando Santiago Álvarez preside, días después de la sentencia, una cena en Miami para recaudar fondos a favor de los condenados. Lo llamativo es que esta reunión, presidida por un hombre reclamado por la Interpol y realizada en el país que pretende liderar a nivel mundial la lucha antiterrorista gozó, pese a su carácter publico, de total impunidad. Las autoridades estadounidenses no cursaron ninguna orden para detener esta recaudación a favor de un terrorista reconocido.

Es de señalar que, llegados a este punto, el Office of Counterterrorism de Estados Unidos difundió el 30 de enero de 2003 un documento donde precisaba el concepto de terrorismo y especificaba que el solicitar fondos para apoyar las organizaciones terroristas era una actividad a combatir como parte de la lucha contra esta lacra. Otro incidente que pone en duda la lucha de Estados Unidos contra el terrorismo ocurrió en mayo de 2002. George Bush ofreció un discurso en Miami. Uno de sus invitados en tribuna fue el anticastrista Orlando Bosch, también relacionado en el atentado contra la Cubana de Aviación. Un asesor del presidente descubrió que el FBI lo tuvo incluido en la lista de terroristas y le asignaron un asiento entre el público para que pasara desapercibido.

El profesor Saul Landau, miembro del estadounidense Institute for Policy Studies, ha realizado un trabajo en que expone muchos más casos de simpatía de los Bush hacia los anticastristas, incluidos los que han recurrido al terrorismo para alcanzar sus fines políticos. No debemos olvidar que varios anticastritas han realizado generosas donaciones al Partido Republicano, siempre caracterizado por su dura actitud hacia Fidel Castro. Además Florida, estado en el cual se concentra el exilio cubano, está gobernada por Jeb Bush, hermano del actual presidente estadounidense, y el voto de los exiliados es clave para gobernar este estado.

Esta situación desprestigia la lucha del presidente Bush. Aceptar el dinero de organizaciones legales que apoyan a un terrorismo que ocurre en otro estado pone en tela de juicio lo implacable de esta lucha. Y es que, desgraciadamente, aun hoy muchos de nosotros identificamos en determinados casos el terrorismo como algo aceptable bajo determinadas circunstancias, o lo consideramos una reacción lógica a ciertas actividades del estado. Todo ello termina por crear en la sociedad la idea de que existen unos terrorismos peligrosos, normalmente aquellos que pueden resultar una amenaza para sus componentes, mientras otros no son perseguidos con la energía que según las leyes debería corresponder a esta lucha. Bush no es el único líder que tolera e incluso muestra su simpatía por una organización que entre sus medios para obtener sus fines recurre a la violencia armada. El terrorismo de estado ejercido por Israel, la lucha palestina, los intentos de los anticastristas de acabar con Fidel Castro, los diversos grupos implicados en el ahora apaciguado conflicto del Ulster. Todos ellos cuentan o han contado con la complicidad de ciudadanos, instituciones y estados que no aceptan esos métodos como legítimos en otros conflictos. Esto da lugar a una situación en la cual todavía quedan santuarios para el terrorismo como en su momento lo fue Francia para ETA. En algunos casos, estos grupos disponen, fuera de las fronteras del estado contra el que atentan, de apoyo logístico y económico. Otros sencillamente disfrutan de una nula presión por parte de las autoridades locales, más preocupadas por atender aquellos problemas que consideran propios, como si el terrorismo no fuese un problema de todos.

Éste no es un problema sencillo de solucionar. La falta de colaboración entre las autoridades de diversos países y los problemas a la hora de acordar quien es un refugiado político y quien un terrorista, han sido siempre fuente de controversias entre los estados. Esto hace patente las carencias en la lucha contra el terrorismo. La forma en que los gobiernos priorizan la lucha contra aquellos terrorismos de los que pueden ser objetivo, la ausencia de un órgano internacional que se ocupe de la lucha antiterrorista a nivel global, la falta de órganos que actúen como mediadores en las extradiciones y la ausencia de tribunales internacionales que se ocupen específicamente de este delito, son viejos problemas que debido a la importancia que ha obtenido el terrorismo en los últimos años vuelven a hacerse patentes.

 
 

Aarón Lemos é estudiante en prácticas no IGADI.

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