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Chechenia: una guerra imposible de ganar
Por Aarón Lemos (Galicia Información, 29/03/2004)
 
 

Uno de los problemas que deberá seguir afrontando el reelegido Vladimir Putin en este nuevo mandato será el conflicto checheno. La intervención en esta república vuelve periódicamente al candelero periodístico por las violaciones de los derechos humanos cometidas por el ejército ruso en una guerra que es incapaz de ganar.

Este conflicto iniciado bajo el mandato de Yelstin no tuvo una única causa pero entre ellas cabe destacar la importancia de las mafias en esta región y la negativa de Rusia a permitir una escisión, que consideraba ilegal, de un territorio dotado de reservas petrolíferas y una notable situación estratégica para el comercio de hidrocarburos. Entre 1994 y 1996 se libró la primera guerra entre Moscú y Chechenia, que se detuvo con la condición de renegociar la posición de Chechenia en el plazo de cinco años; la segunda ofensiva rusa se inicia en 1999 ya bajo el mandato de Putin, dinamitando los acuerdos de Jasaviurt, y planteando el conflicto como una lucha contra las mafias y el terrorismo. Sin embargo, resulta obvia la existencia de intereses menos altruistas. Entre ellos cabe citar, la cercanía a la concesión del “contrato del siglo” que crearía oleoductos para comerciar con el petróleo del Mar Caspio, el deseo de reforzar el poder ruso frente a los desafíos independentistas, un intento de recuperar el discurso de la Gran Rusia zarista y alimentar al orgullo herido del pueblo ruso, dolido y humillado en otras repúblicas además de mantener ocupado a un estamento militar que ha perdido gran parte de su importancia, poder adquisitivo, prestigio y medios.

Pero, hoy día ¿Por qué sigue abierta la guerra en Chechenia? De un lado, debemos tomar en consideración la clara incapacidad del ejército ruso, su pesada maquinaria de guerra es tácticamente inoperante ante una guerra de guerrillas y han sido portada de los medios más por causa de graves violaciones del derecho humanitario que por sus victorias. En cuanto al petróleo, hoy, Rusia ya ha perdido el “contrato del siglo” e incluso el control de los oleoductos que pasan por territorio checheno como el de Bakú, pero cada día muestra su empeño en recuperar estos territorios por la fuerza. Como otra de las causas debemos destacar la forma en que un conflicto armado desvía la atención de la población de otros problemas del país y la conveniencia que ello acarrea para las clases políticas. El desviar la atención del electorado hacia un enemigo concreto es un método que ha demostrado a lo largo de la historia su eficacia. Como ejemplo para los libros de historia quedará el espectacular aumento de popularidad de Bush tras el 11S.

En cuanto a la actitud del gobierno, esta dista bastante de sostener una solución creíble. La forma en que Putin aborda una posible paz puede resumirse en la expresión “paz sin dialogo”. Esto consistiría en alcanzar la paz renegociando la posición chechena a partir de su propia Constitución, aprobada en mayo de 2003, y de la Constitución Federal Rusa reuniendo para consultas a representantes de la administración federal, del gobierno checheno, así como de las autoridades civiles y religiosas de Chechenia. El problema de esta estrategia es la ausencia de la guerrilla en las conversaciones. Según la posición de Moscú, la guerrilla se compone de terroristas y con estos no se negocia. Si bien, el no ceder al chantaje de la violencia parece admirable, cuando se trata precisamente de abordar y solucionar esa violencia asemeja crear una no-solución y mantener el conflicto activo.

El tildar de terrorismo organizado la resistencia chechena ayuda al Kremlin a justificar ante la comunidad internacional su intervencionismo. La seguridad ya fue uno de los argumentos utilizados por Yelstin en la primera guerra de Chechenia. En aquel entonces se refería a la lucha contra las mafias (muchísimo más tibia cuando esas mafias operaban en territorio ruso) y, tras el 11S, Putin convirtió en su discurso lo que antes eran mafias en terroristas islámicos como una forma de limpiar la imagen de esta sangrienta campaña ante una comunidad internacional a la cual Rusia ofrece la creación de un tapón frente al avance de un supuesto islamismo wahabista que según el Kremlin estaría detrás de los atentados que desde hace años castigan ocasionalmente Moscú ejecutados por seguidores de Ben Laden. Sin embargo, la implantación real del wahabismo entre las fuerzas chechenas dista mucho de escenificar el papel de coordinador de la resistencia o de suponer una amenaza para la seguridad internacional, si bien es cierta la entrada de milicianos relacionados con grupos islamistas en el conflicto, realmente la resistencia chechena no está tan organizada. Son múltiples clanes familiares combatientes por lo cual resulta difícil atribuirle a nadie un papel de líder de forma clara.

El panorama futuro de Chechenia parece desesperanzador, en la medida en que no existen presiones de la comunidad internacional para solucionar esta guerra interna. La voluntad de las demás naciones y su insistencia en la legalidad internacional serian el único contrapeso viable ante la apatía del gobierno de Moscú por hallar una solución al conflicto. Por desgracia la comunidad internacional, a día de hoy parece estar mucho más preocupada por la nueva amenaza del terrorismo internacional que por solucionar formas clásicas de violencia como las intervenciones militares a gran escala o las violaciones de los derechos humanos.

 
 

Aarón Lemos é estudiante en prácticas no IGADI.

 
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