| Los hechos de Ucrania Por Andrés Freire (Canal Mundo, 07/12/2004) |
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occidentales y rusos disputan la dirección estratégica futura del país. La prensa occidental ha hecho hincapié en cómo se ha inmiscuido Vladimir Putin y su régimen en las elecciones ucranianas. De las pletóricas arcas del gigante del gas Gazprom ha salido mucho del dinero de la campaña de Yakunovich. Expertos electorales rusos se han instalado en Kiev. El propio Putin ha viajado en diversas ocasiones a Ucrania para reforzar al protegido del presidente Kuchma. La manipulación de las elecciones por el “candidato del Kremlin” es algo que se da por demostrado. La protesta occidental ha sido unánime. Hasta cierto punto reconforta ver que el establishment, tan dividido hace un año en Irak, ha recompuesto su alianza de una forma tan rápida. Estados Unidos y el Vaticano, Alemania y Polonia, PP y PSOE, ABC, El Mundo y El País están de nuevo unidos en el frente común. Todos ellos apoyan a los freedom fighters de las calles de Kiev. Todos ellos nos reaseguran las viejas verdades: Occidente es Libertad, Oriente es Despotismo. Javier Solana habla en nombre del Progreso. Vladimir Putin del Imperialismo. El lector avisado, al observar los hechos de Ucrania, tiene una inevitable sensación de dejà-vu. Él ya ha visto en otras ocasiones esa misma película. Serbia, Georgia y Bielorrusia (aunque aquí fracasó estrepitosamente) fueron escenarios de otras revoluciones de terciopelo. En ellas, también actuaron coordinados la conocida coalición de observadores internacionales, de enviados especiales, de manifestaciones espontáneas y de políticos occidentales, con Javier Solana a la cabeza, que se inmiscuyen en los asuntos internos de esos países en nombre de la democracia. Meses más tarde, inevitablemente, la prensa publica un reportaje en el que podemos leer hasta qué punto lo que se suponía una revolución espontánea, animada por el amor a la libertad, era un complejo golpe de estado (o golpe de mano, si lo prefieren) ideado y financiado por una alianza de intereses internos más los sospechosos habituales de Occidente. El resultado siempre es el mismo: un gobierno disidente con la lógica euro atlantista cae con estrépito, y sube al poder un político crecido y criado bajo el amparo de las instituciones que han propiciado el cambio de poder. Con acierto se les ha llamado “golpes posmodernos”, pues ya no es tan preciso tomar el poder físico. Lo importante es ahora dominar la percepción que el mundo tiene de los acontecimientos. Asombra leer, por consiguiente, las acusaciones hacia Rusia desde nuestros periódicos. Dos son las más recurrentes: Rusia conserva la mentalidad de la guerra fría; Rusia es incapaz de abandonar su antiguo imperialismo. Si observamos sin prejuicios la evolución de la política estratégica occidental, nuestros análisis dirán otra cosa. La política hacia Rusia que surge de ciertos centros de poder en Washington y Bruselas es continuación de la lógica estratégica de la guerra fría: impedir cualquier forma de asociación del espacio exsoviético, cercar el país con bases militares de la OTAN, arrebatarle el control de los oleoductos, y –más a largo plazo-, dividirlo en una vaga confederación que impida unificar los vastos recursos que aún conserva Rusia. No hay que buscar estos datos en misteriosos documentos ocultos en los arcana imperii, sino en las doctrinas oficiales y los análisis de numerosos think-tanks. Recordemos que, en cuanto se refiere a Rusia, el analista de referencia sigue siendo Zbigniew Brzezinski, que aúna en una sola persona la defensa de los intereses de los grandes mercaderes de petróleo y armas, con la rusofobia profunda de un nacionalista polaco. Precisamente es a él y a sus hijos a quienes acusan los rusos de estar detrás del golpe. La otra paradoja de esta farsa es la de asumir como evidente que toda interferencia de Rusia en los asuntos de Ucrania es un regreso intolerable al imperialismo, mientras que los manejos en la tramoya de polacos, alemanes y americanos son vistos como el legítimo esfuerzo del mundo libre para impedir que Ucrania regrese a la barbarie. El hecho que Rusia haya hecho ofertas de cooperación económica más generosas que las de la UE, el que bajo el primer ministro Yanukovich, Ucrania haya conocido sus mejores datos económicos desde la caída del muro, el que las zonas más ricas sean precisamente las prorrusas no impiden que el feliz relato de Progreso-Occidente frente a Reacción-Oriente sea reiterado en todas las crónicas. En este contexto, es cada vez más significativo la hostilidad hacia Vladimir Putin de los comentaristas occidentales más afines con esos centros de poder hostiles Rusia. Safire en el New York Times, Krauthammer en el Washington Post, y nuestro Herman Tertchs de El País, los mismos que aceptaban como mal menor a Boris Yeltsin, un alcohólico corrupto capaz de bombardear el parlamento, se indignan ahora contra Putin, por la simple razón de tener el coraje de defender el poder de Moscú frente a la anarquía y dispersión, y de tratar de proteger los intereses nacionales rusos tras una década de latrocinio y oligarcas. Putin no se pliega ante lo que, con razón, ha denominado dictadura internacional de ciertos países bajo guisa de expansión democrática. La guerra de Irak no fue otra cosa, entonces, que un breve impasse de disenso en el monolítico acuerdo entre la derecha y la izquierda del sistema político euroatlántico. Los primeros impulsan la defensa de intereses económicos. Los segundos la aderezan con hermosas palabras en defensa de la democracia. Los antiguos vicios de nuestra política exterior siguen ahí: La rapacidad ilimitada de algunos actores políticos, la ceguera de considerarse el centro del mundo y la hipocresía que les lleva a hablar cual portavoces de la virtud. |
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Andrés Freire é colaborador do IGADI. |
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ÚLTIMA REVISIÓN: 13/12/2004 |