| Defensa antimisiles Por Andrés Freire (Canal Mundo, 21/09/2004) |
|
A finales de julio de este año 2004, en Fort Greely, Alaska, Estados Unidos instalaba los primeros silos de lo que ha de ser su sistema de defensa antimisiles. Es el primer paso de un proyecto futurista de extraordinaria ambición para proteger el país de amenazas exteriores. Es el viejo sueño de Ronald Reagan (la Guerra de las Galaxias), resurgido de sus cenizas. Su nombre ahora es Missile Defence (MD). La lógica del MD parte de unas premisas claras. Estados Unidos ha asumido que a/las armas nucleares (y sus hermanas pobres, las biológicas y químicas) están entre nosotros para quedarse; b/cada vez más países tienen acceso tanto a las técnicas de manipulación de átomos como a las de lanzamientos de proyectiles. Como consecuencia de esta evolución, el territorio americano es hoy más vulnerable que nunca. Un estado canalla cualquiera (Corea del Norte o Irán) estará pronto –tal como predijo un comité de sabios presidido por Donald Rumsfeld- en condiciones de dañar a los todopoderosos Estados Unidos. Ello convierte en imprescindible cierto resguardo, cierto sistema antimisiles, que les proteja de posibles ataques de un estado despreciable. Frente a esta lógica explícita y políticamente correcta, que enfatiza el valor defensivo del MD, se hallan otras razones más agresivas. Lo que pretende el MD no es tanto aumentar la protección frente el enemigo, como acabar con la fuerza disuasoria de éste. Es decir, un enemigo débil, con unas precarias pero ciertas capacidades de damnificar a Estados Unidos, está en condiciones de atemorizar, y por tanto frenar, a la superpotencia. Con el MD desarrollado, capaz de destruir en el aire un pequeño número de mediocres misiles enemigos, Estados Unidos ya no puede ser amedrentado por un estado canalla. El MD es un modo de seguir ejerciendo la disuasión en un mundo de proliferación nuclear. Por consiguiente, no cabe engañarse. El armamento nuclear, así como la macabra lógica que lo acompaña, tiene mayor vigencia que nunca. Su proliferación, tanto vertical (las potencias tienen cada vez más y mejores vehículos y ojivas nucleares) como horizontal (cada vez son más los países que las tienen) se nos antoja imparable. Ayer fueron la India y Pakistán. Hoy es Corea del Norte, que arrastrará, inevitablemente, a Corea del Sur y a Japón. Mañana será Irán…. Y es que la legitimidad de los acuerdos de no proliferación, que aceptan las armas de algunos países mientras rechazan las de otros, nunca ha sido demasiado firme. Así pues, aunque hemos dejado atrás el miedo a la bomba, la bomba sigue más amenazadora que nunca entre nosotros. |
|
Andrés Freire é colaborador do IGADI. |
|
ÚLTIMA REVISIÓN: 27/09/2004 |