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Sr Powell, hable con ella
Por Xulio Ríos (Diario El Correo, 25/02/2003)
 
 

No es fácil tratar con Corea del Norte. Un día, y otro también, los disparates se suceden y la escalada verbal va en aumento: amenazas de ataques preventivos contra EEUU, desentendimiento de acuerdos internacionales, anuncios de ignición de sus centrales nucleares. A nada mejor podría aspirar el Sr Bush para justificar la inclusión de Pyongyang en el “eje del mal”. Por fortuna, se trata de alarmas verbales que no se ven secundadas aún por movimientos militares relevantes. Es más, por el momento, los contactos entre las autoridades del Norte y del Sur evolucionan y se desarrollan a muy buen ritmo, en un clima de entendimiento muy alejado de las tensiones que, en ese contexto bilateral, solo pueden ser calificadas de “anormalidad”. Se pretende evidenciar que el problema es con EEUU.

Quizás por ello, China, al igual que Rusia, se han opuesto por ahora a incluir el tema nuclear de la República Popular Democrática de Corea (RPDC) en la agenda del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En Seúl, el pasado 12 de febrero, Javier Solana se mostraba reacio a la introducción de posibles sanciones contra la RPDC “por que serían contraproducentes”. Mientras tanto, en otra dirección, la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) reunida en Viena, decidía informar al Consejo de Seguridad y a los miembros de la Asamblea General acerca del incumplimiento de la RPDC y la incapacidad de la Agencia para verificar el desvío de material nuclear sujeto a las salvaguardas, por lo que se podría iniciar un proceso que conduciría a la imposición de sanciones contra Pyongyang por su supuesto programa de armas nucleares. También aquí, conviene recordar, se ha expulsado a los inspectores de la ONU.

Sin duda, el Consejo de Seguridad tiene y tendrá su papel en este contencioso. No obstante, resulta evidente que la clave para resolverlo radica en la reanudación del diálogo entre Estados Unidos y Corea del Norte. Por ello, ni Rusia, ni China realizarán denodados esfuerzos de presión. El Sr Powell tiene la palabra. Pekín desestimó expresamente la petición de Washington de participar más activamente en la gestión de la crisis, negativa que tal vez deba reconsiderar en cierto grado ante el problema alimentario que se avecina a corto plazo y que le puede resultar especialmente incómodo.

La gira por la región del secretario de Estado de EEUU, Colin Powell, tendrá en Pekín una escala delicada. En mayor medida que en la iraquí, China detenta una de las dos llaves de esta crisis, pero se siente globalmente marginada de un diálogo que, en relación a Corea del Norte, Estados Unidos privilegia claramente con Tokio y Seúl, tejiendo una red basada en una alianza que debe amplificar su capacidad de maniobra para enfrentar los cambios que se puedan producir en la península en los próximos años.

Para Estados Unidos, la alianza con Corea del Sur (RC) debe servir, en primer lugar, para evitar que China desempeñe un papel de líder en el proceso de reunificación de la península, cuestión diferente, aunque vinculada, de la desnuclearización. En un segundo plano, para contener a Japón. China y Estados Unidos comparten una misma idea: los contactos entre las Coreas no suponen un desafío, la reunificación sí. Y divergen en el objetivo final de un proceso que para Washington supone la inclusión con el resto de la península en su sistema político y militar de la región de Asia-Pacífico. Hoy por hoy, Corea del Norte también opone resistencias a ese proceso, al tiempo que exige apoyo económico y garantías de seguridad difíciles de precisar.

El horizonte de la distensión intercoreana condiciona medularmente la naturaleza de la relación Washington-Seúl que tiene como núcleo principal, la prevención de amenazas o ataques de la RPDC. Ese diálogo Norte-Sur y la percepción social existente en Seúl de un cierto distanciamiento crítico de Estados Unidos debiera ser tomado en consideración. Las protestas de algunos sectores sociales en Corea del Sur contra la presencia norteamericana son cada vez mayores, al igual que las exigencias de un cambio en el status quo de las relaciones bilaterales, sometidas hoy día a un proceso de reevaluación que debería culminar en el plazo máximo de dos años. El ímpetu de la alianza RC-USA puede debilitarse si se relaja la situación de tensión en el nordeste de Asia y no se repiensa a tiempo un marco específico que lime asperezas y defina un nuevo equilibrio entre alianzas y desencuentros.

Todos los países con interés en el arreglo coreano desean que Estados Unidos hable con ella, con Corea del Norte, directamente. Pekín se ha ofrecido como sede para acoger las conversaciones. Los contactos entre la Casa Blanca (fundamentalmente a través del subsecretario de Estado, John Bolton) y Zhonnanghai (a través del viceministro de asuntos exteriores chino, Wam Gunagya) se han multiplicado en las últimas semanas, pero sin originar cambios de conducta que evidencien una nueva forma de actuar.

La reclamación de diálogo directo que se formula desde Pyongyang, también cuenta con el apoyo de Corea del Sur. Así lo ha expresado recientemente Chyung Daichul, representante especial del presidente electo Roh Moo-hyun -que tomará posesión de su cargo el próximo 25 de febrero- directamente, al vicepresidente Dick Cheney, a primeros de febrero. Seúl, que redobla su apuesta por el diálogo y la negociación con el Norte, teme verse atrapado entre dos fuegos. Por ello urge el establecimiento de mecanismos de consulta intensa para discutir la crisis, que eviten unilateralismos y permitan consensuar las opciones de salida. Se ha creado ya un grupo consultivo bilateral sobre la RPDC.

Cuantas más trabas pongamos al diálogo, más se enrarecerá el ambiente y más difícil será recuperar esa normalidad que debe propiciar el retorno de Corea del Norte al Tratado de No Proliferación Nuclear. El contacto y el intercambio ayudan a progresar y dotan la política de una mayor previsibilidad, aspecto esencial en relación a Pyongyang. Los múltiples y beneficiosos efectos de un “diálogo” tan limitado como el existente entre China y Taiwán debieran ser tomados en consideración para descartar la vía de la confrontación y diluir la bravuconería de Kim Jong Il como un azucarillo. Los millones de norcoreanos no se merecen menos.

 
 

Xulio Ríos es director del IGADI.

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